Manuel Hinds
Las soledades del poder
Sábado, 31 de Mayo de 2008
“Soy responsable de todo; somos un país presidencialista”, dijo hace poco el presidente Saca en un foro periodístico. Es una declaración ambigua. Puede ser una afirmación de machismo político, del tipo “aquí mando yo”, o una expresión de un sentido de soledad.

Hay dos soledades asociadas con el poder presidencial. Una es la que se origina en la imposibilidad de transferir la responsabilidad por las decisiones importantes para el país. La otra es la que aqueja a los líderes que son abandonados cuando pierden el poder. Ambas soledades son relativas. Siempre existen hasta cierto punto. No hay nada que pueda eliminar la responsabilidad que en última instancia siempre recae sobre el presidente por las decisiones más cruciales. Tampoco puede evitarse descubrir que muchos velones desaparecen en el instante mismo en el que el poder presidencial se desvanece. Pero esas soledades no tienen que ser totales. Los líderes pueden ser acompañados en sus decisiones y pueden conservar la compañía y el apoyo de sus conciudadanos aun después de que el poder los ha abandonado. La intensidad de las dos soledades dependen de tres factores: los temas sobre los que se decide, las motivaciones de las decisiones y la manera de tomarlas. Estos factores determinan la legitimidad de las decisiones y es la legitimidad lo que determina la intensidad de las dos soledades.

El tema de las decisiones es importantísimo porque hay temas que corresponden a un presidente y otros que no. Los límites los establecen la Constitución, las leyes y ciertas costumbres que, aunque no escritas en el marco legal, para la población tienen una importancia fundamental. La motivación también es clave: no pueden orientarse a satisfacer la vanidad o los intereses del que las toma sino a beneficiar a la colectividad. La manera en la que se las toma también es importantísima. Pueden tomarse de una manera vertical que no demuestra liderato sino imposición (“aquí mando yo”) o de una manera horizontal —liderando, no imponiendo—.

Los problemas que ARENA está experimentando en su campaña electoral no emergen (como algunos creen) de las cosas que unos cuantos comentaristas políticos escriben o dicen. Emergen de la impresión que la gente tiene que las decisiones que han dado forma a la campaña no han sido legítimas en las dimensiones que he mencionado. Primero, la gente percibe que estas decisiones —la composición del Coena, la identidad del candidato y la estrategia de campaña que privilegia la imagen del presidente sobre la del candidato— han sido tomadas por el mismo presidente de la república en un tema de partido, sobre el que no es legítimo que el presidente decida, y que lo ha hecho motivado por razones que no son legítimas en la mentalidad del país y de ARENA —orientadas a mantener el poder en el grupo que rodea al presidente mismo— y de una manera que ha ofendido mucho a la gente: haciendo parecer que se consultaba sin realmente hacerlo.

Hay tiempo todavía para rectificar. Si no se rectifica, y hay una derrota electoral para ARENA, el país entero va a reclamarle al presidente citando sus mismas palabras: “Soy responsable de todo”. No es que diga que lo que pudiera sentir el presidente en ese momento pudiera ser consuelo o compensación por la derrota.