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Doña Dominga: Una historia de nueve décadas en La Unión

b A sus 93 años sigue trabajando con optimismo

Sus 93 años no le impiden seguir trabajando y lo hace con esfuerzo y buen ánimo. Foto EDH / Insy Mendoza

Sus 93 años no le impiden seguir trabajando y lo hace con esfuerzo y buen ánimo. Foto EDH / Insy Mendoza

Sus 93 años no le impiden seguir trabajando y lo hace con esfuerzo y buen ánimo. Foto EDH / Insy Mendoza

LA UNIÓN. María Dominga Cruz Vanegas, de 93 años, conocida cariñosamente como "niña Minga" es una mujer de estatura mediana y piel morena, pero además un ejemplo para los jóvenes.

A su avanzada edad sigue trabajando, apoyada de un bastón, camina algunas calles de los barrios de la ciudad de La Unión vendiendo medicina y hojas de orégano que trae desde Honduras. Por muchos años vivió en colonia Los Rubios, pero hace un mes se mudó a alquilar un cuarto en el barrio Concepción.

Todos los días se levanta a las 7:00 de la mañana para desayunar leche con pan, bañarse y si hay ropa que lavar, lo hace. Coge su bolsa de plástico con medicinas para ir a venderlas a sus clientes o a ofrecerlas al interior del parque de la localidad.

A pesar de su edad, aún recuerda sobre su historia y de La Unión. Para muchos comerciantes y vendedores ambulantes, la anciana es un ejemplo para la juventud, ella todavía escucha perfectamente y conserva intacto su sentido de la vista, dicen las personas que a diario conversan con ella en el parque. Es una experta ofreciendo sus productos le tiene para todos los males dice desde dolores de cabeza, gripe, calenturas y también "para reforzar el cerebro".

Tiene muchos años de viajar a Choluteca, Honduras, a comprar el orégano y la medicina para revenderla en La Unión.

"Cuando voy a Honduras a comprar medicina llevo cositas que vender al otro lado de la frontera como pescaditos pequeños fritos, mango picado, alboroto y aguacate, me pagan en lempiras y con ese dinero me voy a comprar y así evito que los cambistas de dólar de la frontera me bajen", comenta.

No es amiga de las personas que andan deambulando en las calles y pidiendo dinero para comer.

Dice que "son mujeres y hombres jóvenes haraganes que han perdido la vergüenza y mejor piden dinero, yo no descanso, tengo que ganar a diario para la comida y pagar la pieza. Son 40 dólares mensual y cinco para pagar la luz".

También hace su ropa, vestidos, delantales, y la ropa interior. Tiene una máquina artesanal para coser, pero ya no la puede usar, se le dificulta, por eso quiere venderla en 50 dólares y ese dinero lo invertirá en más productos.

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