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CUATRO MUJERES: PENSABAN ENTERRARNOS ...NO SABÍAN QUE ÉRAMOS SEMILLAS

“Muchos humanistas estaban a favor de un entrenamiento intelectual sorprendente para mujeres, aunque todos pensaron que las madres no eran las personas apropiadas como personas con quienes deberán dejar a los niños varones después de la eda

CUATRO MUJERES: PENSABAN ENTERRARNOS ...NO SABÍAN QUE ÉRAMOS SEMILLAS 
CUATRO MUJERES: PENSABAN ENTERRARNOS ...NO SABÍAN QUE ÉRAMOS SEMILLAS 

En el jardín de la historia hay jardineros y plantas.

Si tenemos suerte, también hay flores y frutas. Es así en la historia de las mujeres, este nuevo género recientemente descubierto en las páginas noticiosas.  

Consideramos aquí los jardineros que sembraron y podaron las plantas, además del florecimiento de bellas y fuertes flores, no obstante las reglas de jardinería, es decir, los historiadores, equivalentes a los sembradores, podadores e investigadores, son quienes deciden qué es lo que se puede dejar crecer y florecer  y qué se va a talar, cercenar o suprimir. 

La doctrina y teoría para la educación de las mujeres no era propicia para la siembra ni la cosecha de bellas flores y frutas en el jardín de la historia, aun durante este gran florecimiento de los renacimientos europeos de los siglos XV y XVI, cuando fueron glorificadas las posibilidades para el hombre aquí en la tierra.  

Los humanistas —Juan Luis Vives, Erasmo de Rotterdam, Nicolò Maquiavelo y demás— proponían, en las doctrinas y teorías de educación, que el hombre sería engrandecido aquí en la tierra hasta las más altas esferas del arte de ser príncipe, estadista, escritor, artista y grandezas de todo índole.  

Comparamos las teorías y doctrinas de la educación para hombres con los que proponían para la mujer renacentista. 

Los renacimientos en Europa, ya sabemos, comenzaron en la Italia del Quattrocento (el siglo XV) específicamente en Florencia, donde visitaron los humanistas de toda Europa:  llegaron desde Londres, París y otros centros de erudición para ver “el futuro” construido por los humanistas florentinos, quienes aplicaron las doctrinas humanistas a la construcción de, y participación en, las repúblicas que confeccionaron en base de sus teorías.

Y los renacimientos fueron basados en la combinación de las fuentes clásicas (Cicerón, Virgilio y demás), quienes eran los ancestros romanos de los “italianos”, pero siempre se basaban en las doctrinas de la Iglesia Católica.  Los pensadores, filósofos, filólogos, estadistas y teóricos del humanismo cívico eran cristianos y no paganos, aunque como les encomendó San Agustín “spoiled the Egyptians of their gold” (es decir, robaron el oro de los paganos) para apoyar la creación, por ejemplo, en Florencia de una república cristiana resplandeciente y en Venecia, la República Serenissma tan aliada al Papado. 

Ahora, los humanistas cívicos de Florencia, quienes, repito, se basaron profundamente en la doctrina oficial de la Iglesia Católica en Europa Occidental (en Italia y también en el Humanismo Cristiano del norte de Europa en Inglaterra), además de las fuentes clásicas,  defendieron la doctrina de que el hombre y la mujer fueron creados de igual manera en la imagen de Dios. 

Las metáforas y alegorías presentadas por los humanistas cívicos en su aplicación, en sus repúblicas, las doctrinas clásicas, junto con las doctrinas de la Iglesia, eran producto de las ideas y escritos los más famosos de Italia, Inglaterra, Francia y España.  Sugirieron, en sus escritos, que la superioridad de cualquier categoría tenía algo que ver con su masculinidad, y que la feminidad implicaba la inferioridad. 

En el jardín de los Padres de la Iglesia —tomamos como ejemplar predilecto, lo más importante entre ellos, San Agustín— la mujer en el Jardín de Edén, Eva, como mujer, representaba metafóricamente la sensualidad, la percepción de los cinco sentidos del cuerpo y la carnalidad, la irracionalidad, la imaginación, la fantasía y todos los aspectos de la condición humana asociada con la corporalidad:  en otras palabras, todo lo que pudo subvertir la razón, (masculino, como nos enseña San Agustín), representado por Adán, el hombre  quien cometió el pecado original fue engañado por Eva, (femenina, según San Agustín) la sensualidad del cuerpo.  

