Buen discurso
Lunes 22 de junio de 2009
Me gustó el discurso del presidente al anunciar el plan global anticrisis. A la luz de lo que se presentó a los medios de comunicación, no es seguro que la proclama gubernamental del pasado jueves sea realmente un instrumento con el rigor y los requisitos técnicos propios de un plan bien articulado.
Tampoco es seguro que todas las medidas anunciadas sean viables o convenientes. En algunos casos se puede dudar con respeto de la capacidad de los ejecutores. En otros, de la viabilidad financiera o del costo de oportunidad de los gastos proyectados. En otros casos, tal vez falte todavía algo de claridad conceptual. Pero estas anotaciones no son tan importantes, comparadas con el valor filosófico, la relevancia política y el tono del discurso del presidente.
Destaca, en primer lugar, su exhortación a no quedar atrapados en la herencia de manejos irresponsables de anteriores gobiernos. Ya era hora. Y ojalá copien el mensaje con la debida claridad todos los miembros del gabinete, porque ya comenzaba a ser preocupante el predominio de las denuncias sobre las propuestas, hasta el punto de pensar que algunos personajes no terminaban de entender que ya estaban en el gobierno y que no podían seguirse comportando como activistas de oposición.
Lo más importante, sin embargo, fue la reiteración del compromiso democrático del presidente. Algunos pensarán que la reiteración no era necesaria, pero mejor que sobre y no que falte, porque hemos seguido escuchando mucho ruido en el partido y en la base política del gobierno. Hemos seguido escuchando a muy prominentes líderes de izquierda decir que es necesario dejar atrás la “alternancia burguesa”, que la democracia representativa, tal como se postula en la Constitución, es “una monstruosidad jurídica”, y que el modelo a seguir es el de Cuba y Venezuela. Estos no son inventos. Son palabras textuales expresadas en entrevistas de radio y televisión la semana pasada.
Por eso nos alienta el reto que se autoimpone el presidente al proponerse “desmontar los preconceptos que ha expresado el sector privado hacia la izquierda de toda la región”. Bien dicho, presidente. No sabe cuánto le agradecerá la Patria si usted demuestra que esos preconceptos carecían de fundamento. Sólo una pequeña corrección que abona interés al inmenso valor de sus palabras: no es sólo el sector privado, somos muchos los que rechazamos los modelos instaurados por falsas izquierdas en muchos países del Continente.
En la misma dirección, resaltamos su compromiso de “sumar en lugar de dividir”, “respetar el Estado de derecho”, “no apartarse del horizonte de la convivencia democrática” y plantear una “lucha conjunta de todas las alcaldías, sin importar el color político de quienes las gobiernan”. Y más aún nos ha gustado escuchar que ningún salvadoreño de buena voluntad será su enemigo, se vista de los colores que se vista, porque todos somos hermanos.
En otro orden, nos parece de vital importancia reiterar que para su gobierno son inaceptables las enormes desigualdades sociales. Por ahí se empieza. Después se logrará más o se logrará menos, pero el punto de partida es correcto. Se lo hemos dicho muchas veces en años recientes a amigos de las élites económicas y políticas: si nos duele la pobreza y nos parece inaceptable, tal vez no logremos erradicarla, pero seguro haremos algo valioso. En cambio, si no nos importa, seguro no haremos nada. No es buena idea apostar a lentísimos rebalses. Hay que actuar sobre la pobreza de manera directa, inmediata y prioritaria.
Por eso nos alientan, prescindiendo de su viabilidad financiera y de la capacidad del equipo de gobierno, las medidas anunciadas para actuar en asentamientos urbanos precarios, para construir una gran cantidad de viviendas dignas y accesibles, para aliviar la situación de los adultos mayores, para garantizar la alimentación de los niños en edad escolar y para crear un sistema de prestación social universal.
Todo ello, sin apostar a un asistencialismo insostenible. La clave, como bien ha expresado el presidente, es el desarrollo con estabilidad macroeconómica. En este sentido, habiendo contribuido durante muchos años a perfilar algunos de los proyectos realmente estratégicos para el crecimiento económico, nos alienta la mención explícita del presidente al desarrollo del Puerto de La Unión y a la construcción de la carretera Longitudinal del Norte. En el caso del puerto, el presidente tiene la oportunidad de ejecutar el proyecto más promisorio, subsanando así el incomprensible rezago y falta de definición en los que incurrió el anterior gobierno, a pesar de los abnegados y visionarios esfuerzos de la señora vicepresidenta, de PROESA y de la Comisión Nacional de Desarrollo.
Para cerrar, otra de las muchas buenas frases del mandatario: “Obras son amores y no buenas palabras”. El discurso fue muy bueno. Ahora hay que hacer las cosas bien.