Votar por los pequeños
Martes 16 de Diciembre de 2008
EDH publica esta semana minuciosas encuestas en las que cada uno de los 14 departamentos del país se ha considerado como un universo muestral independiente.
Esta es una novedad con importante valor predictivo. No es lo mismo hacer una encuesta nacional con cantidades proporcionales de papeletas en todos los departamentos, que hacer una encuesta completa en cada departamento. La encuesta nacional sirve mejor para medir la intención de voto en elecciones presidenciales. Las encuestas departamentales miden mejor la intención de voto para diputados.
En estas encuestas, sin embargo, aparece siempre oculta o muy disminuida la intención de voto para los partidos más pequeños. No por deficiencias metodológicas, sino por limitaciones inherentes al concepto mismo de “muestra estadística”. Pero los pequeños están allí, aunque no se vean muy bien en las encuestas, y pueden ganar diputados residuales con sus pequeños porcentajes.
PDC, PCN, FDR y CD no pueden competir en elecciones presidenciales. En 2004 la concentración del voto entre ARENA y el FMLN rozó el 93%. El resto de partidos tuvo que repartirse un miserable 7% de los votos. Este comportamiento del electorado es comprensible y es muy probable que se repita en marzo de 2009, porque a falta de una tercera fuerza de considerable envergadura se impondrá siempre la lógica del voto útil. En cambio, en elecciones legislativas y municipales, la gente sabe que no queda desperdiciado el voto por los pequeños. Los gobiernos municipales se ganan o se pierden por decenas de votos. Los diputados residuales, de igual manera, se deciden por ínfimos porcentajes de votación.
Eso explica en parte que el factor de concentración del voto se vea reducido en este tipo de elecciones. A manera de ejemplo, en 2006 los dos partidos grandes solo pudieron quedarse con el 78% de los votos para diputados y alcaldes, dejando a los pequeños un interesante margen de 22%.
La representación de varios partidos en la Asamblea Legislativa puede aportar importantes dividendos a la democracia en un país como El Salvador. Este no es un axioma político de validez universal. Es una apreciación más parecida a un teorema, demostrable por definición. La aclaración es necesaria porque no queremos decir que todos los sistemas bipartidistas producen democracias polarizadas, confrontativas, estériles o frágiles. Y tampoco queremos decir que todos los sistemas con más de dos partidos producen democracias armónicas, funcionales, sólidas y sostenibles. Solo queremos decir que en el caso particular de El Salvador la amplitud y diversidad de la representación legislativa es más saludable para la democracia que el monopolio de dos grandes partidos.
Las democracias consolidadas tienden al predominio de dos partidos, entre otras razones porque éstos responden a sociedades más homogéneas, porque es impensable que algún partido pretenda utilizar sus mayorías coyunturales para socavar la democracia y porque el sistema admite con naturalidad el voto cruzado en el parlamento En tales condiciones, la existencia de varios partidos tiende a ser innecesaria y hasta disfuncional.
En el caso de El Salvador, sin embargo, sería muy perjudicial una Asamblea Legislativa dominada por el FMLN y ARENA, entre otras razones porque ambos se han comportado con excesiva arrogancia en el pasado y porque ambos han demostrado que solo saben abrirse al diálogo y a la concertación democrática cuando están obligados a hacerlo. A manera de ejemplo, si en la legislatura pasada no hubiéramos tenido un solido bloque de partidos minoritarios, habría sido imposible obligar a los grandes a una elección más sensata de magistrados para la Corte Suprema de Justicia.
Las encuestas departamentales de “Borge y Asociados” han puesto de manifiesto dos cosas importantes: la primera es que la victoria arrolladora del FMLN podría ser ilusoria en la contienda legislativa. La segunda es que el bloque de indecisos sigue siendo determinante a estas alturas del proceso. En tales condiciones, es importante que el electorado sea consciente de que es posible y necesario conformar una Asamblea realmente pluralista y representativa, en la que ninguno de los partidos mayoritarios pueda hacer lo que le de la gana.