Salvador Samayoa
No es el fin del mundo
Sábado, 14 de marzo de 2009
El domingo 15 de marzo es, sin duda, una fecha importante en el calendario político de El Salvador. Tal vez resulte ser también una fecha histórica, aunque solo con el paso del tiempo podría determinarse el acierto o desacierto de otorgarle semejante atributo a unas elecciones con protagonistas y planteamientos tan poco extraordinarios. Bien vistas las cosas, tan importante o más que el día “D” será el día “L”: El día después.

En El Salvador tenemos la costumbre de dramatizar excesivamente la política, como si realmente se decidiera de manera apocalíptica e irreversible nuestro futuro en cada episodio electoral. Pero esta costumbre es solo una vulgaridad, una pequeñez, una expresión de maniqueísmo y de fanatismo, una muestra de incultura, una exacerbación de mitos absurdos, una tendencia patética y estúpida al endiosamiento y a la satanización de personajes políticos que están muy lejos de dar la talla como iconos del bien o del mal.

Sería mucho más inteligente que tomáramos las cosas con un poco mas de objetividad y de tranquilidad. Sería mejor que viéramos a los candidatos como personas relativamente normales, ambos con virtudes y defectos, con ideas buenas y malas, con diferentes grupos de interés a su alrededor, ambos con amigos decentes y con amigos impresentables. Definitivamente hablaría mejor de la inteligencia de cada ciudadano si no pretendiera que uno de los candidatos es una maravilla y el otro una basura, cuando evidentemente no son ni una cosa ni la otra. En el mismo sentido, sería mucho más sensato y apegado a la realidad que nadie pretendiera que alguno de los dos partidos, por lo que han mostrado hasta ahora, puede ser la salvación de la patria o la solución a todos nuestros problemas.

En esta campaña los dos partidos han quemado las naves con bastante irresponsabilidad. Los dos han obligado al país a pagar un precio altísimo por el resultado electoral. Los dos han desprestigiado o manipulado las instituciones del Estado. A manera de ejemplo, unos han socavado de manera injustificada la confianza en el Tribunal Supremo Electoral. Los otros han utilizado de manera inaceptable la Fiscalía General de la República, convirtiéndola en arma política arrojadiza, como si no tuviéramos que seguir viviendo en nuestro país y confiando en nuestras instituciones después del 15 de marzo.

En otro orden, ambos han jugado con fuego, cortejando a la Fuerza Armada e incitándola a tomar partido y a entrar de nuevo en la política. Ambos han llevado el irrespeto a los adversarios a niveles que pueden ocasionar resentimientos de consecuencias imprevisibles. Ambos han promovido alineamientos sin precedentes de los otros partidos políticos. Una cosa era que los electores no tuvieran más alternativa que votar por ARENA o por el FMLN en caso de producirse una segunda vuelta. Otra cosa muy diferente ha sido reducir todo el espectro político a dos bloques orgánicos, opción que solo de manera muy deficiente han logrado disimular los partidos alineados.

La campaña, además, se metió de manera abusiva en el ámbito de las creencias y los cultos religiosas, con explícitos esfuerzos de ambos partidos por lograr la adhesión de líderes y pastores. Lo mismo ocurrió con organizaciones de la sociedad civil que tenían sus inclinaciones políticas pero intentaban guardar las formas y preservar en alguna medida su independencia.

Más grave aún ha sido el empeño de los partidos por utilizar, intimidar, comprar, cooptar o alinear a los medios de prensa. En el ámbito amplio de la información y de la producción de ideas, además del comportamiento de la prensa, ha sido nefasta la utilización política de universidades y el envenenamiento sin precedentes de decenas de plataformas electrónicas en las que se ha destilado el odio, la agresividad y el insulto en niveles y formas inéditas.

En resumidas cuentas, ahora sí nos han dejado la política completamente envenenada y polarizada. Antes se hablaba mucho de polarización, pero el término solo expresaba una notable pereza o deficiencia intelectual. Se le llamaba polarización al mero predominio de dos partidos políticos. Esta vez es diferente: ahora casi todas las instancias de la sociedad se encuentran gravitando en la órbita de los polos, sin considerar siquiera la posibilidad de existir en otros espacios del espectro. Eso es polarización estrictamente tal. Ese es el legado de una campaña nefasta que no tuvo líderes políticos realmente visionarios y responsables.

La contienda llega mañana a su fin con el conglomerado nacional dividido casi a partes iguales. Lo menos que podemos esperar, aunque sea a última hora, es algo de sensatez en los dirigentes políticos, algo de humildad en la victoria, algo de elegancia, responsabilidad y resignación democrática en la derrota. Si además de todo el daño que se ha hecho entramos en un ciclo de violencia, todos estaremos peor de lo que estábamos. Mucho peor.