Transición en el Limbo
Miércoles 29 de abril de 2009
Han pasado ya seis semanas y todavía no sabemos nada. Ni siquiera sabemos si realmente hay una transición o se trata, simplemente, de un cambio de figuras en el gobierno y en la oposición.
Una transición se define como movimiento, evolución o desarrollo de una situación a otra, o al menos de una forma o estilo a otro diferente, pero en El Salvador, en estos días, ya no se ve claro ni el cambio de estilo entre los que dejarán y los que asumirán los cargos de gobierno.
En clave política, la transición, para ser digna de llamarse tal, debería mostrar complejos, intensos, difíciles y controversiales debates que condujeran a cambios y a resoluciones novedosas en el seno de las principales fuerzas políticas del país.
Y debiera mostrar, por supuesto, a un nuevo equipo de gobierno exhibiendo comportamientos públicos y proponiendo enfoques diferentes para afrontar los extraordinarios desafíos, las oportunidades y los graves problemas del país en el actual contexto internacional.
Pues nada de nada. Solo buenos modales y gestos positivos, que se agradecen, como también se agradece la tregua en la estridencia política.
Por lo demás, nada en los platos. El FMLN tiene la responsabilidad de asumir el poder, casi de la noche a la mañana, después de cuarenta años de oposición, y todavía no tenemos noticia de discusiones en su seno con miras a un viraje que tendría que ser histórico para que su victoria electoral fuera realmente histórica.
ARENA pierde el poder, después de veinte años de ejercerlo y todavía no tenemos noticias de la orientación fundamental de su necesario reacomodo.
¿Y el equipo del nuevo gobierno? Bien, gracias. Seguro han trabajado mucho en las últimas semanas, pero los ciudadanos no hemos tenido ni la más mínima noticia de ese trabajo.
Lejos de eso, los posibles funcionarios han aprendido rapidísimo el lenguaje del poder: arrogante o sumiso, según convenga, reverencial o adulador si hace falta, pero siempre cauteloso, taimado, encubridor, acomodaticio, ambiguo, vacío, escurridizo y esquivo. Nadie dice nada. Les comieron la lengua los ratones. No tienen opinión sobre nada.
No informan nada. Todo lo tiene que decidir "Mauricio". En el momento en que más entusiasmados estábamos con una nueva era de discusión libre y vigorosa de ideas -¿de qué cambio estaríamos hablando sin eso?- solo hemos obtenido un silencio patético. Y ojalá no se convierta en silencio cómplice.
Cuando estábamos todavía en campaña, los candidatos y dirigentes del Frente tuvieron que reconocer que su "Programa de Gobierno" era solo un ideario y que todavía no tenían un plan de gobierno con todos sus requerimientos, porque faltaba todavía mucho tiempo. ¿Y ahora?
Cuando estábamos en campaña parecía que toda la gestión del gobierno era un desastre, que nada estaba bien, que todo era culpa del neoliberalismo, de la mediocridad y de la corrupción. Con excepción de los fanáticos, todos entendíamos que aquello era puro discurso de campaña, irresponsable casi por definición.
Ahora, habiendo tenido acceso a la información de todas las oficinas públicas, lo menos que pueden hacer los futuros gobernantes es decirle a la ciudadanía en qué estado se encuentran los procesos y los proyectos más relevantes de las administraciones anteriores. ¿De cuál transición estamos hablando si no podemos saber siquiera, pero ya en concreto y con razones, cuáles cosas debemos conservar y cuáles debemos cambiar?
Es cierto que faltan todavía cuatro semanas para el cambio de gobierno. También es cierto que debemos darle un amable compás de espera a los nuevos gobernantes. Lo estamos haciendo en todos los sectores.
Y lo estamos haciendo también en relación con los necesarios, urgentes y firmes cambios que deben producirse en ARENA, pero tampoco podemos ser tan condescendientes habiendo tantos y tan importantes procesos en juego. Lo menos que podemos decirle a las fuerzas políticas mayoritarias es que, de momento, esto se parece más a un limbo que a una transición.