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La huésped de 104 años

La anciana pasa la noche en el dormitorio público del Barrio San Miguelito, en San Salvador. Tiene ocho años de frecuentarlo.

Doña Sarita es una de las últimas personas en llegar al dormitorio público y la primera en irse. foto edh/ LISSETTE MONTERROSA

Doña Sarita es una de las últimas personas en llegar al dormitorio público y la primera en irse. foto edh/ LISSETTE MONTERROSA

Doña Sarita es una de las últimas personas en llegar al dormitorio público y la primera en irse. foto edh/ LISSETTE MONTERROSA

Doña Sarita es la consentida del dormitorio público y tiene ocho años de frecuentarlo. A sus 104 años todavía se atreve a viajar en bus para trasladarse al comedor Divina Providencia para visitar a sus conocidos.

El sufrimiento y el abandono es el común denominador en su vida. Bastó evocar su niñez para que el llanto rompiera el silencio y el dolor que ella arrastra.

La anciana contó que nació en La Unión y a los cinco años quedó huérfana y al cuidado de su tía Juana. No fue a la escuela ya que debía ayudar a su pariente.

De joven se dedicó a vender yuca frita y salcochada en el zoológico, después ofrecía mascones.

Los pocos ingresos que obtenía los ocupaba para comer y pagar un cuarto en una casa en el Barrio Santa Anita.

Con el paso de los años se fue a vivir a Soyapango, en una champa donde residió los últimos 10 años, pero que abandonó debido a amenazas.

Ahora deambula por los alrededores de San Miguelito y cuando logra recolectar un par de centavos se va en bus a Soyapango para darle de comer a sus dos gatos que dejó abandonados.

Esto animales le roban la paz y la hacen llorar como una niña que pierde sus juguetes.

Ella afirma que la gente de la comunidad la sacó y la tienen por loca. "Loca no estoy, quizás porque me ven sucia y con mis collares de tiras", afirmó.

En el dormitorio es una de las últimas que llega, y como no le gusta bañarse con agua fría una empleada de la municipalidad, que le guarda mucho cariño, le calienta el agua y hasta la baña.

Una vez lista agarra camino hacia el comedor Divina Providencia para desayunar y esperar el almuerzo. Además, en ese lugar le regalan unas monedas para algo que desee comprar.

En diciembre del año pasado todos sus compañeros de cuarto y delegados de la alcaldía le celebraron su cumpleaños 104.

"Le he pedido a mi Padre que me lleve, pero me dijo que todavía no es hora. Así que sigo aquí, en esta tierra, bajo su cobertura", manifestó la octogenaria pupila.

Doña Sarita es un símbolo de desamparo y desinterés por parte del Estado. Lo más lamentable es que ella es una más que se suma a las estadísticas de adultos mayores indigentes de nuestro país.

Esta población excluida vive de la caridad de fundaciones, personas altruistas y con una escasa asistencia médica.

La única forma que tienen para sobrevivir es la mendicidad. Son ciudadanos marginados por una sociedad sin políticas de atención integral para los adultos mayores.

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