Lee la versión Epaper
Suscríbase
Lee la versión Epaper

Esclavos africanos en Sonsonate, en El Salvador

Desde la llegada de los europeos al territorio pipil de Cuzcatán, la bahía de Acajutla y la  cercana villa de la Santísima Trinidad de Sonsonate se convirtieron en puertas de comercio y transporte del Reino de Guatemala hacia las vastas regi

Dinarte
Dinarte

Procedentes de zonas de caza humana en los territorios africanos, decenas de esclavos arribaron a Acajutla y Sonsonate a partir de 1565. Eran comprados para suplir la falta de mano de obra indígena, pues la legislación del imperio español impedía la utilización de los naturales de las Indias Occidentales para las labores más duras del campo y las poblaciones. En la segunda mitad del siglo XVI se volvió bastante común que en los días de mercado las plazas y tiangues estuvieran poblados por aquellos esclavos negros dedicados a la venta de carnes, cueros, quesos y confites producidos en las haciendas de sus amos y propietarios.

La villa de Sonsonate era una localidad muy importante. Era la vía terrestre entre la rada (bahía) de Acajutla y las ciudades de San Salvador y Guatemala, por lo que cumplía una función estratégica en las labores de embarque y desembarque de mercaderías y pasajeros de diversas partes del mundo. Más que grandes extensiones para cultivar y procesar el añil, la zona poseía siete haciendas, seis trapiches y dos salinas, de las que la más importante y antigua era la de Ayacachapa, situada a siete leguas de la población, en la barra Salada, adelante de la hacienda Tonalá.

Dos siglos después de la llegada de los africanos, en 1768 y en el barrio de San Francisco (asentado en lo que fuera el poblado precolombino de Tacuzcalco, a orillas del río Ceniza) vivían unas 28 familias de españoles y mulatos, mientras que hacia el norte del barrio El Ángel, por el camino hacia Sonzacate, en el barrio del Rosario, también habitaban indios y mulatos. Para bien y para mal, la fusión cultural y genética de españoles, indígenas y africanos había dado nuevos frutos. Cargar cestas en la cabeza, comer plátanos y guineos, el uso cotidiano de la hechicería y santería, palabras (cachimba y encachimbado, por ejemplo), la marimba de arco y muchos elementos más quedarían para siempre entre la herencia cultural inmaterial del pueblo salvadoreño.

Mapa de 1589, elaborado por Abraham Ortelius, donde se muestran los extensos territorios del oceáno Pacífico o Mar del Sur, en los que Punta Remedios marcaba el acceso a la rada (bahía) de Acajutla y, desde allí, a la villa de Sonsonate.

Parte de la documentación donde quedó plasmada esa herencia y convivencia en la villa de Sonsonate se custodia ahora en el llamado Archivo del Rey, en la alcaldía sonsonateca. En esos folios hay relatos sobre esclavos negros, mulatos, zambos, pardos y otras clasificaciones que se usaban en esa época para describir las categorías conceptuales de los esclavos. Pero también ilustran la naturalidad, insensibilidad y crueldad de los amos, la aprobación del clero y el valor legal de un régimen administrativo contrario a la igualdad de los seres humanos.

Uno de esos legajos es el del inventario de bienes de la difunta Nicolasa Palmero de los Reyes, hecho el 20 de abril de 1678 y en que se enumera a cuatro esclavos criollos (nacidos en Sonsonate), llamados Sebastián, Manuel, Pascual y Bartolomé, cuyas edades son 12, 17, 19 y 23 años, valuados el primer en 300 pesos y los otros tres en 400 pesos cada uno. Eso evidenciaba el alto precio en moneda contante y sonante que representaba esa mano de obra adquirida, por lo que su transmisión por herencia era tan significativa como la de cualquier otro bien mueble o inmueble.

Pero también había otras maneras de adquirir esclavos y era por medio de la genética. 

Por ejemplo, José (hijo del español Juan José Malespín, asentado en Izalco) tuvo un hijo fuera de matrimonio con Agustina de la Rosa, una mulata liberada de su esclavitud.  Tras radicarse en Guatemala, José falleció, por lo que su padre y su segunda esposa se hicieron cargo de la crianza del niño. 

Al ser reclamado el niño, ya de cuatro años de edad, el señor Malespín alegó los altos costos que implicó su crianza para pedir que se le asignara como esclavo a su favor. 

Además, Damiana Sosa, viuda de Melchor Rodríguez Mencía, también elevó ante los tribunales la petición de que se le negara la condición de liberta a Agustina de la Rosa, pues aunque su tía le había pagado cien pesos para liberarla, la señora Sosa alegaba no tener la condición legal para otorgar dicha libertad, pues la esclava aparecía dentro de la voluntad testamental de su suegra. El pleito se extendió por casi tres años, en los cuales el señor Malespín demostró ser el de mayor voluntad en lograr que el crío en disputa fuera libre o, en todo caso, asignado a su hogar.

En abril de 1772, las autoridades de la villa sonsonateca procedieron a hacer el valúo de los bienes de otra residencia, por efectos testamentarios. Junto con diversos bienes de plata, cristal y madera labrada, procedieron a enlistar a los esclavos mulatos Micaela (22 años, 210 pesos de precio) y sus hijos María Josefa Irene (5 años, 150 pesos) y Andrés Elopó (3 años, 125 pesos), así como a la mulata esclava Josefa (46 años, 120 pesos) y su hijo zambo Miguel Cipriano (7 meses, con fractura, 40 pesos) y a otra mulata vieja y enferma, llamada Martina Deluna, a la que le asignaron un precio de 10 pesos. 

Gracias a esa documentación, puede señalarse que la mala salud o la vejez no eran vistas como aspectos aceptables para las inversiones de un esclavista del Reino de Guatemala. Pero ese y otros temas deben ser abordados por medio de investigaciones académicas más exhaustivas, acerca de las condiciones e historia de la esclavitud africana en Sonsonate y en otras localidades de la Provincia e Intendencia de San Salvador durante el régimen español.

Lea además
Abrimos este espacio para el fomento de la libre expresión, que contribuya al debate y a la crítica constructiva. Te invitamos a hacer buen uso y a leer las normas de participación