Pasan unos diez minutos de la 9:00 de la mañana y falta poco para que suene el timbre que anuncia el recreo en el Complejo Escolar Dr. Pío Romero Bosque en Oratorio de Concepción, Cuscatlán. Las alumnas aún tiene el cabello húmedo, recogido en una cola, suelto o sostenido con una diadema. La campana ya avisó el receso y los pequeños corren al cafetín. Otros se dirigen a los lavamanos y abren el grifo; el agua cae abundante y clara, una realidad impensable hace solo tres años. "Antes teníamos que esperar a que viniera una pipa de la Anda cada tres días a dejarnos agua, las enfermedades gastrointestinales eran más comunes. Ahora ya se pueden lavar las manos", expresó la subdirectora Tránsito de Ibáñez. Tienen agua gracias a una gestión de la alcaldía. Un tanque de agua sostenido por una armazón de hierro contiene el líquido que se utiliza a diario.
Las autoridades del Ministerio de Educación indican que unas 279 escuelas en el país tienen déficit en el servicio de agua potable y otras 79 arrastran dificultades con el horario y el tiempo de suministro. A éstas, la Anda les proporciona agua en pipas desde el inicio de la pandemia de gripe A.
Un estudio de 2005 sobre rezago en la enseñanza del Ministerio de Educación reveló que el 17.7 por ciento de los alumnos en aquel entonces carecía de electricidad y servicio de agua de cañería en las escuelas. La escuela Pío Romero Bosque era una de ellas; hoy los 1,700 alumnos tienen agua y en parte han superado el problema en las aulas.
El servicio está racionado. Durante la tarde se llena la cisterna por tres horas y sirve para el día siguiente. El director de la escuela asegura que el lavado de manos ahora es constante. "Hoy hay menos enfermedades como las diarreas, aunque la gripe es más fácil de transmitir. El 25 por ciento de alumnos ha dejado de venir por síntomas gripales", apuntó Oscar Arias, director de la escuela.
El servicio permanente de agua, garantía para el lavado constante de manos y el combate del virus de la gripe, es un lujo. Lo primero es líquido para tomar, lavarse, a veces, queda en un segundo plano. La escuela Pío Romero, no obstante, puede presumir de que está mejor que algunos centros vecinos, donde el servicio es irregular y la atención médica, inexistente.
A nivel nacional, una de cada cuatro personas no tiene acceso al agua y otras tantas tienen un servicio irregular de cuatro horas por día, según cifras desprendidas de la Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples (EHMP 2007).
Los habitantes de Oratorio son parte de esos números. No hay sistema de aguas negras, los sanitarios aún son de fosa y todavía hay casas que carecen del servicio de agua.
Cuscatlán, uno de los departamentos con los ríos menos caudalosos, es también uno de los más sedientos. En el camino, que más bien parece una quebrada, se llega al Centro Escolar cantón Tecomatepeque, jurisdicción de Oratorio. En una esquina del terreno de la escuela, también hay una cisterna en lo alto.
"El suministro de agua lo da una asociación comunal y es deficiente. Cae tres días a la semana: martes, miércoles y jueves", acotó la directora Gladys Haydée de Benítez, una docente que conoce las dificultades de sus alumnos.
No toda la comunidad está conectada a la red de agua local. La mayoría prefiere los afluentes naturales porque el gasto de tuberías, reparaciones e instalación corre por cuenta del interesado. Algunos hacen trato con el vecino y por un par de horas de agua al día comparten el pago del recibo.
En la escuela almacenan agua en cántaros y barriles para cuando el líquido no llega. Cancelan un recibo entre $15 y $18.
Hay alumnos que caminan unos tres kilómetros para llegar a clases desde parvularia a noveno grado y la matrícula es de 618 alumnos.
En el cantón tampoco hay clínica. Yessica González, una joven de 13 años que asiste a quinto grado, tiene gripe; anda una toalla de mano para cubrirse la boca mientras tose o estornuda.
En el lugar sólo hay un dispensario que abre cada lunes. La joven tendrá que esperar hasta el sábado para ir a la clínica de San Martín o de San Pedro Perulapán para que la vea un médico.
Tres kilómetros después de la escuela de Yessica está la escuela de la comunidad San Francisco. Se le llama escuela porque hay profesoras, alumnos, un periódico mural y libros, pero las aulas no reúnen las condiciones para albergar estudiantes.
Hechas de láminas y duralita, los materiales se ven rotos por todos lados. Los sanitarios son de fosa, las puertas están maltrechas. Son cuatro aulas, cuatro maestras, un poco más de 130 alumnos y un cuarto que es la cocina.
También hay agua por un proyecto comunitario que funciona desde el año pasado y con la misma característica que en las demás escuelas: es racionado tres veces por semana, pero no hay garantía de potabilización. "Esta agua no es recomendable", dijo la profesora Raquel Granados, fundadora de esa escuelita que funciona bajo el programa Educo desde hace ocho años y a la que asisten niños desde kinder hasta sexto grado.
Antes si querían agua en la escuela, los papás de los alumnos debían comprar el barril a $1.50. Servía para los quehaceres de la escuela y para lavarse las manos aunque ese hábito quedaba relegado cuando la sed aparecía. Ahora, un buen número de niños porta su botella con una agua amarillenta.
"Con la gripe estamos muy mal, a todos les da aunque les digamos que hay que prevenir y lavarse las manos. Yo tengo 24 alumnos en primer grado y sólo vinieron 14 porque están enfermos", explicó la seño Raquel.
