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angel_caido@hotmail.com
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Carta
Washington
- Sí
a la muerte
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a
pena de muerte nos salvará.
Veamos como.
Durante
tres décadas, el estado ha
producido bachilleres analfabetos:
matemos a los ignorantes. Bombas
cayeron sobre el sistema
económico: matemos a los
hambrientos.
Alto,
los pobres no son delincuentes. No hay
que matarlos sólo a ellos. Hay
que matarlos a todos, al diputado que
dispara contra policías, al
vástago de abolengo que hace
desaparecer millones, al niño o
niña que arroja su carro a 100
kilómetros por hora sobre los
peatones de la Zona Rosa. Los mataremos
junto al secuestrador, al asesino, al
violador, al policía venal, al
alcalde corrupto.
Momento.
¿Creen que todos serán
juzgados iguales? Jamás,
así que este es el momento de
cambiar a El Salvador. Fracasamos
cuando nos impusieron leyes suaves,
para suizos. Fracasamos porque somos
salvadoreños, hijos de la
pistola y el machete. Hay que imponer
leyes para salvadoreños, leyes
de garrote y patíbulo, leyes que
arrebaten a los delincuentes el
monopolio del terror y se lo devuelva
al estado. Si los renegados matan cien,
el estado debe matar mil, debe matar a
secuestradores y carteristas, asesinos
y ebrios, asaltantes y prostitutas, a
los corruptos y a los
violentos.
El
estado debe arrancar la Ceiba de la Paz
y sembrar allí estacas de
güiscoyol. En las estacas hay que
empalar a los condenados, decenas de
ellos, bien alto, penetrados hasta las
entrañas. Debe dejárseles
allí en agonía de
días y días. Allí
hay que llevar a los jóvenes,
desde kinder a bachillerato, para que
vean lo que pasa con los niños
que se portan mal.
En
cada plaza hay que castrar a los
violadores. Hay que castrarlos
machacándoles la entrepierna con
piedras de volcán. Así se
pacifica a un pueblo, tirándole
una bomba atómica,
convirtiéndolo en un cementerio.
Lo demostraron los maestros de la Pena
de Muerte: Hitler, Stalin, Mao, Pol
Pot, Fidel, y George W. Bush (cuando
era gobernador).
Por
supuesto, se opondrán
instituciones arcaicas (como la Iglesia
Católica), almas angelicales se
santiguarán, citarán
pensamientos de místicos
delirantes (como Gandhi), de
izquierdistas sospechosos (como
Einstein y Camus), o espíritus
seniles (como Juan Pablo II). Hay que
ignorarlos, hay que ser nosotros
mismos. Este es el futuro.
La
pena de muerte le sienta a los
salvadoreños, no la
civilización y la democracia.
Nuestro grito debe ser el de los
oficiales franquistas durante la Guerra
Civil Española: "¡Muera la
inteligencia! ¡Viva la
muerte!"
Nunca
los salvadoreños seremos
más
salvadoreños.
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