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Flores de cerezo
 
l mundo viene a Washington para ver los cerezos de la primavera, regalo lejano del imperio japonés. Yo recuerdo a una flor de cerezo: la vi ciega de sangre en 1998, cuando la vi por última vez.
Se llamaba Mari Maeda.
Era bella, era japonesa, y casi muere en El Salvador en la Semana Santa de hace cuatro años. En Japón, Corea y Washington florecían los árboles de cerezo, que en japonés tienen bello nombre de acero: sakura.
Mari era bella con la belleza rara y brillante de la mujer inteligente. Era joven, tenía el pelo negro intenso, una cara de revista, hablaba varios idiomas y trataba de hacer algo que demanda genio: entender a los salvadoreños.
Hacia algo que demanda corazón: quería a los salvadoreños, que nos matamos.
Ella era la encargada cultural de la embajada del Japón. No era miembro de la diplomacia japonesa y jamás supimos como llegó allí. Quizás por amor a esta tierra.
Mari la agregada presidió el retorno de los voluntarios japoneses a El Salvador, que se habían retirado por la guerra (muchos con un salvadoreño o salvadoreña como recuerdo).
En los años sesenta, El Salvador fue el primer país latinoamericano en recibir voluntarios japoneses. Mari organizó festivales de cine japonés. Mari salió a conocer El Salvador. Amaba los maquilishuats, porque le recordaban las flores de cerezo.
El jueves de Semana Santa de 1998, muy temprano, ella salió a Sonsonate. Iba con una voluntaria japonesa en un camioneta todo terreno, un tanque Toyota con aire acondicionado y vidrios polarizados. Su amiga manejaba. En la espectacular carretera del litoral, Mari Maeda se durmió.
Ella no supo cuando la camioneta se salió del camino, cuando cayó en un zarzal y volcó. Demasiado tarde para abrocharse el cinturón. Despertó cuando salía por la ventana, cuando sus ojos &endash;almendras negras, grandes, profundas&emdash; se detenían en dos estacas.
Alex Saravia era el fotógrafo de turno aquella Semana Santa. Él y yo fuimos al hospital San Rafael de Santa Tecla a ver a "la japonesa accidentada" -así dijo la llamada anónima-. Entramos al hospital desolado por la vacación. Nadie me impidió caminar hasta la sala de operaciones, nadie me impidió ver a media docena de doctores y enfermeras rodeando a una muñeca partida, apenas cubierta con una sábana y con los senos al aire.
El médico, con una tijera larga y delgada, le cortó un ojo que cayó en un plato de metal. Luego le cortaron el otro. En otro cuarto, la conductora del vehículo, negra de tierra, se refugiaba en la inconsciencia.
Los padres de Mari llegaron desde Japón. Ella sobrevivió, ciega para siempre, y regresó a su patria. Allí está Mari. Como no era diplomática, no tenía seguro oficial.
La recuerdo ahora que florecen los cerezos, espumas pálidas y prodigiosas que brotan de los sakuras. Yo recuerdo a Mari Maeda, quien veía cerezos en los maquilishuats.



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