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Los fríos y los
hombres
-
uando
cae nieve en las tardes recuerdo
aquel salvadoreño. Al
salvadoreño de hace 10
años, al indestructible.
- Él
era hombre del trópico, como
yo, sabio de veranos y huracanes.
Él, como yo, midió los
10 mil kilómetros desde el
trópico a las llanos del
Medio Oeste del Gran Oeste
Americano. Pero él no era
como yo. Yo medí cada
kilómetro en un avión,
con pasaporte visado, como
estudiante becado.
- Él
era mejor que yo.
- Cuando
salió, él no
cumplía 18 años.
Él fue por tierra, cruzando
Guatemala, atravesando el
México, la jungla y la Sierra
Madre, la ciudad más grande y
el Trópico de Cáncer,
el desierto de Sonora y el
Río Grande. Burló
agentes federales, policías,
y una tarde de enero lo encontraron
caminando en Dubuque,
Iowa.
- La
nieve llegaba a las rodillas y el
viento arrancaba la piel en
guirnaldas. Su abrigo era una
chaqueta para la lluvia, para los
inviernos tropicales.
¿Cómo estaba vivo? Por
cuatro horas había recorrido
la carretera en una pipa de
petróleo, aferrándose
a los cables del remolque hasta que
las manos estaban tan vivas como el
caucho, y entonces, siguió
aferrado a la vida. El conductor
nunca supo.
- Lo
encontraron caminando en el centro
del pueblo, abrazándose a si
mismo, conservando la vida
(¿Cómo podía
caminar?). Lo encontró una
anciana maestra de inglés
&endash;mi maestra-- y ella lo
llevó a una iglesia luterana.
Allí, un plato de comida
enorme y caliente, una frazada y un
abrigo lo regresaron al mundo de los
vivos.
- Pero
él tenía que seguir.
Iba a Canadá, a encontrarse
con su tía. La maestra le
regaló el boleto de
autobús hasta la frontera.
"¿Qué harás
después?", le
preguntó. "Caminar", fue la
respuesta.
- Pasaron
12 días de nevadas.
Repicó el teléfono en
casa de la maestra. Era él,
desde Toronto. Había llegado
a la frontera, había llegado
donde su tia. "¿Cómo
atravesaste la frontera?",
preguntó ella. "Caminando"
respondió él. Ese
invierno el frío fue
más fuerte en Iowa que en
Alaska.
- Ahora,
cuando el frío termina en
Washington, yo pienso en ese
salvadoreño indestructible,
él solo más glorioso
que nuestros futbolistas, diputados,
ministros, y comités de
emergencia, juntos. Nunca lo
conocí, nunca supe su
nombre.
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