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En El Salvador no se baila samba
Viernes 1 de mayo de 2009
Sus mensajes durante la campaña sobre el Presidente Lula como referente, sus palabras conciliadoras post elecciones, su viaje y sus reuniones en Brasil, y el optimismo de los salvadoreños le están permitiendo al Presidente electo gozar del beneficio de la duda de parte de la mayoría de salvadoreños.
Eso está bien, pero para moderar nuestras expectativas considero importante que reflexionemos sobre las marcadas diferencias entre el caso Lula-Brasil y el nuestro. Cuando Ignacio "Lula" da Silva, con comprobada capacidad organizativa y líder de toda la vida del Partido de Trabajadores (PT), es electo Presidente de Brasil, el PT contaba con 17 votos de 81 en el Senado y con 115 de 513 curules en la Cámara de Diputados, requiriendo el acompañamiento de otros tres partidos políticos para cambiar cualquier ley del Gobierno Federal de Brasil. Cuatro partidos políticos para lograr mayoría obligan a la formación de consensos e imposibilitan el cambio de leyes sin amplio apoyo. Adicionalmente, el Partido Comunista en Brasil, uno de 15 partidos políticos, además de tener poco peso, no tiene ninguna vinculación con el PT; Lula y los comunistas de Brasil son cosas totalmente distintas. En el caso de Lula no se ven las contradicciones entre él y su partido. Él manda en su partido, por su liderazgo ganado a fuerza de trabajo y éxito partidario. Cuando él selecciona su gabinete no le debe cuotas a nadie y tampoco tiene que preocuparse de posibles conspiraciones a sus espaldas. A nadie en el partido le preocupa que Lula tenga mucho poder o sea muy independiente. Luego de perder en tres ocasiones, en su cuarto intento, Lula buscó un compañero de fórmula que le complementara y que le diese credibilidad ante los votantes del centro. Este hombre, Jose Gomes da Silva, actual vicepresidente de Brasil es un gran empresario, dueño de la mayor empresa textil de Brasil, ex Presidente del Partido Liberal de centro-derecha y también Presidente Honorario del Partido Republicano de Brasil. Sus armas han sido su capacidad empresarial, su calculadora, y su pluma. Los 5,581 gobiernos municipales son responsables de temas locales como suministro y saneamiento de agua, y recolección y manejo de basura. Los 26 gobernadores de los estados en Brasil ostentan mucho poder y asumen gran responsabilidad en el manejo de las políticas públicas de ese país. Los estados administran la educación primaria y secundaria, todos los hospitales públicos, construyen y mantienen toda la infraestructura física del gobierno, implementan los programas de vivienda de fin social, cuentan con cortes de justicia de primera y segunda instancia, y manejan la policía. Finalmente, cada estado cuenta con su propio órgano legislativo, sus propias leyes, y sus propias cortes. La Policía Federal, manejada por el Ejecutivo, está enfocada solamente en delitos federales como el narcotráfico y el secuestro. Lula entonces llega al Ejecutivo pero sus responsabilidades y rango de acción es mucho más limitada que la que tiene un Presidente en nuestro país. Las instituciones y los partidos políticos aseguran la estabilidad política; ningún partido está ni cerca de poder controlar los órganos legislativos ni mucho menos las cortes de justicia. Adicionalmente, el Presidente de Brasil puede hacer promesas populistas pero tiene la plata para financiarlas ya que ese país cuenta con los recursos de una de las 20 economías más grandes del mundo que incluyen petróleo, la mayor producción y menor costo mundial de alcohol carburante, una industria diversificada y competitiva a nivel mundial, minerales y grandes extensiones de tierra utilizadas para producir granos y alimentos básicos. El modelo Lula-Brasil puede ser referente para gobiernos de países en desarrollo, pero acá no esperemos bailar la misma samba. |