Escribemos a

 

 

Tuvimos que viajar tan lejos para conocer el significado de lo que es ser guanaco. "Es un animal traicionero".

 

Texto y fotos: Eric Lemus

El guanaco "es un animal traicionero. Nunca sabes cuándo te escupe", nos explica Raúl Ugarte, un amigo chileno que reside en Viña del Mar, Chile. La explicación no deja de sorprendernos. ¿Quién diablos nos puso así? Pero no teníamos ganas de pensar. Nuestros rostros lucían curtidos y yo llevaba una quemadura en las pantorrillas gracias al dios de los astros que me había iluminado con todo su vigor en la cordillera de los Andes.

Nos habíamos refugiado en Viña después de sufrir doce días sin baño en los linderos del Parque Provincial Aconcagua, en Argentina.

Quizá preguntarán qué diablos hacían tres salvadoreños en un punto del sur. Pues... por un lado huíamos de los temblores y por otro queríamos transmitir por Internet una aventura divertida.

Todo empezó cuando abordamos un vuelo rumbo hacia Santiago de Chile. Alrededor de las 11 de la noche, teníamos la primera impresión de las autoridades chilenas: -¿Ustedes son peruanos? El trayecto hacia Argentina a bordo de una "minivan" (microbús en buen jalvadoreño) estuvo marcada por la voz de Mercedes Sosa o la música de Inti Illimani. Un joven pasajero disfrutaba cada estrofa; a ratos, el paisaje con un azul intenso y glaciares resplandecientes, nos quemaban la retina. Alucinante.

Aún no sabíamos que lo mejor estaba por venir en las próximas dos semanas.Una vez en Mendoza, hicimos los contactos debidos para saber cómo llegar a nuestro destino central: el Parque Aconcagua, que cuenta con nada menos que 71 mil hectáreas con cientos de elevaciones sin explorar. Aqui hay de todo: glaciares perpetuos que irrigan parte de este enorme desierto de roca y piedra diversa; sitios arqueológicos incaicos, y yacimientos sedimentarios.El camino de acceso sigue un curso en medio de la nada. Unas montañas enormes y silenciosas observan -año con año- el paso de miles de excursionistas que hacen trekking largo y corto, o intentan el ascenso de la montaña más alta del continente.

Uno, dos, tres... probando
Cuando nos reportamos ante los guardaparques en la Jefatura Central, ubicada en el Refugio Horcones, y a un par de kilómetros del sitio turístico Puente del Inca, lo primero que recibimos fue una mirada y una pregunta sarcástica: -"¿Vienen a cerrar el Parque?" Oh-oh... la temporada estaba por finalizar y había iniciado la temporada de los agradables vientos. No crean que son tan sublimes como los de octubre, que todo lo descubren. En el Parque, hay brisas que te acarician con unos 50 ó 70 ó 90 kms por hora a pleno mediodía. Ni hablar durante la noche.

A 3,300 metros sobre el nivel del mar, realizamos la primera prueba de transmisión con una portátil de bolsillo. Las condiciones eran espléndidas y así empezamos una red que se propagó a lo largo de doce días con hermanos salvadoreños dispersos en todas partes del mundo.

Así me enteré de novedades académicas gracias a un amigo llamado "hechos", Jimena supo que su familia vagabundeaba por el Golden Gate y William disfrutaba con los abrazos enviados por su sobrinita. No queríamos pensar sobre la advertencia del guardaparque sobre el cierre de la temporada. "No es para tanto. Debe haber gente allá arriba que ande vagando", pensamos. Pero, dos días más tarde, a nuestra llegada al campamento Plaza de Mulas (que tiene 4,300 msnm) el primer mensaje fue evidente. Íbamos a cerrar el Parque.

Todo, prácticamente todos, levantaban su campamento y unas cuantas almas tenían planes de ascenso a algún punto del cerro. Ni modo. A disfrutar el privilegio de ver un cielo tan intenso y lleno de estrellas. Durante la noche, era posible disfrutar las franjas de la Vía Láctea. Increíble.

Pero también vamos a ser sinceros.
No somos súper hombres; sino simples mortales. Tras dos días de permanencia a esa altura, los dolores de cabeza fueron el principal compañero mientras realizábamos cualquier tipo de ejercicio. Una mañana, William y yo hacíamos cálculos sobre nuestros síntomas gracias a un instructivo: &endash;"¿dolor de cabeza resistente a la aspirina? ¿falta de aire? ¿náuseas? ¿insomnio? ¿vómitos? ¿Qué tenés vos?"; &endash;"Umm...".

Bueno, los días en el cerro fueron hermosos. Hubo mañanas soleadas con temperaturas de 5° C y noches estrelladas con -10° C. Fresco, muy fresco. Ah, noches aquellas. Un día, dejé las piernas brevemente fuera de la tienda y el sol más el frío me dejaron un recuerdo en la pierna izquierda. Ahora parezco dulce con franjas de colores.

Adiós al parque provincial
El día que bajamos, después de explorar la zona hasta el cansancio, intentar un par de ascensos fallidos al Aconcagua y coronar la cima del cerro Bonete, no sabíamos si nos íbamos a desintegrar con la primera ducha fría. Eran 12 días sin baño y contando. Cada uno, necesitó 45 minutos para liberarse la primera capa de la costra.

En Mendoza, hartos de la comida deshidratada, tuvimos un encuentro de primera en un restaurante delicioso: Las Tinajas. Ahi quedaron las fotografías de tres guanacos hambrientos. El servicio ofrece "tenedor abierto" a cambio de $8; pero nadie se sirve más de cinco platos. Nosotros sí. Casi tres horas después de nuestra "sentada", un mesero -muy amablemente- nos invitó a pagar la cuenta y abandonar el restaurante. Pero no importaba porque con eso sobrevivíamos para llegar de vuelta a Santiago y pasear por sus museos y amplias alamedas con calma. Bueno, hasta que uno de estos tres guanacos le quiso preguntar a un oficial carabinero "dónde estaba la hermosa plaza liberada". Ante la amenaza, huimos a Viña en busca de abrigo, comida, olor a mar y paisaje soleado. Lo tuvimos todo, salvo el sol y el calorcito majahualeño. La corriente Humboldt acaricia siempre las costas de Viña con un aliento a gel. Brrr... Quizá por eso el guanaco escupe en los Andes.



Regresar a El Diario de Hoy
Portada Planeta