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Don Élmer, 50 años de moldear barro

Es uno de los últimos artesanos que moldea a mano la arcilla y elabora las rústicas figuras de los misterios, mismas que cada día pierden más adeptos.

En verano, don Élmer y su esposa pasan hasta doce horas diarias elaborando nacimientos.

En verano, don Élmer y su esposa pasan hasta doce horas diarias elaborando nacimientos.

En verano, don Élmer y su esposa pasan hasta doce horas diarias elaborando nacimientos.

La tenue luz que se cuela por la ventana de su modesta vivienda es la única iluminación que rodea a don Élmer Zamora, de 61 años, uno de los últimos artesanos que quedan en Ilobasco y que hace figuras sin usar molde de yeso, como es común en casi todos los talleres.

Con las manos repletas de callos y cubiertas de un barro que parece haber estado ahí siempre, toma un pedazo de arcilla y, en minutos, lo transforma en una Virgen María.

Luego moldea otro pedazo y de sus dedos emergen el burro y la mula, todos a escala, exactos y bien confeccionados. El oficio, dice, lo aprendió de su madre, quien lo crió a él y a sus seis hermanos "a puro barro".

Él tenía ocho años cuando se sentó junto a ella para hacer miniaturas; otros de sus hermanos comenzaron más temprano.

La pobreza y la ausencia de un padre, comenta, los hizo trabajar como artesanos desde siempre. Él apenas cursó hasta el tercer grado y luego se dedicó a lo único que sabe hacer, artesanías. Con sus manos ha forjado cientos de niños Dioses, pero también diablos y panchitas. Con estas últimas, dice, perfeccionó la técnica.

Hoy, sin embargo, reconoce que las figuras rústicas están perdiendo terreno, como también lo está perdiendo la tradición de colocar nacimientos en los hogares salvadoreños.

"Antes esto era valorado, venía gente de todo el país a comprar, hoy no pagan casi nada, pero esto es lo que toca y me da para comer", dice.

En verano don Élmer, junto a su esposa, pasa hasta doce horas diarias haciendo figuras en arcilla que luego vende a otros comerciantes a menos de la mitad del valor real.

En invierno la milpa ocupa sus faenas y, cada año, espera que diciembre le traiga un poco más de dinero habitual, con una tradición que parece apagarse poco a poco.

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