Salvador Samayoa


El gran triunfo de Chávez
Miércoles, 18 de Febrero de 2009
El triunfo del coronel Chávez, como el de cualquier político de cualquier signo ideológico en cualquier parte del mundo que logra asegurar su permanencia en el poder hasta el día de su muerte, es una vergüenza y una ignominia.

Así, sin paliativos. El insufrible discurso que pronunció desde el balcón del Palacio de Miraflores fue un verdadero esperpento: grotesco, notable por su fealdad o mala traza, tal como se define el término en el diccionario de la Real Academia. Grotesco hasta el delirio de grandeza, grotesco hasta el paroxismo de un megalómano de poca monta, como casi todos, que terminó gritando “El pueblo soy yo”.

La “consulta popular” fue poco más que la crónica de un despotismo anunciado, inexorable, como en las tragedias griegas. Si no se consumaba hoy, se consumaría mañana, porque el comandante ya se había recetado de antemano la atribución de convocar el “referendum” cuantas veces le diera la gana, hasta obtener el resultado deseado.

Nada podemos hacer por Venezuela desde El Salvador. Los políticos tradicionales, de izquierda y de derecha, la llevaron a este callejón sin salida. A nosotros sólo nos corresponde pensar en las implicaciones de ese proceso para el futuro de nuestro país, comenzando por las repercusiones que puede tener en las elecciones presidenciales de marzo.

Estoy de acuerdo con lo que ha respondido mil veces el candidato del Frente cuando le han formulado preguntas sobre la situación de Venezuela. Siempre ha dicho que es más importante la discusión de los problemas nacionales. Lo mismo dijo ayer en televisión Óscar Ortiz, uno de los más sensatos exponentes del pensamiento del FMLN. Vale, como dicen los españoles. Es muy importante saber –y no sabemos todavía– qué harían para resolver el problema del agua, la delincuencia, el empleo, el transporte público, las finanzas del Estado o la seguridad alimentaria. Eso es muy importante, pero a condición de que no se convierta en pretexto para una cobarde evasión, a condición de que no se niegue la importancia decisiva que tiene para el futuro de El Salvador saber si el FMLN se identifica o no con el mentado “socialismo del siglo XXI”.

Cómo me gustaría, en ese sentido, que el FMLN honrara su propia historia y rechazara sin ambages la vuelta de los militares al poder, la descalificación de candidatos opositores, la amenaza de intervención del ejército, la intimidación y el uso de los recursos del Estado en campañas electorales, el despido de cientos de jueces independientes y de miles de empleados PDVSA, acusados de ser “enemigos de Venezuela”.

Cuánto me gustaría que el FMLN condenara sin reticencias el cierre de medios de comunicación, la aprobación de poderes habilitantes que otorgan facultades ilimitadas a los gobernantes, el adefesio antidemocrático de la reelección indefinida o el gasto de más de cinco mil millones de dólares en armamento. Cómo me gustaría que el Frente se distanciara con claridad de cualquier modelo de organización popular manipulada por el partido de gobierno, o que reprobara la centralización bajo el poder presidencial de vastas zonas del territorio nacional, como en el caso de decenas de municipios de la cuenca del Orinoco, completamente despojados de su autonomía.

Cómo me gustaría que no nos dijeran que ahora ser de izquierda es apoyar, de preferencia con gran entusiasmo, todas y cada una de las deformaciones políticas contra las que luchó el FMLN histórico; todas y cada una de las arbitrariedades de los antiguos regímenes militares o de derecha recalcitrante, que también se sustentaban, por cierto, en elecciones amañadas.

Si el FMLN se distanciara de regímenes como los de Venezuela y Nicaragua, por todo lo que implicaría de actualización concreta de su propio ideario, ganaría las elecciones con holgura y, sobre todo, gobernaría sin sobresaltos o tensiones excesivas, con solvencia, credibilidad, estabilidad política y amplio respaldo social.

Los dirigentes del Frente pueden seguir evadiendo el bulto, pueden seguir pasando la papa caliente, pueden seguir enterrando la cabeza como el avestruz, pueden seguir pensando que el tema de Venezuela es irrelevante o que es una patraña de la derecha, pero si actúan de esa manera se van a equivocar. Tal vez el tema sea irrelevante para cientos de miles de personas, pero sin duda es crucial para el segmento del electorado que decidirá la elección.