La razón era superior; ergo el hombre era siempre superior.  La sensualidad y la carne era inferior; ergo la mujer era inferior y siempre pecaminosa. Estas son las ideas expresadas por San Agustín, por ejemplo, en su tratado sobre el alma del hombre, De Trinitate  (Consideraciones sobre la Trinidad). 

Y aunque fueron los mejores intelectuales del continente, los humanistas siguieron la Iglesia en esta doctrina para desarrollar la doctrina apropiada para la educación del hombre y, por aparte, la doctrina para la educación de la mujer, en base de la doctrina de la Iglesia.

Y estas doctrinas, en la teoría y en la práctica, son las que forman nuestras herencias de los renacimientos italianos, ingleses, franceses y españoles y, por lo tanto, las mismas ideas en las colonias españolas al otro lado del Atlántico.  El Salvador, como colonia española durante los renacimientos europeos, absorbió lo que trajeron los conquistadores, los comerciantes, los sacerdotes y todos los pensadores que  llegaron desde Europa a estos lados. 

Mi contención es que, en la exégesis y metodología  de los humanistas en sus explicaciones de textos, utilizaban metáforas traídas el mundo material que fueron prestados de los Padres y Doctores de la Iglesia, y que en estas metáforas exegéticas de explicación del texto deberán, siguiendo la doctrina de San Agustín y demás Doctores de la Iglesia, mostrar que la razón es superior y masculina, mientras que la sensualidad y las pasiones representaban lo que era  femenino, y por lo tanto, inferior. 

Esta es doctrina Neoplatónica en que estas dualidades de superioridad masculina e inferioridad femenina pasaron a la doctrina  cristiana de la Iglesia. 

Si es así —y es así— ¿cómo podemos entender la existencia floreciente de mujeres  como Eleanor de Aquitaine, reina de Inglaterra y Francia.  O  la reina española de Inglaterra, Catarina de Aragón, una de las mujeres más eruditas de Europa.  Y la reina inglesa Elizabeth I, quien se presentó como el “Príncipe” (en lo masculino), diciendo que “la palabra debería no se usa con príncipes” (indicando a sí misma).  ¿Y Cristina de Pisan, altamente crítica e intelectual poeta italiana de Francia?  ¿O Caterina Sforza, esposa de Gian Galeazzo Sforza, Duque de Milano, una erudita diplomática quien también lideraba los ejércitos de su esposo en defensa de Milano?  ¿O, en este lado del Atlántico, Sor Juana Inés de la Cruz, la poeta de España y Nueva España? 

Algunas flores escaparon del jardín de la educación renacentista propuesta para la mujer por los humanistas cívicos en que los hombres fueron preparados para una vida pública como estadistas y las mujeres fueron preparadas por la castidad, silencio y obediencia.  Algunas flores, obviamente, escaparon a los podadores.  Pero la explicación de estos fenómenos requiere unos argumentos más detallados. 

La educación para mujeres que proponían los humanistas para los hombres que iban a tomar las riendas del poder, incluía la inculcación de estudios de los clásicos latinos y griegos y el fomento a las actividades virtuosas como valentía, justicia, prudencia, cortesía, magnanimidad y “el deber público de devoción, sin pensar en sí mismo, a los mejores intereses del Estado…”.  Los ideales humanistas inculcaron los siguientes: 
“La primera distinción, se admitieron, era la virtud, es decir, que los estudios deberán contribuir a los méritos personales sobresalientes, y fomentar a las habilidades  benéficas y acciones a favor del estado, porque un hombre podía practicar las virtudes privadas toda su vida y todavía no ser digno de nobleza, porque la virtud que era de la esfera privada, era una cualidad restringida en su influencia, mientras que la virtud que era apropiada para la nobleza era pública y confirió beneficios al estado entero”, (Kelso,  Doctrine for the Gentleman of the Renaissance (1919)).

