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Un espejo para príncipes para este año nuevo

“Podrá muy bien suceder que os desagrade la pobreza de mi ingenio cuando estas narraciones mías sean pobres [….] Aceptad, pues, esto como se aceptan todas las cosas de los amigos, teniendo más en cuenta la intención más que la cosa re

Miller

La Ciudad de Damas, por Cristina de Pizan (1405). | Foto por elsalv

La Ciudad de Damas, por Cristina de Pizan (1405).

Uno no nace sabiendo como patinar.  Requiere instrucción y práctica. Los eruditos de los Renacimientos europeos compartieron esta opinión en materia de la educación de príncipes, los que gobiernan.  Escribieron un sinfín de tratados y manuales denominados “espejos para príncipes” sobre como ser líder y gobernar, sabiendo que nadie nació con los conocimientos y requerían instrucción.
  
De estas valoraciones surgieron muchos libros del género denominados espejos para príncipes:  libros famosos en la historia que sirvieron para educar a los que iban a  asumir puestos altos en las repúblicas en formación, pero que necesitaban instrucción en cómo manejar las riendas del gobierno.  Entre estos, se puede señalar, por ejemplo, los escritos de Santo Tomás Moro, Desiderio Erasmo de Rotterdam, Cristina de Pizan, Nicolò Maquiavelo, William Shakespeare —entre muchísimos más. 
 
Estos humanistas cristianos y cívicos que se mencionan arriba, escribieron y publicaron los espejos para príncipes para que los que estaban en la etapa de prepararse para gobernar  pudieran verse a sí mismos, en todo su realidad, en un espejo y recibir educación e instrucción.  Los que escribieron para educar a los príncipes entendieron que  nadie nace ya sabiendo como patinar, ni como gobernar.  Requería estudios en la historia, la estrategia y la ética.
 
Espejos para príncipes, presentados por los humanistas a sus reyes, príncipes, duques, priores, son libros para la educación punto por punto de como, en la mejor tradición humanista de los renacimientos, los líderes  deberán manejar sus reinos, además de cuales habilidades que necesitaban para manejar gobiernos.
 
Entre los que escribieron para educar príncipes, hemos señalado a Cristina de Pizan, quien presentó su Ciudad de Damas al gobierno  francés en 1405. Desiderio Erasmo de Rotterdam, también, escribió La Educación de un príncipe cristiano en 1516, el mismo año que Santo Tomás Moro publicó su Utopía.  Nicolò Maquiavelo publicó, con privilegio papal, sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio en 1531.  Y casi todas las obras dramáticas de William Shakespeare (1564-1616) son del mismo género:  para educar a los reyes y príncipes.  Consideramos, para comenzar, un ejemplo de la antigüedad. 

Aunque usted no lo crea, el gran historiador, Polibio, un griego quien escribió la historia de Roma durante las Guerras Púnicas (ca. 243 a.C. – 146 a.C.) argumentó en la grandeza de su libro, Historias, que Roma creció para ser tan grande y victoriosa en la construcción de su imperio porque tenía una constitución que requería que su gobierno tenga tres poderes que funcionaban en una manera por separado, con la dignidad de ser independientes uno del otro:  un ejecutivo, una legislatura y un sistema judicial.  Y eso hace más de 2000 años.
  
Siguiendo el hilo del pensamiento en los manuales para la instrucción de líderes del gobierno desde Polibio hasta Maquiavelo, consideramos la figura famosa del siglo VI, siempre en el Imperio Romano.  Era un ciudadano romano, un filósofo erudito, de nombre Boece.  Era encarcelado injustamente por su gobierno (encabezado por Teodórico el Ostrogodo) —aunque inocente— en Ravenna, y escribe un libro mientras está en la cárcel esperando ser ejecutado por traición.  Y las ideas de este libro han perdurado por los siglos de los siglos:  La Consolación de la filosofía.  Un tema principal es, ¿por qué sufren los inocentes?  Y es relacionado con como manejar un gobierno.
 
En la cárcel, Boece recibe como consuelo, en una visión, la visita de la Dama Filosofía, quien le pregunta si él, su alumno, cree que este mundo es gobernado por la casualidad o por la razón.  Boece, el preso, no sabe como responder.  Ella, entonces, explica que la razón por su  desgracia es que no sabe quien es!  Pero, declara la Dama Filosofía, hay esperanza.  Cada hombre, dice, tiene una chispa pequeña que lo puede ayudar, aunque, a veces, la ayuda es una medicina muy fuerte; es posible que él no la pudiera aguantar. La medicina, dice ella, es de poder escuchar y entender la opinión pública.  Este argumento, repitiendo los argumentos Boece, es presentado en varias formas por los poetas, a través de los siglos. Es presentado por Cristina de Pizan, Geoffrey Chaucer y Nicolò Maquiavelo, entre muchos más.

