Salvador Samayoa


Democracia choyuda
Jueves 16 de julio de 2009
Es floja y medio artrítica; le faltan dientes, tiene bastantes lunares y hasta dos o tres forúnculos. Definitivamente no está para "miss universo".

Además es mentirosa, sinvergüenza, maleducada, tramposa, intrigante, veleidosa y choyuda. Así es nuestra democracia, pero no la cambiamos, porque presta servicios irrenunciables, porque admite a todos en su casa, porque nos protege de males terribles y porque casi siempre termina cumpliendo, aunque sea a regañadientes y de mala manera.

El parto de la Corte Suprema de Justicia exhibió sus defectos, pero también sus virtudes. Al final, el sistema democrático obligó a las instituciones y a los partidos políticos a responder satisfactoriamente ante un desafío vital para la preservación de la independencia de poderes, el pluralismo, las libertades públicas y todas las garantías constitucionales. Al final, los políticos se vieron forzados a solucionar en buenos términos el problema que ellos mismos habían creado.

Todas las dificultades del proceso, sin excepción, fueron creadas por las posiciones ideológicas, los intereses, las ansiedades y las intrigas de los partidos. Algunos de estos intereses eran legítimos, otros no. Los dos partidos grandes querían el control de la sala de lo constitucional, o querían evitar que sus adversarios lo tuvieran.

En juego estaba, entre otras cosas, la posibilidad de producir o evitar resoluciones inapelables que distorsionaran el concepto y el ejercicio de la soberanía popular en función de determinados modelos de reforma del Estado y del sistema político.

En juego estaba también la pretensión de connotados personajes, desplazados de sus posiciones, que aspiraban a mantener un poder de negociación que ya no les correspondía.
Este fue desde el inicio el verdadero fondo del problema.

Y no era poca cosa. Era, en realidad, una batalla decisiva. Las maniobras que salieron a luz pública solo en apariencia fueron producto de oportunismos personales ajenos a esa batalla. La defectuosa lista de los abogados fue hija de conspiraciones y chequeras.

La vergonzosa auto postulación de miembros del Consejo de la Judicatura fue manejada por conocidos titiriteros. El candado chapucero en forma de amparo se fraguó también en crisoles conspirativos, de igual manera que la admisión del recurso y la consiguiente suspensión del acto reclamado.

El problema lo crearon los políticos, sin duda. Y qué bien que así fuera, porque para eso existen: para luchar por el poder en todas sus formas y manifestaciones, para transar intereses, para defender posiciones, para promover ideas razonables o absurdas, en función de propósitos loables o aviesos, con métodos transparentes o turbios.

Se puede exigir siempre a los partidos que actúen con mayor sensatez y decoro, pero pedirles que no aspiren a controlar el aparato del Estado sería como pedirle al escorpión que no le meta el chuzo a la rana.

La mala noticia, entonces, es que los políticos van siempre a lo suyo y rara vez a lo nuestro. La buena noticia es que en la democracia salvadoreña existen contrapesos reales y que al final del día nadie puede imponerle su voluntad a los demás.

La buena noticia, en consecuencia, es que la Corte Suprema de Justicia no podrá ser manipulada por nadie para avalar deformaciones grotescas del sistema democrático.

En otras "democracias" todo hubiera sido más simple. En otras "democracias" no hubieran necesitado -ni permitido- discusiones o maniobras.

Los nombramientos de magistrados se habrían hecho de manera expedita, seguramente con antelación a los plazos establecidos. En Venezuela, por ejemplo, solo 6 de 167 diputados son opositores al chavismo. Así cualquiera resuelve pronto.

Con una aplanadora similar, la Asamblea Nacional declaró al poder judicial en "estado de emergencia" en agosto de 1999. En pocos meses destituyó a cientos de jueces, y en mayo de 2004 culminó la faena reformando la ley del Tribunal Supremo, deponiendo a los pocos jueces independientes que quedaban e incorporando a 12 jueces chavistas.

Allí no hay rana que pegue dos brincos. Las cosas se hacen de manera expedita, pero esa "democracia" tan efectiva tiene un pequeño problema: solo puede funcionar suprimiendo la oposición política con el falaz argumento de la necesaria unidad de todas las fuerzas del pueblo. Eso la hace falsa, prepotente, desquiciada y excluyente.

Eso deja a los ciudadanos indefensos frente al poder del Ejecutivo. Para esa gracia, nos quedamos con nuestra democracia, aunque sea choyuda.