Para la mujer, de otro modo, se imponía una vida en la esfera de silencio y de castidad.  

Tomamos la palabra del humanista español, Juan Luis Vives, confesor y guía espiritual de Catarina de Aragón, reina española de Inglaterra en la corte de Enrique VIII de Inglaterra:  es más corto y al punto.  

En primer lugar, ella deberá entender que la virtud principal de una mujer es la Castidad, que pesa más que todas las demás virtudes” (Juan Luis Vives, La Instrucción de la Mujer Cristiana (Londres, 1541)).  Además, dijo a la mujer estadista la más elocuente de Europa en la diplomacia en latín, su feligresa, Catarina de Aragón, “en cuestión de elocuencia, no me interesa mucho que una mujer la tenga, porque no la necesita”. 

También el gran humanista de toda Europa, Erasmo de Rotterdam, declara, en su obra Los Institutos de matrimonio cristiano (Basel, 1526) que “La rueca y los instrumentos para hilar son, en verdad, los instrumentos de todas las mujeres y apropiados para ellos con el propósito de evitar la pereza”. 

Debemos profundizar un momento sobre este concepto de castidad, pilar de la educación encomendada a las mujeres quienes también deberán dedicarse únicamente a la rueca.  La castidad es una virtud moral que modera el apetito sexual y regula y controla el cuerpo, sus apetitos sexuales y las actitudes mentales que resultan de la sexualidad del cuerpo.  (Vacanet Mangenot. Dictionnaire de theologie catholique  (París, 1905).  La mujer es reducida al cuerpo otra vez, mientras el hombre puede desarrollarse en la esfera pública.

Para los lectores que piensan que todo eso cambió después de René Descartes, la Ilustración europea que condujo a la Revolución Francesa, debemos mencionar las opiniones del gran Jean-Jacques Rousseau en su libro sobre la educación de la mujer (1761), Julie, ou, La Nouvelle Héloise (Julia, o, La Nueva Eloisa), en que declara que se deberá colocar el yugo en el cuello de las niñas a una temprana edad para que, en la medida que van creciendo, ya no lo sentirán.

Ahora, Elizabeth I de Inglaterra (m. 1603) recibió una educación  de la mejor del mundo.  Educada en latín, griega y los clásicos además de otros idiomas modernos, como francés, alemán y holandés, tradujo obras profundas de filosofía (La Consolación de la Filosofía de Boecio) desde el latín al inglés y, desde su propia traducción inglesa, de nuevo al latín en el espacio de 24 horas.  Y la reina llevaba los asuntos del estado y su diplomacia en el latín hablado y por escrito. 

Cristine de Pisan escribió, entre otras 300 obras, como escritora en la corte francesa,  La Ciudad de Damas (1412) en que el argumento principal era que  las mujeres pudieran, y deberían, participar en la vida pública y política de sus ciudades: precisamente la doctrina que los humanistas cívicos encomendaron a los hombres.  [Tal vez podemos tomar nota que Simone de Beauvoir declaró: con Cristine de  Pisan, veamos “la primera vez que una mujer tomó pluma en defensa  de su sexo.” 

En fin, la realidad histórica sobrepasa las teorías retrógradas de los humanistas más avanzados e iluminados de Italia, Francia e Inglaterra, quienes inventaron las teorías para la educación de las mujeres y quienes forman parte de nuestra herencia como un espejo enterrado —aquí, en la colonia renacentista de España (léanse, El Salvador), como en Europa. 

Aparecen los sorprendentes ejemplos de fuerza y diplomacia como Catarina de Aragón, reina española de Inglaterra; Cristina de Pisan de la corte del renacimiento francesa;  Catarina Sforza de Milano y Elizabeth I, reina de Inglaterra, como unos pocos ejemplos entre muchos.  

Estas cuatro mujeres son ejemplos de algunas flores que escaparon de los podadores del jardín de la historia. Por suerte, las bibliotecas están llenas de estudios de fecha reciente, sobre estas y otras mujeres renacentistas como ejemplos, parte del esplendor de los Renacimientos.  Solo falta leerlos.  FIN

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