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Más de 70 años de fervor por el Divino Salvador

Desde hace 78 años, don Rogelio Melara no se ha perdido ni una sola vez la tradicional “bajada”. Una costumbre que sus padres iniciaron desde que él era un bebé

Fiestas agostinas de antaño

La mayor parte de las bancas de la catedral de San Salvador lucen desoladas, quizá por la situación anormal que existió hace una semana en el transporte público, o tal vez porque los fieles prefieren llegar minutos antes de la misa de las 12:00 del mediodía.

Sin embargo, hay una persona que sobresale entre los católicos que empiezan a llenar la iglesia, se trata de don Rogelio Melara, un capitalino de tez blanca, cabello entrecano, de complexión fuerte y muy sonriente.

Don Rogelio, quien nació en el barrio Concepción, en San Salvador, en 1937, está sentado en una de las primeras bancas del templo para escuchar mejor la misa y también observar desde cerca la imagen del Divino Salvador del Mundo, patrono del país.
Todos los días, el devoto acude a la Catedral capitalina, para escuchar la Santa Palabra de Dios y además agradecer al Santo Patrono por todas las bendiciones que ha recibido.

Fiel al Santo Patrono

En su mente aún tiene frescos los recuerdos, cuando junto a sus padres, preparaban algunos tamales y diversos bocadillos, para acudir a la tradicional “bajada”.

“Ese día nos poníamos los mejores atuendos, y mis padres nos levantaban antes de las 5:00 de la mañana, eran tiempos diferentes en los que las celebraciones se organizaban de una forma más solemne”, recuerda Rogelio, mientras observa detenidamente la figura del Santo Patrono, ubicada a un costado del altar.

Afirma el feligrés que uno de los momentos que tiene siempre presente, es cuando caminaba hacia la Basílica del Sagrado Corazón, para acompañar el recorrido de la procesión y la carroza, la cual estaba adornada con flores, gallardetes y siempre tenían como guardianes a los ángeles.

“Mi padre siempre nos inculcó la devoción hacía el Nazareno, y al momento de la Transfiguración, siempre me cargaba sobre sus hombros para que pudiera observar el momento de la Ascención de Jesús”, recuerda.

Al igual que en la procesión “del silencio,” en Semana Santa, don Rogelio dice que en esa época todos los feligreses guardaban un silencio solemne durante todo el recorrido de la procesión, el cual era roto solo en el momento de la Transfiguración.

En ese entonces, afirma que era de rigor que al momento de la “bajada” cayera una fuerte tormenta sobre los asistentes, a quienes no les importaba mojarse con tal de ser testigos de ese magno acontecimiento.

“Incluso había peregrinos que viajaban desde el interior del país, y tenían que pernoctar en los alrededores de la catedral, durmiendo en los portales o bajo los árboles con sus niños. Todos cantaban y rezaban mientras conversaban en pequeños grupos”, dijo el devoto al Patrono, quien afirma que habían mariachis y otros grupos que ofrecían serenatas.

Aunque ya no recuerda muchos detalles de esta celebración, don Rogelio aún continua con la misma fe y devoción hacia el Divino Salvador, y todos los 5 de agosto, repite de forma solemne la tradición que sus padres le enseñaron hace 70 años.

“Me siento muy orgulloso de continuar con esta tradición que me inculcaron mis padres, la cual espero continuar hasta que el Divino Salvador del Mundo me lo permita”, aseguró don Rogelio, mientras se persigna y reza arrodillado ante la imagen del Santo Patrono.

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