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"Extraño las fiestas de mi pueblo"

El patrono San José no tuvo qué celebrar. Quezalteque, en La Libertad, ya no es el mismo.

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“Este bicho sí es loco”, me dice el joven que maneja la rueda de los Platillos Voladores, cuando mi pequeño de casi 3 años se baja sin ayuda y con una gran sonrisa de oreja a oreja.

Esos Platillos, un Gusanito, los Caballitos y los carritos chocones  fueron los únicos juegos mecánicos que los pequeños  pudieron disfrutar, instalados por el parque central.

Qué pobre. Qué pena. Qué tristeza.

El “campo de las ruedas” que se instalaba por la terminal murió. Era el alma desde el 10 de diciembre hasta el 19 que terminaban las celebraciones. Y un par de días más. Los quezaltecos nos concentrábamos allí, si era posible todo el día.

En la noche eso era una locura. El Tagadá, el Rock and Roll, la Chicago gigante, los caballitos, el trencito… el juego que se les ocurra.
Los juegos de azar, la música, la comida. Allí se perdían las novias, se encontraban los novios, se peleaban en la cola, se perdían los zapatos, se enseñaban los calzones, se vomitaba, se ganaba, se perdía. ¡Se me fue el aire!.

No se diga la tarima de la alegría de allí por la alcaldía. ¡San José Bendito! Ese era un circo donde los serios se carcajeaban y los cojos caminaban. Las peleas de boxeo, la de los bolitos, ¡nombre! 

De pequeño eran las ruedas, mayorcitos la tarima y ya de adultos, todo junto. Las fiestas de Quezalte dejaba “pachito” al mejor Carnaval de San Miguel.

La quema de pólvora del 19 de diciembre, en el cierre. Una maravilla esa reventazón. Y la estrella de la noche, el torito. “Torearlo” mientras explotaba en llamas, esas avalanchas de jóvenes que corrían para huir de el o para joderlo.

Lo gris de estas fiestas que terminan solo se compara con lo frustrante que es hoy contar con varios atractivos naturales en el pueblo y no poder disfrutarlos como antes. La Toma, las posas del Río Sucio, la pequeña pero maravillosa cascada del Río Claro, El Salto o Los Pocitos en medio del cañal camino a La Toma. 

Quién no se escapó con una parejita a Los Pocitos no sabe lo que es amar. Y ya no se diga, el que no se bañó chulón en las piscinas de La Toma sin que los vieran los vigilantes y ya caída la noche, cuando estaba todo cerrado, no es del pueblo. Y el que pagó por la entrada y no se fue a saltar el cerco o los muros, no es normal.

Extraño esos lugares. Me da pena que los niños y jóvenes de hoy solo tengan que escuchar de las historias de esos sitios esplendidos.

La fiesta del 18 de diciembre en sí, ese carnaval es incomparable. Vestirse y perfumarse para ir a bailar y conseguir el dinero para la entrada o invitar a la pareja era fácil, si no tenías, antes podías ir a cortar café y con esas arrobas, el problema estaba resuelto.

“Hasta de cabeza vas a bailar”, recuerdo que me decía mi mamá antes de esta fiesta. Lo que ella no sabía era que sí, yo bailaba de cabeza en realidad cuando hacía pases del “Break Dance”. Hasta rueda me hacían.

Por eso me embargó la nostalgia cuando el joven de los Platillos se fijó que mi pequeño no cabía de la alegría por esas “ruedas”. Bien por mi hijo, pero ¡puta! yo extrañé aquellos diciembres, aquellos diciembres que no volverán.

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