El Camino al Infierno
Jueves 11 de septiembre de 2008
Es muy bien sabido que la Gran Depresión de los 30 no estaba destinada a ser una depresión, mucho menos la más grande de la historia.
Lo que hubiera sido una recesión de mediana severidad se convirtió en gran depresión como resultado de los errores cometidos por gobiernos populistas de la época. La diferencia entre una recesión y lo que fue la Gran Depresión se puede estimar notando que mientras que en una recesión el Producto Interno Bruto (PIB) de Estados Unidos puede caer entre uno y cinco por ciento, durante la Gran Depresión el PIB de dicho país cayó en un 25 por ciento en términos reales (es decir, compensando por la inflación, que durante la depresión fue negativa porque los precios cayeron en todo el mundo). Igualmente, el desempleo, que puede llegar a ser entre 8 y 10 por ciento en Estados Unidos en una recesión, alcanzó el 25 por ciento durante la Gran Depresión —es decir, uno de cada cuatro trabajadores estaba sin empleo—.
Hay varias políticas gubernamentales que han sido identificados como los culpables de haber convertido una recesión en una depresión. Una de ellas fue haber dejado que el sistema bancario colapsara, lo cual generó una desconfianza entre los bancos y la gente que no volvió a verse hasta nuestros tiempos. Otra fue haber regresado al proteccionismo. La idea populista era que no debía dejarse entrar a la competencia extranjera. Cada país tomó esta decisión pensando que los demás sí iban a dejarles entrar a ellos a sus mercados, de tal manera que iban a sacar a los extranjeros del mercado doméstico mientras ellos iban a seguir exportando. Lo que pasó fue que todos reaccionaron prohibiendo las importaciones. Como resultado, las exportaciones mundiales cayeron en un 70 por ciento de 1929 a 1932. Imagine usted, estimado lector, lo que es que caigan las exportaciones en un 70 por ciento como resultado de la filosofía populista que abrazó al mundo en esa época.
La tercera, y no menos importante, fue que los gobiernos de Estados Unidos pusieron presiones de todo tipo a las empresas para que aumentaran sus salarios en términos reales, con la peregrina idea que esto iba a darle más poder de compra a la sociedad. Como muestra la gráfica adjunta, mientras más subía el salario real, más aumentaba el desempleo, que subió de 3 por ciento a 25 por ciento entre 1929 y 1932. Sólo fue después de que el salario real comenzó a caer en 1933 que el desempleo comenzó a disminuir en 1934. El desempleo siguió altísimo ya que en 1935-1937 el salario real volvió a subir, con lo que el desempleo era todavía del 17 por ciento en 1939. Como se ve en la gráfica, los aumentos de salarios reales generaron la cruel situación en la que los que lograban mantener su trabajo ganaban cada vez más mientras que un porcentaje cada vez más alto de la población perdía el suyo hasta que la cuarta parte de la población tenía que vivir de la caridad pública. La idea de que los aumentos salariales beneficiarían a la población salió por la culata —dichos aumentos generaron miseria sin precedentes para el 25 por ciento de la población.
Esta lección quedó escrita en piedra después de la tragedia de la Gran Depresión. Pero ya decía George Santayana que los que no estudian la historia están condenados a repetirla. Un dicho más antiguo dice que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.
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Fuente de datos: PNUD, Informe Sobre Desarrollo Humano El Salvador 2007-2008. |