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Diócesis celebra un siglo de labor evangelizadora

Están celebrando un año jubilar, donde destaca la reflexión

Miles de feligreses asisten cada año, en forma masiva, a la procesión de la Reina de la Paz, la tarde del 21 de noviembre. Foto EDH

Miles de feligreses asisten cada año, en forma masiva, a la procesión de la Reina de la Paz, la tarde del 21 de noviembre. Foto EDH

Miles de feligreses asisten cada año, en forma masiva, a la procesión de la Reina de la Paz, la tarde del 21 de noviembre. Foto EDH

Este año, las fiestas patronales en honor a la Reina de la Paz se enriquecen por estar en el marco del año jubilar debido a la celebración del centenario de creación de la diócesis migueleña, que comprende la mayoría del departamento de San Miguel, Morazán y La Unión.

El año jubilar inició el 11 de febrero pasado y culminará el 29 de marzo de 2014, fecha en la que se conmemora la consagración episcopal del primer obispo migueleño, monseñor Juan Antonio Dueñas y Argumedo.

Una de las principales actividades realizadas en este contexto, según el vicario general de la diócesis, Emilio Rivas, es que desde inicios del año la imagen de la Reina de la Paz ha sido llevada a cada una de las 50 parroquias que conforman la diócesis.

La figura ha permanecido en cada iglesia durante una semana y los feligreses reflexionan sobre su templo en particular y sobre la imagen de la Patrona.

En su discurso con motivo de estas celebración, el actual obispo migueleño, Miguel Ángel Morán, dijo que "damos gracias a Dios nuestro Padre por este año jubilar en el que recogemos esa rica herencia de nuestros antepasados que nos transmitieron la fe en Jesucristo y el amor entrañable a la Reina de la Paz".

La diócesis de San Miguel, al igual que la de Santa Ana, fueron erigidas el 11 de febrero de 1913, pero en el caso de la iglesia particular migueleña, pasó varios meses para que fuera nombrado su obispo.

Según los archivos diocesanos, este templo pasó casi seis meses bajo la autoridad del obispo capitalino de ese entonces, monseñor Antonio Adolfo Pérez y Aguilar.

Monseñor Dueñas y Argumedo fue consagrado obispo en marzo de ese año, pero fue asignado a esa diócesis hasta agosto de 1913, por el papa Pío X, quien falleció pocos días después del nombramiento.

El clero y los obispos

En este año jubilar las reflexiones en las comunidades han ido enfocadas en rescatar la riqueza histórica que dejaron los sacerdotes, los obispos y los religiosos.

Esta diócesis ha tenido seis obispos, el primero fue monseñor Dueñas y Argumedo, quien la gobernó de 1913 hasta 1941.

Luego, monseñor Miguel Ángel machado y Escobar de 1941 a 1966; en ese año asumió monseñor Lorenzo Graziano y Antonelli quien concluyó su gobierno en 1970, para que lo asumiera monseñor José Eduardo Álvarez Ramírez, quien cedió el cargo a monseñor Romeo Tovar Astorga, quien inició su trabajo pastoral en 1997, pero solo estuvo dos años en el cargo.

Luego, asumió el gobierno de la diócesis monseñor Miguel Ángel Morán, quien aún se mantiene como la máxima autoridad de la diócesis.

En su quehacer la sede también buscaba rescatar el legado de muchos sacerdotes, como el paso del padre Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, fray Agustín Valentini, de la orden franciscana y de los misioneros de la diócesis de Cleveland, Estados Unidos.

La caridad al centro

El lema del año jubilar es: "Un camino, una historia, una fe: cien años de la diócesis de San Miguel y en ella se pueden recoger miles de anécdotas sobre el paso del catolicismo en la zona oriental del país.

Monseñor Gregorio Rosa Chávez recuerda, por ejemplo, que al inicio de su gobierno, monseñor Graziano y Antonelli vivía cerca del centro penal migueleño, donde ejercía un apostolado muy original con jóvenes de mala fama de la colonia Milagro de la Paz, que en esa época era conocida como La Curruncha.

Según Rosa Chávez, el obispo usaba un método sencillo: "Los jóvenes llegaban a la casa del obispo como a su propia casa, sin importar si muchos de ellos eran rateros; allí se les acogía, se les evangelizaba y se les enseñaba cantos religiosos. Esas reuniones terminaban en el parque Guzmán, donde el obispo les invitaba a gaseosas o sorbete.

"Monseñor Graziano me dijo en una ocasión: me llaman Ali Babá porque cuando voy con estos muchachos la gente dice allí va Ali Babá con los 40 ladrones", recordó Rosa Chávez.

El ahora obispo auxiliar de San Salvador también recordó que monseñor Graziano no se quedó indiferente al ver las caravanas de salvadoreños expulsados de Honduras, durante la llamada guerra de las cien horas y abogó por ellos.

Por su parte el joven presbítero Leodán Hernández, párroco actual de la iglesia San Nicolás, de San Miguel, también recuerda a un personaje de la diócesis: monseñor Víctor Basilio Plantier Lantard

El prelado organizó la Asociación de Señoras de la Caridad, la escuela de Niñas Santa Sofía, la escuela Niño Jesús de Praga y los asilos de ancianos San Antonio y la Casa de la Misericordia.

Además facilitó la creación del Instituto Católico de Oriente Maristas y el Colegio Nuestra Señora de la Paz.

Hernández asegura que la imagen de Plantier Lantard aun hoy, plantea serios retos tanto a la feligresía de la diócesis, como a su clero.

Una de esos desafíos, según Hernández, es la "recuperación del semanario Chaparrastique, crear e impulsar las escuelas parroquiales, como centro de evangelización y educación; la creación de una pastoral de la salud y el entrar con valentía a una caridad más estructurada y sistemática, donde todos los cristianos se vean comprometidos".

Para el clérigo, también es necesario, de parte de los fieles, "la solidaridad como respuesta y a la vez como protesta silenciosa a la realidad de pobreza que golpea a los débiles, un llamado sin palabras a cultivar la justicia".

En este sentido, Hernández está muy en sintonía con lo planteado por el vicario general de la diócesis, sacerdote Emilio Rivas, quien explica que "la iglesia está convencida de que la paz está en la entraña de la religión cristiana, puesto que para el cristiano proclamar la paz es anunciar a Cristo, nuestra paz".

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