Dos historias de Madrid…y una de Barcelona
Martes 27 de octubre de 2009
En todas partes se cuecen habas, dice el refrán. Cierto, pero no en todas partes son iguales las consecuencias cuando las habas están podridas.
En algunos lugares se hace responsable al chef o al dueño del changarro. En otros, el dueño y el cocinero se burlan de los clientes afectados. En algunos lugares, la infección intestinal se trata con medicinas o remedios.
En otros, sólo produce una prolongada y apestosa cagazón. En algunos países los diputados tránsfugas son repudiados por todos los sectores y se busca la manera de subsanar el daño que hacen a la democracia. En otros, no pasa nada, sólo se discute la forma de darles un asiento en la junta directiva.
El 10 de junio de 2003 se produjo la deserción de dos diputados socialistas de la sesión constitutiva de la Asamblea de Madrid. La deserción impidió que el PSOE asumiera, en alianza con Izquierda Unida, el gobierno de la Comunidad que, por cierto, era el premio mayor de las elecciones realizadas el 25 de mayo de ese año.
Los diputados traidores, Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez, dos personajes desconocidos y mediocres que ocupaban los lugares 13 y 46 en la lista del PSOE, fueron expulsados del partido, pero siguieron siendo diputados. Entre paréntesis: la izquierda no anda con muchas contemplaciones en estos casos, como bien lo han recordado aquí recientemente dos diputados del FMLN.
Pues bien, como suele suceder en estos casos, los tránsfugas dijeron que tenían razones ideológicas o políticas. Dijeron que su gesta -casi heroica- estaba dirigida a impedir el pacto del PSOE con la "extrema izquierda". Extrema izquierda le llamaban los muy sinvergüenzas a Izquierda Unida. Entre paréntesis: barbas en remojo, FMLN, que la vida da muchas vueltas.
El PSOE, por su parte, acusó al Partido Popular (la derecha en España) de haber dado un "golpe institucional" para proteger intereses empresariales, en particular de empresarios de la construcción que temían por el cambio de reglas que un gobierno de los socialistas habría impuesto al muy jugoso negocio de la edificación de viviendas.
La trama política se resolvió realizando elecciones extraordinarias cuatro meses después para subsanar el problema ocasionado por la deserción.
La acusación de corrupción se resolvió por una prensa realmente independiente y acuciosa que probó finalmente la conexión del secretario general del PP de Madrid, Ricardo Romero de Tejada, con dos empresarios de la construcción, que le pagaban unos 4,000 dólares mensuales como asesor de una empresa de fotocopias. Entre paréntesis: qué poca vergüenza tienen los sinvergüenzas.
El detalle simpático de la historia es que desde entonces a Romero de Tejada lo llaman todos Romero de Tajada. Fin de la primera historia.
La segunda ocurre también en Madrid. Es más breve y más reciente. Hace sólo diez días, el pasado 16 de octubre, la Asamblea General de Madrid aprobó la figura de "diputados no adscritos" para impedir que los parlamentarios regionales imputados en el caso Gurtel -otra trama de corrupción- puedan constituir o integrar un grupo mixto que les daría derechos reglamentarios como diputados.
La figura no ha estado exenta de controversia, pero al menos ha evitado que los diputados en cuestión permanezcan en la Asamblea como si nada ha pasado.
La tercera es una historia catalana, también reciente, para que luego no digan que discriminamos. Es otra historia de deserción. Otra historia de diputados tránsfugas.
Ocurrió en Barcelona, en mayo de este año. Los diputados pertenecían al grupo parlamentario "Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía". Pues bien, lo interesante es que el Consejo de este partido ha acusado a los tránsfugas de "utilizar al partido para alcanzar el escaño del que ahora se valen para dañarlo".
La Declaración establece que "el transfuguismo es incompatible con el sano funcionamiento de la democracia representativa" y, en consecuencia, califica la acción como un "fraude electoral". Fin de la historia.
La reflexión es obligada: si los ciudadanos le dan unas determinadas cuotas de poder a cada uno de los partidos, ¿cuál es el sustento legal, moral o político para que unos señores, sean dos, cuatro o doce, alteren y burlen la voluntad popular porque les da la gana? Ese es, sin duda, el camino seguro a una corrupción generalizada y sin límites. Así de grave.
Ya suficiente frustración y engaño es que nuestro sistema nos obligue a votar por banderas partidarias en vez de votar por personas, porque de esa manera nos obliga a darle responsabilidades de Estado a individuos a los que nunca quisiéramos dárselas.
Al menos, entonces, seamos congruentes con esa deformación consistente en elegir cuotas partidarias. Si ahora, además, cualquiera viene y modifica esas cuotas, ¿para qué demonios hacemos elecciones?
En nuestra primera historia madrileña respondió el sistema y obligó a repetir la elección. La prensa, por su parte, se fajó hasta poner en evidencia la corrupción disfrazada de razón política. En la segunda historia el sistema respondió con una inhabilitación práctica de los diputados cuestionados, al otorgarles el status de "no adscritos".
En la tercera historia, el pequeño partido catalán rescató al menos el sentido ético de la política. ¿Y nosotros? Aquí, esperando el día en que los tránsfugas, además de burlarse de nosotros, se sienten a la mesa de la Junta Directiva. ¡Qué vergüenza!