Salvador Samayoa


El Pastor mentiroso
Miércoles 7 de enero de 2009
Es un cuento bastante trillado el de Pedro y el Lobo, pero su moraleja sigue vigente en infinidad de situaciones de la vida cotidiana.

Cuando se ha engañado a la gente más de una vez con la misma historia, las advertencias caen en saco roto, las denuncias pierden credibilidad y no hay nadie que preste atención a los gritos de auxilio. El cuento termina siempre de la misma manera: el lobo se come a las ovejas.

ARENA fabricó una pieza de propaganda electoral con la fotografía de El Paisnal. Allí no había lobos. La fiera estaba en San Martín, en Santo Tomás y en Apopa, pero la gente ya no estaba dispuesta a creer que la amenaza fuera real.

Hasta que el lobo atacó y mató. Y aún entonces, muchos creyeron que era falsa la denuncia de violencia. Otra mentira más. Otra campaña mediática. Otro intento desesperado de desprestigiar al FMLN. Otro intento de meterle miedo a la población.

No creo que el FMLN estuviera azuzando la violencia en la escenificación conmemorativa de El Paisnal. La parada militar de niños y jóvenes con armas de juguete no tenía ese propósito.

Era sólo un homenaje a un egregio dirigente popular. Homenaje discutible, por cierto, en la medida en que resaltó el desempeño militar en detrimento de aspectos mucho más relevantes y actuales del extraordinario talante y de la ejemplar trayectoria de Dimas Rodríguez.

Más lúcido, más honesto y más educativo para los jóvenes habría sido el homenaje si hubiera incluido un relato fiel de la indignación y el coraje exhibido por Dimas cuando un grupo de iluminados, erigidos en sumos sacerdotes de la pureza ideológica, se dedicó a acusar de traidores a los compañeros que rechazaban sus deformaciones dogmáticas y sectarias.

Volviendo al tema de la violencia electoral, con la misma claridad con la que rechazamos como insustanciales o exageradas las acusaciones al Frente por los actos de El Paisnal, tenemos que repudiar como muy reales, extremadamente peligrosas e intolerables las agresiones perpetradas por activistas de ese partido en diversas localidades del país.

El FMLN no se puede desentender de un problema tan grave. No puede seguir recurriendo al cuento del pastor mentiroso.

No puede seguir tirando balones fuera. La realidad es que tiene en sus filas una considerable cantidad de fanáticos violentos que constituyen una amenaza gravísima para toda la población.

La realidad es que han albergado en su seno por muchos años a una gran cantidad de cafres. La realidad es que algunos de sus dirigentes locales han cultivado relaciones perversas con pandilleros, especialmente de la Mara 18, que actúan ahora como grupos armados con fines de intimidación política en varios municipios metropolitanos.

La realidad es que esa situación nos preocupa a todos, y nos preocupa más aún si la vemos como un adelanto de lo que sobrevendrá con la arrogancia del poder.

Cuando se dieron los incidentes en Morazán, Funes prometió que erradicaría los comportamientos violentos de sus militantes, aún si ello implicaba destituir a cuadros y dirigentes partidarios.

Por esas declaraciones lo felicitamos públicamente. Pero hasta ahora no ha cumplido. Los actos de violencia se han multiplicado y agravado en los últimos días. Ahora ya tenemos un muerto, un activista del FDR en San Martín, con sólidos indicios de vínculos de los sicarios con dirigentes municipales de esa localidad.

Tanto o más preocupante que la violencia de los fanáticos es la justificación política de esa violencia, cuando califican como provocación la actividad proselitista de otros partidos en zonas que consideran como feudos propios, como zonas de control en un escenario de guerra.

Esta es una gravísima deformación ideológica y política, de incalculables y nefastas implicaciones a futuro, que el Frente debe corregir con la mayor drasticidad e inmediatez, si quiere que creamos que su compromiso con la democracia es genuino.

Y debe corregirla también porque está manchando el honor y la imagen de un partido que tiene en su seno, como todos, a miles de simpatizantes intachables que luchan de manera legítima por un cambio en la política nacional.