Joaquín Samayoa
No bastan las buenas intenciones
Sábado, 20 de Septiembre de 2008
La aguda crisis en la que han caído los mercados financieros internacionales es un fenómeno bastante complicado que la mayoría de personas no logramos entender.

Muchos ni siquiera están prestando atención a las noticias. Saben, en el mejor de los casos, que los bancos en los países grandes están teniendo problemas y que algunos de ellos podrían caer en bancarrota, pero no entienden por qué, cómo ni cuánto debiera preocuparnos ese relajo a los salvadoreños, especialmente a los que ni cuenta de ahorros tienen, que son la mayoría.

Para hacer corto un cuento largo, hay que decir que, mientras el diablito se peleaba con la Maritza por los hoyos en las calles de Soyapando, el sistema financiero mundial estuvo a punto de colapsar. Así de simple y así de grueso. Y todavía no se ha disipado del todo esa tremenda amenaza que tendría impactos incalculables en la economía de todos los países.
Nuestros candidatos no han dicho ni pío sobre esa situación. Todos tienen la mala costumbre de hacer planes, programas y discursos sin consultar con la realidad. Nos invitan a un paseo de campo en la playa sin tener en cuenta que la costa está siendo arrasada por un huracán. Pregonan cambios y venden esperanzas, pero no dan muestras de darse por enterados de los inmensos obstáculos que encontrarán para lograr las maravillas que ofrecen.

La crisis en los mercados financieros internacionales no es algo lejano o ajeno a nosotros. No es un problema que se haya originado en nuestro país ni hay nada que nosotros podamos hacer para evitarla, pero no podemos ignorar sus consecuencias, porque nos van a afectar en considerable medida.

Como mínimo, habrá poca liquidez en el sistema bancario y se impondrán exigencias mucho más rigurosas para otorgar créditos; se elevarán las tasas de interés, la inversión privada será escuálida y muchas empresas irán irremediablemente a la quiebra. El envío de remesas se verá notablemente disminuido, pues los hermanos lejanos verán reducidas sus oportunidades de empleo y tendrán dificultades cada vez mayores para hacerse cargo de sus deudas.

Si no resulta posible el salvataje de las principales instituciones financieras en Europa, Japón y Estados Unidos, nuestros bancos, que ya no son nuestros o quizás nunca lo fueron, quedarán también muy mal parados. A eso debe añadirse la crisis de las finanzas públicas por la que atraviesa nuestro país por la política de subsidios, el aborto de la reforma fiscal y la falta de entendimiento político para reestructurar la deuda externa y obtener nuevos créditos para las obras sociales.

Ese es el escenario que le espera a quien deba sentarse en la silla presidencial a mediados del año próximo. Los que aspiran a cargarse con semejante responsabilidad deben, entonces, decir cómo, en esas circunstancias, van a generar nuevos y mejores empleos; porque todo apunta a que ni siquiera tendrán capacidad de preservar los que ahora existen. Cómo van a evitar que se dispare el costo de la vida. Cómo van a reactivar una economía con escasa inversión pública y privada. Con qué van a reemplazar el gran amortiguador social que han sido las remesas.

Al FMLN en particular habrá que pedirle que diga con franqueza si, en ese escenario, tendrá o no la firme voluntad de resistir a la tentación de revertir la dolarización para tener a la mano la ilusoria solución de emitir moneda sin respaldo. Habrá que preguntarle cómo, si no es con medidas políticas de corte chavista, manejará el descontento popular cuando la gente se vaya dando cuenta de que su situación económica no está mejorando y no va a mejorar en el futuro previsible.

A los políticos les gusta más vender sueños que decir verdades. Pero si es cierto, como muchos afirman, que a los salvadoreños ya no nos dan atol con el dedo, esta es la hora de que los ciudadanos seamos un poco más exigentes y no nos dejemos deslumbrar con los espejitos brillantes de la propaganda de ningún partido.

La crisis financiera internacional se originó en el exceso de codicia de unos individuos que pudieron apostar con dinero ajeno en ausencia de regulaciones apropiadas por parte del Estado. Los ejecutivos de las instituciones financieras tuvieron incentivos perversos para colocar créditos de manera irresponsable hasta que la burbuja les estalló en su propia cara. De esto hay lecciones que también nosotros debemos tomar.

Hay que dar más y mejor educación a la gente para que pueda tomar decisiones bien informadas a la hora de contraer deudas. Y hay que discutir más detenidamente el tipo de regulaciones estatales que, sin frenar el dinamismo económico, protejan efectivamente a los consumidores y protejan también de su propia codicia a los que siempre andan buscando la forma de hacer dinero fácil a costa de otros. Sobre estos temas deben pronunciarse también nuestros candidatos a la presidencia y a la asamblea legislativa.