Salvador Samayoa
Dime con quién andas...
Martes, 13 de Mayo de 2008
En el campo de fuerzas de la derecha, muchos y muy prominentes actores se han entusiasmado por la publicación de informaciones que vinculan al FMLN con las FARC de Colombia. Piensan, con razón, que esto puede hacerle un grave daño electoral a la candidatura de Funes.

Yo no me apunto en esa lista. No me alegro. Al contrario, tengo una profunda molestia, preocupación e indignación, como simple ciudadano y como persona que entregó quince años de su vida al FMLN, a mucha honra y con impecable hoja de servicios, dicho sea de paso.

Aún estando en desacuerdo con aspectos fundamentales de su régimen político, puedo entender y aceptar las razones por las que el FMLN proclama a los cuatro vientos su amistad con Cuba. Más difícil me resulta entender y aceptar la proximidad del Frente con el absurdo régimen de Venezuela y con su impresentable líder, el coronel Hugo Chávez. Pero entre estas relaciones políticas, más o menos transparentes, y las turbias relaciones con las FARC hay un abismo al que nunca debió saltar el FMLN, ni como política oficial ni como interesada tolerancia a gestiones particulares de sus dirigentes.

La obsoleta y repugnante guerrilla colombiana dista mucho de ser una fuerza revolucionaria. No es tampoco un movimiento de liberación o una fuerza política representativa. Es, simplemente, una organización criminal, dedicada a las más crueles formas de secuestro y al lucro que le proporcionan sus vínculos con productores y traficantes de drogas. Si alguna vez tuvo rumbo, perspectiva o proyecto político, lo perdió hace ya muchos años.

Imposible imaginar que la relación del FMLN con las FARC se sustente en afinidad de ideario político, de aspiraciones democráticas, de respeto a los derechos humanos o de lucha por la justicia social. A la vista de la grotesca crueldad con la que ha mantenido secuestradas durante años a centenares de personas, algunas encadenadas como en los peores tiempos de la esclavitud, las FARC son exactamente la negación de cualquier ideario basado en el respeto a los seres humanos. ¿De qué manera puede entenderse o justificarse, entonces, la relación del FMLN con esta escoria? ¿Será por el dinero maldito?

La cuestión no admite confusiones: o bien el Frente conoce y aprueba esas relaciones, o bien las ignora. Si las conoce, estamos ante un problema de estafa ideológica y política al pueblo salvadoreño, ante un problema de profundo deterioro moral y ante un problema de vinculación institucional con el crimen organizado. Si no las conoce, el Frente tiene un grave problema de manzanas podridas que debiera cortar por lo sano, sin excusas ni vacilaciones.

En pleno proceso electoral, con altas probabilidades de que la población le encomiende el gobierno al FMLN, no se puede abordar este problema con el cinismo, la viveza de ratón o los argumentos de tinterillo que han esgrimido algunos de los voceros del Frente, incluido su candidato presidencial, en esta ocasión.

El dirigente del FMLN que ha sido señalado tiene todo el derecho del mundo a pronunciar su propia palabra sobre los hechos que se le atribuyen. Aunque no se trata de un proceso judicial, tiene derecho de legítima defensa. Pero el cuento de que podría haber otro “Ramiro” es una banalidad inaceptable y una falta de respeto a la inteligencia de todos los salvadoreños, incluidos los militantes del Frente, a menos que hubiera continuado, después de finalizada la guerra, la práctica de uso de seudónimos y de operaciones clandestinas, y que hubiera surgido algún dirigente nuevo con suficiente poder para entablar ese tipo de relaciones y se le hubiera ocurrido llamarse Ramiro, pero entonces estaríamos ante un problema todavía más grave.

¿Y qué decir de la descalificación que hace el Frente de todos los medios de prensa, nacionales y extranjeros, que han reproducido la información? Ahora va a resultar que son una partida de idiotas, o que todos se han prestado a una campaña internacional de desprestigio al FMLN. Por lo menos debiera preguntar el candidato a su más próximo asesor, que conoce muy bien desde hace más de dos décadas el principal periódico de España, si el diario El País es tan ingenuo, tan irresponsable, tan chapucero, tan poco profesional, tan carente de recursos de verificación de sus fuentes o tan enemigo de la izquierda salvadoreña como para comprar cualquier basura informativa o para sumarse a una maléfica campaña contra el FMLN.

Antes el candidato defendió a capa y espada el papel de los medios contra los poderes institucionales y fácticos. Y se ganó un merecido prestigio al comportarse de esa manera. Ahora cuestiona la credibilidad de los medios. Mal camino, aunque todavía puede corregirlo.

¿Por qué no dijo, mejor, que la información era preocupante, que trataría de verificarla, pero en caso de ser cierta estaría ante una situación gravísima e incompatible con sus principios? ¿Por qué no dijo, en vez de desacreditar a los medios, que pediría explicaciones a la Dirección del FMLN y que, en caso necesario, apoyaría las medidas políticas o disciplinarias conducentes a mantener el partido apegado a estrictos principios de ética política? Nadie esperaba que condenara en público a su partido, pero muchos esperábamos un tratamiento más serio del problema.

Estas son las ocasiones que nos permiten saber de qué pasta está hecho un líder político. Y no nos referimos solo al candidato, sino a muchos dirigentes del FMLN, abnegados y decentes, que ahora deben mostrar su coraje y exigir, en ámbitos orgánicos internos, el esclarecimiento y las correcciones necesarias.

Algunos aprovecharán seguramente la ocasión para condenar al Frente y llevar agua a su molino, pero otros queremos, por el bien del país, que el FMLN sea un partido sano y confiable, tanto si gana como si no gana las elecciones presidenciales.