Partiendo de esta premisa, entonces, Cristina de Pizan, una mujer erudita italiana viviendo en la corte francesa, presenta a la reina, en 1405, su libro, La Ciudad de Damas.  Desarrolla la misma tesis de Boece en sus escritos, 800 años más tarde.  Ella argumenta, como punto adicional, que las mujeres pueden servir como asesores  a las autoridades y se ofrece, en esta capacidad, como tal, como consejera a las autoridades con todas las implicaciones peligrosas que eso implica en momentos de conflicto, polarización y fraccionalismo de la sangrienta Guerra de Cien Años (1337-1453).
  
Su obra es un espejo para príncipes y comienza con la imagen del gobierno como un Castillo de la Fortuna  como suspendida por cuatro cadenas, dándose vuelta  en los cuatro vientos, como metáfora de inestabilidad y falta de dirección.  Ella invita a sus lectores (los poderosos de la corte del Rey Carlos VII) a buscar en “el teatro de sus propias memorias” para entender que es lo que el gobierno deberá hacer para ganar la paz y funcionar.  Son los tiempos de las vendettas de sangre entre los Güelfos y Gibellinos, la Captividad Babilónica del Papado en Avignon y la intervención de Juana de Arco a favor del rey, y su ejecución, por los ingleses, por incendio en la pira. 

En otro libro de alegoría política sobre el cuerpo político (Corps de Policie, 1407), Cristina indica que, en la organigrama del gobierno,  después del gobierno del rey, sigue la clerecía de la Iglesia, seguida por dos categorías de mercaderes:  los burgueses quienes reinaban sobre la economía de la nación, igual como  otro segundo grupo de mercaderes de menos poder.  Después y, detrás de ellos, vienen los artesanos y los que trabajaban con sus manos.
  
Cristina argumenta que si los burgueses y los otros mercaderes de segunda categoría pudieran formar una alianza y buscar una causa común, todos los mercaderes juntos pudieran controlar a sus hermanas y hermanos agitados:  es decir, los carniceros y los matones, sus seguidores, quienes  buscaban fomentar la violencia y extorsión.  Deberán, así como declara la Dama Filosofía a Boece, escuchar a la opinión pública buena y fidedigna del cuerpo político y cultivar un sentido de solidaridad con otros miembros del cuerpo político basado en las opiniones del pueblo honesto para superar a la violencia que impacta el comercio de la nación francesa. 

Pero en un momento, Cristina, la  escritora italiana de Francia, argumenta que, también, a veces es necesario que las mariposas tendrán que efectuar una metamorfosis y cambiarse en halcones para el bien público.  Con este pensamiento, estamos más cercanos a los pensamientos de su compatriota, Maquiavelo.
 
Sorprendentemente, al llegar al Renacimiento en Florencia, encontramos otra propuesta en los escritos de quien estamos acostumbrados a odiar como la esencia del mal porque no entendemos plenamente sus ideas.  En este espejo para príncipes, Maquiavelo argumenta que los que gobiernan necesita la educación e instrucción en lo que se requiere para el desempeño gubernamental.  Consideramos la propuesta que presenta al principio de la gran obra, Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1531) del Secretario Florentino, Ser Nicolò Maquiavelo, republicano y humanista.

Con Maquiavelo, ya hemos llegado nuevamente a la propuesta de educación sobre como construir una república:   requiere el estudio de los antiguos pensadores.

Cristina encomendó la construcción de alianzas estratégicas y Ser Nicolò urge la educación  de los que manejan el gobierno. Pero ya sean cualquiera de las propuestas, no podemos descartar la medicina ofrecida por Boece, Cristina de Pizan o Nicolò Maquiavelo para este año nuevo.  Definitivamente no podemos decir, con Christopher Marlowe, el gran dramaturgo contemporáneo de William Shakespeare: “Ah, pero eso fue en otro país hace mucho y, además, la muchacha ha muerto” [“Ah, but that was in another country and, besides, the wench is dead”.  (Christopher Marlowe.  The Jew of Malta.  (1592)]. 

El estudio del arte de cómo gobernar no ha muerto.  Solo falta aprender no solamente  de la opinión pública, como aconseja Boece y Cristina, además de leer, estudiar y aprender de la historia antigua como nos encomienda Maquiavelo.  Estos consejos son, en sí,  espejos para príncipes para este año nuevo.

FIN

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