Salvador Samayoa
Rumbo claro, eficacia dudosa
Martes, 08 de Septiembre de 2009
Hace pocos días, antes de constatar que todos los medios de comunicación lo tratarían con benevolencia, el presidente mostró algunas aprensiones acerca de la evaluación de los primeros cien días.

En esa ocasión argumentó que era poco tiempo para mostrar obras, al tiempo que preguntó, con claro sentido retórico, quién y cuándo había inventado o de dónde había salido ese cuento de los primeros cien días como el gran momento para celebrar la prolongada fiesta mediática de evaluación de los nuevos gobernantes. Formuló su pregunta al aire con otras palabras, pero con la indudable intención de restarle valor o ponerle un contrapunto a las apreciaciones críticas que pudieran surgir en estos días.

Pues resulta que responder a la pregunta puede dar algunas luces interesantes a la evaluación, aunque no haya sido esa la intención del presidente. Una breve aunque no tan fácil investigación nos remonta al 15 de junio de 1933, fecha en que se realizó la sesión especial del Congreso de los Estados Unidos convocada por Franklin D. Roosevelt y conocida como la famosa sesión de los primeros cien días de la era del “new deal” (nuevo pacto). Sobra decir que la prensa dedicó cualquier cantidad de tiempo y espacio a la reunión del Congreso y a toda la discusión política alrededor de las leyes y los programas impulsados por Roosevelt.

Desde entonces quedó la injustificada costumbre de evaluar los primeros cien días. En aquel momento se justificó porque los Estados Unidos estaban hundidos en la peor depresión de su historia. En tales condiciones, las expectativas eran inmensas, pero sobre todo, había muchas y muy importantes cosas para discutir y evaluar, porque el presidente estaba preparado desde el primer día para gobernar en tiempos de crisis, y de hecho firmó una importante cantidad de órdenes ejecutivas y envió al Congreso una cantidad récord de iniciativas de ley en sus primeros cien días.

Por otra parte, Roosevelt había fustigado en su discurso inaugural, con durísima retórica política, al capitalismo salvaje, de manera especial a los bancos y a todo el sector financiero, al que responsabilizó de la insondable depresión que padecían los americanos. Su diagnóstico, entonces, y su propuesta de un nuevo contrato social, expresada en un verdadero plan de alivio y recuperación económica configuraron un escenario de rectificación y de controversial cambio de rumbo, con la consiguiente elevación de expectativas nacionales. En tales condiciones, era más que oportuna y apropiada la reflexión de los primeros cien días.

En nuestro país, ahora, también, porque en las primeras semanas del gobierno de Funes han estado en juego al menos tres cosas importantes: el rumbo político del país, la capacidad del gobierno para controlar la delincuencia y la confianza de haber elegido a un líder capaz de remontar la crisis económica. Ahí está el meollo. Lo demás es lo de menos. Puros fuegos artificiales, de los medios de prensa, de la oposición y del propio gobierno.

En cuanto se refiere a definiciones fundamentales, las críticas de la llamada “tendencia revolucionaria” coinciden con las del partido ARENA al afirmar que el gobierno de Funes no tiene rumbo. De ser cierto, eso se traduciría como un gobierno que no sabe hacia dónde quiere llevar al país. Yo creo, por el contrario, que el rumbo, entendido como meta y como orientación política, es lo mejor y lo más claro del nuevo gobierno. El barco de Funes está claramente enfilado hacia puertos social demócratas. Otra cosa diferente es que el capitán y sus lugartenientes sean realmente capaces de conducirlo en esa dirección, pero es innegable que el presidente le ha dado al país en los primeros cien días una dosis balsámica y tranquilizante de cordura política.

En cuanto se refiere al liderazgo para remontar la crisis económica, el gobierno queda debiendo sin duda en los primeros cien días. Una sólida mayoría de la población confía en el presidente, pero eso es así al inicio del mandato de cualquier presidente. La pura verdad, sin ánimo de aguarle la fiesta al gobierno, es que los índices de aprobación de los primeros cien días no expresan mucho más que un estado de ánimo. Sarna con gusto no pica, dice el refrán. La gente quería a ARENA fuera del poder. Eso la tiene satisfecha, por ahora.

En cuanto se refiere a capacidad de controlar la delincuencia, la calificación es mala, sin paliativos. Aunque el área de la seguridad pública debe analizarse con detenimiento, es evidente y debe señalarse que hasta ahora ha sido el sector más ineficiente, errático y decepcionante del nuevo gobierno, a pesar de las virtudes personales de algunos de sus responsables.

En resumidas cuentas, bien el rumbo político y bien la imagen del presidente. No tan bien, o muy mal, algunos componentes de su equipo de gobierno. Y muy dudosa todavía la capacidad de gestión y la calidad de la administración.