Manuel Hinds
La legitimación del crimen
Lunes, 29 de junio de 2009
Es muy común oír en todos los ambientes una afirmación que congela la sangre: que hay crímenes en El Salvador porque hay pobreza.

La afirmación hiela la sangre porque legitima el crimen. La debería helar también porque no es cierta. La gráfica adjunta muestra el ingreso por habitante en el eje horizontal (que va desde cero hasta 16,000 dólares) con el índice de criminalidad del Foro Económico Mundial (que va de cero a 7, con los números bajos siendo peores en criminalidad) de 82 países en desarrollo. Note que El Salvador tiene un ingreso por habitante de 5,804 dólares y un índice de criminalidad de 2 (el penúltimo del mundo, sólo superado en criminalidad por Sur África, que tiene un índice de 1.8). Note ahora que hay muchísimos países que son más pobres que El Salvador que tienen mucho menos criminalidad que la nuestra. Por ejemplo, Gambia, Moldova, la India, Indonesia y Armenia son más pobres pero tienen menos crímenes que nosotros. Por el otro lado, Sur África es mucho más rica pero tiene más crímenes que nosotros.

En general, si fuera cierto que la pobreza causa la criminalidad, los puntos estarían organizados en una línea que subiría de izquierda a derecha-de países pobres altamente criminalizados a países más ricos con menos criminalidad. Pero no es eso lo que se ve. La línea roja muestra la tendencia de los datos. Es una línea horizontal. Eso indica que no hay relación entre la criminalidad y el ingreso. Como lo dice el sentido común, los ricos pueden ser tan criminales como los pobres. Los factores que explican el crimen son otros. Uno de los principales es sin duda alguna la legitimación de la violencia, contenida en las afirmaciones mismas de que la criminalidad es una consecuencia de la pobreza.

Otro factor relacionado es el lenguaje de violencia que el FMLN ha usado para promover la lucha de clases-un concepto violento en sí mismo que se promueve inyectando odio, usando palabras bélicas para inflamar a las masas, justificando y legitimando la violencia fratricida. ¿Y qué, si no legitimar la violencia es lo que hacen las manifestaciones del FMLN en las que se ponen pañuelos en la cara y queman llantas y carros, y destruyen propiedades y apedrean como una mancha que va destruyendo todo lo que encuentra a su paso? ¿No son las fotos de estos enmascarados iguales a las de las maras? ¿No es la misma desaforada destructividad? ¿No se ve en ellos la misma perversa soberbia de poder destruir impunemente? Simon Schama, famoso historiador de la Revolución Francesa, dice en su libro “Ciudadanos” que esas marchas y los llamados revolucionarios a la violencia no son juegos, sino el prólogo al asesinato.

Nadie ha expresado más claramente esta justificación de la violencia que el mismo Lenin en un artículo que publicó en La Espada Roja, un semanario publicado por la Cheka, la policía secreta soviética que fue la antecesora de la KGB. Escribió así Lenin en ese artículo: “Para nosotros no existe, y no puede existir, el viejo sistema de moralidad y de “humanidad” inventado por los burgueses con el propósito de oprimir y explotar las ‘clases inferiores’. Nuestra moralidad es nueva, nuestra humanidad es absoluta, porque descansa en el brillante ideal de destruir toda opresión y coerción. Para nosotros todo es permitido, porque somos los primeros en el mundo en levantar la espada no en el nombre de esclavizar y de oprimir a nadie, sino en el nombre de la liberación de todas las cadenas…¿Sangre? ¡Que haya sangre, si ella sola puede tornar roja la bandera gris, blanca y negra del viejo mundo tiránico, porque sólo la muerte final y completa de ese mundo nos salvará del retorno de esos viejos chacales!”. Estas palabras destilan el mal, lo justifican y lo legitiman. Y lo hacen para cualquiera que se quiera creer que tiene el mandato de la historia, o de Dios, o de la sociedad, o de su mara para secuestrar, asesinar y destruir. Esto fue lo que justificó los crímenes de Lenin mismo, de Stalin y de todos los asesinos que tiñeron de sangre los territorios de los países comunistas. Sólo en la Unión Soviética estos asesinos segaron la vida de más de 20 millones de víctimas.

Otro soviético, el poeta disidente Naum Korzhavin, expresó como nadie el contrasentido de esas justificaciones de la violencia. Lo hizo en su poema Pequeña Tania:

“¿Cómo pudo pasar…? / ¿En qué maldito año o mes / fue el camino abierto al enemigo- / Esa frase taimada “en el nombre de…” / Significando que cualquier cosa es permitida / Si, en teoría, lleva a lo bueno. / ¡Maldad en el nombre de lo bueno! / ¡Quién puedo inventar tal sin sentido! / ¡Aun en el más oscuro de los días! / Si el mal es alentado, / Triunfa en la tierra- / No en el nombre de algo / Sino en sí mismo.”

Esto es lo que tenemos que tener claro cuando hablamos de la violencia en El Salvador.