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Siguiendo las huellas de la Semana Mayor

El fervor y la solemnidad de la Semana Santa se han mantenido inquebrantables desde hace años. Muchos fieles tenían que viajar desde el interior del país para participar en las procesiones religiosas. De las principales eran el Vía Crucis y el Santo

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Las maletas estaban listas desde hace un par de horas para iniciar la peregrinación.

Entre algunos de los productos que transportaban estaba un par de mudadas y algunos artículos artesanales que esperaban vender en la capital.

No podían faltar los tamales de ceniza, los cuales tenían la forma de un pan de caja, pero sin cortar, además del tradicional plato de pescado envuelto.

Aunque el viaje era relativamente corto, desde la ciudad de Santa Ana, muchos preferían trasladarse con un día de anticipación a la capital para participar en las solemnes procesiones del Vía Crucis y del Santo Entierro.

Acompañados de sus hijos, muchos llegaban al caer la noche y caminaban hacia la Calle de la Amargura (6a. Calle Oriente), buscando los portales de casas y negocios cercanos para pernoctar.

Este recorrido forma aún parte del grupo de ocho vías de oriente a poniente, que conformaron la ciudad a partir de la última década del Siglo XVI.

Entre pláticas, anécdotas, rezos y cánticos, muchos de los fieles se preparaban para participar al siguiente día en la elaboración de alfombras y en las procesiones.

Las casas que estaban ubicadas sobre la Calle de la Amargura a inicios de 1920, eran habitadas por reconocidas familias, quienes se encargaban de elaborar una variedad de alfombras.

El fervor no ha cambiado a pesar del paso del tiempo. Desde el año de 1880, el recorrido del Vía Crucis que inicia en la iglesia del Calvario en San Salvador y termina en el extemplo de San Esteban, se ha mantenido, según dice Ismael Sermeño, presidente de la Fundación Cultural Alkimia .

En esa época, la calles eran empedradas, no estaban invadidas por las ventas y los asistentes portaban velas para iluminar el camino del Santo Entierro, ya que en ese período no existía alumbrado público en las calles de la ciudad.

Por su parte la clase pudiente del interior del país que viajaba a los actos religiosos se hospedaba con amigos o en hoteles, que incluso tenían caballerizas para albergar a los caballos y carruajes.

Luego de las celebraciones las familias regresan una vez más a sus hogares, esperando el próximo año para continuar con el esplendor religioso de Semana Santa.

La devoción y el fervor de los fieles se ha mantenido con el paso del tiempo y desde hace muchos años varias ciudades del interior del país, como Chalchuapa, Sonsonate y San Miguel, también se han caracterizado por mantener vivas sus expresiones religiosas.

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