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La gitana
 
iempre me han llamado la atención las gitanas y los gitanos. En especial esas hermosas mujeres con su acento y sus vestidos semejantes a una flor abierta en primavera.
Mi primer encuentro con ellas fue, digamos, muy especial. A las faldas del cerro Santa Lucía, en las afueras de Santiago de Chile, me interceptó una.
Tomó mi mano para leerla -un momento mágico, en verdad- y así predecir mi futuro.
Claro, la adivina pidió un billete para iniciar un encanto y limpiarme de las malas vibras, ya que según su visión tenía un embrujo. ¿Yo? ¿Un embrujo? Salado, talvez.
Bueno, paso un billete de 5000 pesos (que es el equivalente a cinco dólares, en moneda bien salvadoreña). El pago es indispensable para neutralizar el encanto.
La mujer comienza a frotar el billete en su mano con avidez mientras la observo.
Pero la magia desapareció repentinamente cuando la gitana destapa sus senos y rocía con leche materna la plata.
Luego, en un abrir y cerra de ojos, comienza a frotar el dinero y no sé en que parte del cuento, pero por arte de magia, ¡el billete comienza a desintegrarse!
Pero mi ojo había logrado ver que lo había cambiado por un papel para engañarme y hacerme pensar que el dinero se destruía.
En ese momento me quedé mudo francamente. ¿Qué pasa aquí ? ¿Esta mujer es una estafadora o una nudista? Me di cuenta que mi curiosidad me iba a salir cara.
Era un un vulgar timo simplemente.
Una rabia me subió del estómago a la cabeza y sin pensarlo tomé la mano donde tenía mi dinero y la apreté hasta que doblé su pequeño dedo mágico. Con un gran "¡Ayyy!" y unos cuantos "¡%#&!%!" como despedida terminó mi cita. La gitana rabió y soltó los cinco mil pesos fulminándome con la mirada.
Pero recuperé mi plata.
La lección al ver una gitana en Santiago de Chile es salir disparado en dirección contraria.
Y mi moraleja personal es que la curiosidad mató al gato. Desde aquel día, empiezo a sentirme un poco extraño. ¿Será fruto del embrujo de la gitana?



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