A merced de la fuerza de la Naturaleza
El paisaje de San Vicente no sería lo mismo sin el imponente volcán, cuyas faldas se funden con el valle del río Jiboa. Es paradójico que el volcán, desde tiempos inmemoriales, sea el benefactor de miles de personas que trabajan sus tierras y recolectan los cultivos que se alojan en sus laderas, pero a la vez es el culpable -en gran medida- de muchas tragedias.
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A lo largo de 75 años, al menos cuatro grandes tragedias han causado luto, dolor y destrucción a los habitantes de las poblaciones ubicadas en la zona paracentral el país.
Pero la naturaleza con su fuerza destructora, sumada a la falta de visión política y administrativa en cuanto al ordenamiento territorial y las precarias políticas de prevención y mitigación de desastres, se han ensañado con el departamento de San Vicente, especialmente con los pueblos asentados en las faldas de su volcán.
En 1934, la única oportunidad en la cual El Salvador ha sido impactado directamente por un huracán, cientos de personas murieron soterradas, arrastradas por fuertes corrientes y las pérdidas ascendieron a varios millones de colones.
Dos años más tarde un fuerte terremoto -en una época donde escaseaba la ciencia y abundaban las especulaciones- destruyó miles de casas tanto en la zona urbana como rural de San Vicente. Unos lo atribuyeron erróneamente a la actividad del volcán o de otros accidentes geográficos -lagos y cerros-; ahora sabemos que fue un sismo de origen tectónico.
En ambas oportunidades, el gobierno del general Maximiliano Hernández Martínez asumió la reconstrucción a corto plazo, nombrando sendas comisiones dirigidas por notables, pero obviando políticas de prevención de riesgos a largo plazo; casi un siglo más tarde, en pleno verano, un fuerte temporal que tomó totalmente desprevenidas a las autoridades de Protección Civil, causó una tragedia similar. Los habitantes de la zona se lo dijeron a periodistas que llegaron en busca de la noticia: "Se repitió la tragedia del 34".
En ese año, la localidad hondureña de Ocotepeque fue barrida por completo por un alud, por lo que las autoridades decidieron moverla y evitar una nueva tragedia. Tepetitán -enclavada en el volcán de San Vicente- arrasada por completo en dos oportunidades según las crónicas de la época, fue removida a escasa distancia de la original.
Los pobladores de Verapaz y Guadalupe, ubicados al pie del coloso, aún cuando han vivido su propia tragedia, salir de esas localidades ni siquiera les cabe en la cabeza. Allí tienen su historia, sus propiedad, y lo más importante, sus fuentes de empleo en las fincas volcaneñas.
La tragedia se volvió a repetir en 2001, con el violento terremoto del 13 de febrero, y en 2009. Los guardaparques del área protegida La Joya-Sisimico, todavía recuerdan con amargura cómo en las riberas del río Acahuapa -que antes constituía un remanso de sombra y tranquilidad- lograron rescatar un medio centenar de cadáveres, que fueron arrastrados desde lugares como Tepetitán.
Pese a recomendaciones técnicas -que constan en estudios como el realizado por la Cooperación Suiza en Guadalupe-, las autoridades municipales y del gobierno central no han declarado zonas inhabitables diversos tramos de la montaña, especialmente las que están amenazadas por las inestables quebradas.
Apenas faltan cuatro meses para la llegada de una nueva estación lluviosa, y los peligros, así como las poblaciones, permanecen allí, a merced de la destrucción.
Acompáñenos en este recorrido histórico, apoyado con imágenes de época, textos y audiovisuales, para conocer una realidad que urge nuestra atención.