El ballet de danza folklórica de El Salvador hacía gala ayer en un pequeño anfiteatro del turicentro Los Chorros. Carlos M. se paró para verlo. Estaba totalmente empapado, pero más que todo estaba solo. Se vino hace unos meses de los Estados Unidos, un país en donde la crisis económica ya no le permitió tenerlo todo.
Se fue en 1991, es decir, 10 años antes de que este parque recreativo cerrara por la destrucción que le causó el terremoto de enero de 2001.
“Cómo recuerdo esa época”, lo dice y se oye casi como un lamento. Se siente de nuevo en lo que es suyo, en lo que dejó hace más de una década, pero que ya no está.
Las picardías de joven en las oscuras cuevas (hoy clausuradas), los interminables paseos tomados de la mano por los tupidos jardines que bordeaban las veredas, las esquivas miradas de los chicos más audaces con olor a monte prohibido.
Todo eso ya no está, pero su corazón de salvadoreño ayer las revivió. Hoy son nuevas generaciones, nuevas sensaciones y retos que acepta experimentar. Termina la canción. La frase de uno de los integrantes del grupo lo hace reflexionar aún más. “Si... salvadoreñas, lindas son todas, chelitas, flaquitas, negritas, gorditas y bajitas”. Carlos ríe... “Ve que le digo, cómo olvidar todas esas cosas. Los Chorros podrá haber cambiado.... menos yo”, dijo.
A ritmo y paso lento, la procesión del Divino Salvador del Mundo, recorrió las calles del Centro Histórico en la capital ayer.
Con las fiestas patronales también vienen las tradicionales carreras de cintas
El parque Tío Julio abre sus puertas a los residentes del municipio en estas Fiestas Agostinas.