Incómoda simetría
Jueves 20 de noviembre de 2008
Medios de prensa reproducen ayer declaraciones del coordinador general del FMLN en relación con los reclamos de fraude en las recién pasadas elecciones municipales de Nicaragua.
Si aceptamos la precisión de la cita entre comillas, Medardo ha dicho que el fraude "fue creado por el mismo candidato del PLC, que desde el primer día de la votación comenzó a decir que él iba ganando".
¿Les suena el argumento? Si en El Salvador se diera el caso de que ARENA ganara la elección presidencial y el Frente reclamara fraude, la situación sería exactamente igual, solo que al revés. La derecha diría que el alegato de fraude es una fabricación del candidato del Frente, que con mucha anticipación comenzó a decir que él iba ganando.
A la derecha puede preguntársele ¿por qué es válido el alegato de fraude en Nicaragua y no sería válido si lo hace el FMLN en El Salvador? A la izquierda puede preguntársele ¿por qué no es válido el alegato de fraude en Nicaragua, pero sería válido si el Frente pierde en El Salvador?
Esta es una situación de simetría perfecta. Bastante incómoda por cierto, tanto para ARENA como para el FMLN, en la medida en que ambos persistan en defensas irracionales de sus respectivos argumentos.
Si ARENA reclama fraude en Nicaragua porque Ortega es su enemigo, o porque Montealegre es su amigo, o porque los sandinistas son intrínsecamente perversos, manipuladores y mentirosos, no vamos a ninguna parte.
De igual manera, si el FMLN niega el fraude en Nicaragua porque Ortega es su amigo, o porque Montealegre es su enemigo, o porque la derecha nicaragüense es perversa, tampoco vamos a ninguna parte.
Las simetrías entre El Salvador, con el FMLN en la oposición, y Nicaragua, con el FSLN en el gobierno, vienen de lejos.
Y siempre fueron incómodas. Cuando Ortega pedía resoluciones de condena a países que servían de retaguardia a grupos irregulares que pretendían desestabilizar o derrocar al gobierno de Nicaragua, se refería a los apoyos que Honduras daba a la "contra" nicaragüense.
Pero la situación se revertía de inmediato y se transformaba en peticiones de condena simétrica a Nicaragua por su apoyo a la insurgencia salvadoreña.
La historia era la de nunca acabar. Ortega pedía que cesara el abastecimiento de armas de los Estados Unidos a los "contras", pero en consecuencia se le pedía a Ortega que cesara el envío de armas de Nicaragua al FMLN, de tal manera que todo lo que argumentaba Ortega en su beneficio, se traducía en potencial perjuicio para el FMLN.
Así siguieron las cosas por muchos años, hasta que se nos ocurrió una imaginativa distinción conceptual y denominativa, en virtud de la cual se comenzó a designar en las resoluciones internacionales a los "contras" como "grupos irregulares" y al FMLN bajo la genérica sombrilla de los "movimientos insurreccionales", sujetos ambos de diferenciados reconocimientos de legitimidad y, en consecuencia, de diferente tratamiento internacional.
Esta es solo una interesante referencia histórica, pero el caso es que ha vuelto a manifestarse la misma incómoda simetría política, en relación ahora con los procesos electorales de ambos países.
¿Qué hacemos para desmontarla? ¿Qué hacemos para evitar la trampa de una simetría que nos puede volver irracionales y nos puede envenenar la contienda electoral? ¿Qué hacemos para establecer y reconocer las diferencias políticas sustanciales entre Nicaragua y El Salvador? ¿Qué hacemos para no vernos retratados en la deplorable y anacrónica situación política de Nicaragua?
La respuesta es bien sencilla. Se puede sintetizar en tres palabras: reconocimiento, fortalecimiento y compromiso. En primer lugar, reconocimiento racional y objetivo, punto por punto, de la gran diferencia de confiabilidad entre las instituciones y los procesos electorales de ambos países, comenzando por la conformación de las autoridades electorales, la participación, ahora sin restricciones, del FMLN en la Junta de Vigilancia, la auditoría de la OEA y la convocatoria de observadores internacionales creíbles, que no tuvo Nicaragua.
En segundo lugar, fortalecimiento institucional de nuestro TSE y rectificación inmediata de cualquier disposición o mecanismo que a dos meses de las primeras elecciones no parezca suficientemente confiable a todos los partidos.
En tercer lugar, compromiso político de aceptación de resultados, comenzando por abstenerse de declaraciones prematuras e infundadas. Si llegado el momento algún partido tiene bases sólidas para reclamos, estará en su derecho de hacerlos, pero que no sea por berrinche, frustración o impotencia.