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- El
Festival ha concluido y ahora
solo resta esperar la
edición
- del
año
próximo.
Carlos
Cañas-Dinarte
ccdinarte@elsalvador.com
Fotos: Nelson Dueñas /
Mauricio
Martínez
Una
vez más, como ha venido
ocurriendo desde hace nueve
años, el telón ha
caído y las salas de
espectáculos de nuestro
país se han quedado
vacías, con sus luces
apagadas y sus tribunas en
silencio, a la espera de una
nueva edición del Festival
Centroamericano de Teatro
"Creatividad sin
fronteras".
En
esta ocasión, las fuerzas
de la naturaleza se conjugaron
para hacer más
difíciles las
oportunidades públicas de
acceder a los espectáculos
que Fernando Umaña y
Artteatro habían logrado
contactar y contratar en diversos
puntos de
Hispanoamérica.
Bajo
el suelo de nuestro país,
entre el 13 de enero y el 13 de
febrero del año en curso,
fue liberada una energía
semejante al estallido de 273 mil
millones de libras de dinamita o
27 mil bombas atómicas del
tipo que explotó sobre la
ciudad japonesa de Hiroshima, en
agosto de 1945. Y esto fue
suficiente para dañar el
patrimonio cultural y el Teatro
Nacional de San Salvador no fue
la excepción.
Pese
a estos obstáculos y
aparentes malos augurios, el
ánimo de Artteatro no
decayó, sino que sus
integrantes supieron buscar
alternativas para poder
desarrollar esta nueva
edición del Festival de
Teatro. Su esfuerzo fue
recompensado por el decidido
apoyo de entidades
gubernamentales e
internacionales, empresa privada,
medios de comunicación y
una buena cantidad de
público.
Lo
bueno del Festival
Cada
edición del Festival
Centroamericano de Teatro ha
brindado una muy buena
ocasión de que los
actores, actrices y directores
nacionales midan sus fuerzas y
capacidades con las de otros
puntos de España y
América Latina, peninsular
y caribeña.
Año
con año, la
representatividad
salvadoreña ha sido
bastante deficiente, algunas
veces aficionada; pero, en esta
ocasión, los esfuerzos
hechos por Moby Dick Teatro y la
Escuela Arte del Actor dejan en
el público la
impresión de que el teatro
salvadoreño ha
mejorado.
Y
esto ha podido lograrse gracias a
la sabia combinación de la
experiencia de los actores,
actrices y directores veteranos
con la avidez y juventud de las
nuevas generaciones, a las que
aún les hace falta un
fuerte espaldarazo gubernamental,
manifiesto en mejores
presupuestos culturales,
más espacios para
representaciones, contrataciones
de personal docente extranjero y
más.
¡Bien
por Fernando Umaña, Dinora
Cañénguez,
Filánder Funes, Tony
Perdomo y tantas otras personas
que se han entregado, de
corazón, a trabajar por el
rescate de las artes
escénicas en El Salvador,
con miras al futuro!
La
moraleja de la más
reciente edición del
Festival estriba en que el teatro
contemporáneo de fines del
siglo XX e inicios del XXI es una
audaz relación entre
gestos, movimientos, voces,
luces, escenografías
funcionales y escasas, sonidos y
tramoyas. Que no es necesario
contar con pesadas y costosas
escenografías ni con
peticiones económicas de
divas del Primer Mundo, sino solo
con talento, disciplina y las
ganas de hacer bien las cosas, de
lograr transmitirle al
público el dominio de la
obra y las capacidades del actor,
la actriz y el
director.
Esto
lo demostraron excelentes
trabajos y puestas en escena
realizados por grupos teatrales
de Bolivia, Cuba, Puerto Rico,
Costa Rica, Chile y
México, los que trajeron a
los escenarios
salvadoreños trozos de la
historia de sus pueblos
&endash;que es, al fin y al cabo,
la historia de la gran hermandad
latinoamericana- y zambullidas
por las memorias familiares o por
las revisiones feministas.
Planteamientos de punta,
sensaciones del presente,
reflexiones para el
mañana.
Lo
malo del Festival
Las
condiciones materiales de las
salas en los que muchos de los
grupos actuaron no fueron las
mejores, debido al calor, al
ruido, a la pequeñez de
los lugares, a la falta de
telones, etc. Pero, debido a la
carencia de la Gran Sala y de la
Pequeña Sala del coliseo
capitalino, estos
obstáculos significaron
retos que los grupos invitados
tuvieron que sortear de diversas
y creativas formas.
Pero
la parte más negativa fue
la incultura y malcriadeza de
muchas personas del
público asistente, quienes
quizá creyeron que ir al
teatro era acudir a un parque en
domingo, a un partido de
fútbol en las tribunas de
"Vietnam", a un
espectáculo de desnudos en
un barra-show o a una sala de
cine, para platicar con los
amigos o para desarrollar un
mortal juego de ver la
película y,
simultáneamente, cortejar
de todas las maneras a la persona
acompañante.
Celulares
y localizadores activos durante
el desarrollo actoral, silbidos
maliciosos para celebrar la
aparición de una guapa
actriz costarricense o largas
pláticas que
surgían por entre la
oscuridad de las salas fueron
hechos comunes y corrientes.
Algunas veces dieron pie a
situaciones de mayor incultura y
gravedad, tales como personas que
acudieron para aprovechar la
penumbra y superar así sus
desvelos, o aquellas que se
preocuparon por la capacidad
auditiva de sus vecinos de las
filas delanteras y les colocaron
sus pies encalcetinados como
audífonos.
Aunque
fue bueno ver a mucha gente joven
que disfrutaba de los
espectáculos, hay que
decir que la mayor parte del
público estaba formado por
gente adulta, extranjeros,
integrantes de organismos no
gubernamentales y por pocos
elementos del sector intelectual
nacional, en especial de aquel
vinculado al hacer y quehacer
teatral.
¿Falta
de dinero? Es muy probable,
porque acudir a ver la totalidad
del Festival costaba su regular
cantidad de colones o
dólares
&endash;según la moneda
que se prefiera-, por lo que
quizá sería
conveniente que, para futuras
ediciones, se pueda vender un
carné único de
entrada, con un precio
determinado -subsidiado por el
Estado o la empresa privada- y
que pueda ser adquirido semanas
antes del Festival. De esta
manera, muchas personas
tendrían más
oportunidades de asistir a las
funciones cuando, el año
venidero, vuelva a alzarse el
telón sobre San Salvador
y, ojalá, sobre otras
localidades del territorio
nacional.
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