Miguel Lacayo


Opinando sobre los nuevos impuestos
Miércoles 14 de octubre de 2009
Si se ratifica la reforma, todos los salvadoreños pagaremos IVA sobre las propinas que se añaden a las facturas en los restaurantes.

Los retirados, y demás personas, que viven de sus ahorros tendrán que pagar impuesto sobre los intereses que devenguen sus ahorros. Pagaremos impuesto sobre los intereses que devenguen nuestros ahorros en las AFP. Las empresas que subsidian de forma general la alimentación y la vestimenta de sus empleados no podrían deducir los montos correspondientes como gasto.

Si el Presidente Funes, quien se comprometió a no subir los impuestos, dice que la reforma no tiene nuevos ni más impuestos, entonces podemos reconfirmar que el gobernante, de forma habitual, toma ventaja del posible doble sentido de las palabras y frases para burlar a los salvadoreños. Durante la campaña dijo que no incrementaría los impuestos y claramente lo intenta hacer con esta reforma.

O nos mintió durante la campaña, o sencillamente cambió de opinión y nos intenta engañar ahora ya que esta reforma indiscutiblemente introduce nuevos impuestos. Si hoy algo no es sujeto de impuesto y con la reforma sí lo sería, estamos hablando de nuevos impuestos, no hay lugar a malabarismos de palabras.

Una reforma fiscal debe simplificar la tributación, incrementar los ingresos al fisco, pero no debe de hacer menos competitivo el país ni frenar la actividad económica del país. Para que sea aceptada por la población, debe surgir de un proceso de discusión que enriquezca y filtre la propuesta.

Los afectados deben ser consultados más que por otra razón, por su conocimiento y especialización en el tema. La propuesta de reforma fiscal presentada por el gobierno tiene dos grandes problemas: su contenido, y la forma que la presentaron, sin previo análisis y evaluación por parte de la sociedad.

Ahora que ya es pública la propuesta podemos ser más concretos en nuestras observaciones y podemos concluir que aunque no es una reforma cargada de ideología, como algunos temían, si es carente de sentido común. Además dada la precaria situación económica que vivimos este es el peor momento para introducir nuevos impuestos.

A pesar de que en el país el 80% de los habitantes no cuentan con seguro de salud o de vida y que el objetivo de todo gobierno debería ser promover la universalización o democratización de los seguros, la reforma encarecerá todos los seguros, incluyendo seguros contra terremotos e incendios, introduciendo un nuevo impuesto al reaseguro. Desincentivando aquello que debemos fomentar.

Se retendría el 10% de los intereses que bancos u otras instituciones domiciliadas en el país paguen a bancos domiciliados en el exterior. Esto encarecería el costo de fondos de los bancos e incrementaría las tasas de interés de los créditos locales, lo cual además de profundizar la recesión, reduciría la liquidez en el país.

Esto es totalmente incongruente con las necesidades de financiamiento exterior para financiar el crecimiento económico y el desarrollo del país. Un país como El Salvador con bajas tasas de ahorro interno, necesita de créditos internacionales para financiarse.

En el momento oportuno, el país podría incorporar a su legislación algunas de las propuestas incorporadas en esta reforma fiscal ya que, fuera de las que carecen de sentido común, algunas sí son viables.

No obstante, se le podría pedir lenguaje más claro al Presidente y pedirle que aclare sus contradicciones entre promesas de campaña y lo que está sucediendo. Ya sea por que ahora las circunstancias lo obligan a violar su promesa o por que ahora que es responsable por el quehacer del Ejecutivo, se ha dado cuenta que la matemática necesaria para manejar un país no se aprende en secundaria. O se equivocó, o cambió de opinión, o simplemente subestima la inteligencia de los salvadoreños. Valdría la pena que aclare las cosas.