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Volar en un ultraligero crea una comunión espiritual entre el aire y la tierra.

Gustavo Rico Baños
Fotos: Maritza Santos

Una fría mañana de mayo, me encontraba junto a mí compañera de trabajo, Maritza Santos, estacionados en una sombría calle al final de la colonia Escalón, donde el sueño se apoderaba de sus habitantes. Nosotros, en cambio, esperábamos a quién nos daría un esperado paseo por las nubes.

Entre la espesa oscuridad de esa madrugada, una silueta de repente se deslizó a la par de nuestro vehículo. Era Mauricio Silhy en su bicicleta tipo montañesa, la cuál seguí hasta su casa para ayudarle a colocar su ultraligero a su auto. Silhy confiesa volar por una razón de peso: vuela desde que estaba en el vientre de su madre, y eso lo motivó a comprarse un ultraliviano.

Esa mañana, los amigos de Silhy despegaron de una pista ubicada en La Libertad y Mauricio de otra ubicada en la Costa del Sol. Al llegar a la pista comenzamos a armar el gran juguete o rompecabezas caro (ultraligero); las alas hay que armarlas colocando en el suelo el ala delta; luego se arma su estructura interna con pequeñas y delgadas barillas en medio de la lona. Las barillas azules corresponden al armazón del ala derecha y las barillas rojas del ala izquierda.

El asesino sol de la costa salvadoreña formaba borbotones de sudor en nuestros rostros y cuerpos cuando armábamos las alas, mientras Maritza bailaba alrededor nuestro viendo cómo podía ayudarnos. Al terminar de armar o ensamblar el ultraligero, los amigos de Silhy comenzaban a descender uno por uno en la pista.

¿ponerme a dieta?

Cuando todo parecía listo para despegar, inmediatamente me senté en un aeronave que se hallaba lista; me coloqué el casco y me puse el cinturón. El piloto hizo lo mismo y me preguntó cuánto era mi peso; "doscientas dos libras", le contesté. La respuesta no solo le hizo reflexionar por un largo tiempo, sino levantarse del aeroplano e ir a hablar con sus amigos. Yo me quedé en el mismo lugar observando que me señalaba e imaginé sus palabras: "¿cómo volaré con ese gordo?".

Poco después todo estaba arreglado. Silhy, que pesa doscientas quince libras, no escatimó en subirme -no sin antes encomendarnos a Dios- y así enfrentar la brisa de la Costa del Sol. Los árboles poco a poco se fueron volviendo más pequeños y la gente parecía figuritas de Ilobasco en movimiento. El viento no molesta a la respiración, y se puede volar sin necesidad de usar gafas. Algunos prefieren no utilizarlas.

Desde las alturas se puede apreciar toda la Costa de Sol y verse sorprendido por la magnificencia de muchos ranchos enclavados a lo largo de la playa. Hay un momento en el que no se cree que sobrevuele suelo salvadoreño; sino sobre las grandes mansiones de Miami Beach.

La vida es playa

Escuchar las historias y sueños de los que vuelan éstos pequeños aparatos, nos hacen disfrutar con solo oírlas. Desde un el ultraliviano se pueden apreciar tierras desoladas y se acumulan una inmensa cantidad de anécdotas llenas de humor y adrenalina.

Por ejemplo, hubo una ocasión que el grupo de ultralivianos aterrizó en una playa abierta porque uno de los pilotos quería bañarse. No le importó humedecer toda la ropa. Pero al salir del mar, muchos curiosos le aplaudían. El piloto no podía irse con la ropa húmeda y una vendedora de cocteles le regaló su delantal para que regresará. Cuando de volar se trata, ellos preferieren el viento del sur (el que proviene del mar), pues el del norte procede de las montañas, y crea formas desordenadas que producen movimientos bruscos en los ultralivianos.

Por ahora ellos siguen volando. En su historial pesan vivencias sobre Guatemala y Honduras y junto al Océano Pacífico. Desde arriba, todo es paz.

La primera aeronave es de ala pendular, las últimas dos, de ala fija. El Récord nacional de altura en ultraliviano lo posee Silhy, con 8000 pies de altura, el cuál lo hizo junto a su bella esposa e hijo.

 



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