Salvador Samayoa


¿Por quién voto para alcalde?
Jueves 8 de enero de 2009
Hay una diferencia importante entre no saber por quién votar y no tener por quién votar. Este es un corolario de la diferencia más general entre saber y tener.

A veces los que saben no tienen y los que tienen no saben. Aunque parezca pretencioso, me ubico entre los que saben exactamente que prefieren votar por un candidato y no por una bandera partidaria. Me ubico también entre los que saben exactamente con qué criterios decidir la preferencia por ese candidato.

El problema es encontrar uno que de verdad represente mis intereses frente a los abusos, atropellos y perjuicios que pueden ocasionarme otras personas naturales o jurídicas.

En elecciones municipales el elector tiende a resaltar más su calidad de vecino y a soslayar un poco su calidad de ciudadano. Esto es así porque no siente que están en juego sus derechos constitucionales, sino su derecho más elemental a vivir en barrios relativamente agradables, limpios, armónicos y funcionales.

En elecciones legislativas y presidenciales se juegan las libertades fundamentales, la calidad de la democracia, el desarrollo económico del país, la justicia, el empleo, la educación y la salud pública.

En elecciones municipales se juega la calidad de la vida cotidiana en otras dimensiones. Cuando elegimos al presidente y a los diputados ponemos en juego el Estado, la nación, la patria o el país. Cuando elegimos alcaldes ponemos en juego la vida en la colonia, en el barrio, en el vecindario.

Como ciudadanos esperamos del gobierno nacional intervenciones más estructurales. Como vecinos esperamos del gobierno municipal intervenciones más puntuales, entre ellas la de garantizar que no nos pongan plantas industriales, establecimientos comerciales o cualquier otro emplazamiento que por su naturaleza o por su funcionamiento deteriore la calidad de las zonas residenciales, perjudique de forma severa y permanente a los vecinos o viole las leyes y las normas de ordenamiento territorial.

En esta categoría pueden entrar oficinas, colegios, iglesias, fábricas, bodegas, talleres, prostíbulos, bares y discotecas.

En la esquina de la entrada a los pasajes de mi vecindario hay una bodega que exhibe las peores connotaciones de irresponsabilidad social empresarial, falta total de respeto a los vecinos, presencia invasiva y abusiva y considerables perjuicios adicionales a miles de personas que circulan todos los días por el Bulevar Santa Elena, incluyendo la provocación de continuos accidentes de tránsito.

Votaría con gusto por algún candidato que me diera garantías de ordenar el traslado de esta instalación a cualquier zona compatible con las particularidades de su giro empresarial.

Algunos me dicen que no debiera quejarme, porque vivo en Antiguo Cuscatlán, uno de los municipios más ordenados, limpios, agradables y seguros del país.

Pero me quejo por dos razones: la primera es que la situación de mi vecindario representa el abuso y las contrariedades que sufren miles de familias de capa media en nuestras ciudades.

La segunda es que me indigna que las autoridades estén del lado de los potentados y den la espalda a los ciudadanos comunes y corrientes.

En 2006 voté por el PCN, porque Don Lito Montalvo se identificó de manera inequívoca con los derechos de los vecinos.

Mi candidato obtuvo el 1% de la votación, pero yo me quedé al menos con la satisfacción moral de no respaldar a los partidos grandes, de derecha o de izquierda, que suelen preocuparse más por el poder que por el servicio público.

Para muchos, el voto se desperdicia cuando se apoya a un candidato que no tiene posibilidad de ganar.

Para mí, el voto se desperdicia cuando se apoya a un candidato que no tiene interés en velar por los derechos de las personas más desprotegidas. Eso me convierte a veces en perdedor político, pero me ayuda a mantener saludable mi dignidad y mi autoestima, que no es poco.

Además, estoy acostumbrado a estar en minoría, porque así he estado a lo largo de toda mi vida. Y, por los vientos que soplan, seguiré estando en minoría en enero, en marzo y tal vez hasta el fin de mis días. A mucha honra.