Joaquín Samayoa
El contexto del llamado a la unidad
Sábado, 19 de Septiembre de 2009
Decimos que queremos un país seguro y próspero, vivimos angustiados por las inminentes amenazas a la seguridad y abatidos además por la precaria situación económica, pero siempre encontramos razones para objetar cualquier remedio que nos exija asumir responsabilidades o sacrificar, siquiera temporalmente, algunas prerrogativas.

La clase política se entretiene buscándole tres pies a cualquier gato y encontrando pelos en todos los platos de sopa. Sigue pasando el tiempo y no tenemos ley de acceso a la información, ni ley de ordenamiento territorial, ni reforma electoral, ni Fiscal General, ni herramientas apropiadas para la investigación de hechos delictivos.

En los espacios públicos, cada vez actúan con más beligerancia los grupos que rehusan someterse a la autoridad y, en nombre del pueblo, atropellan cualquier derecho que no sea el suyo. Siempre encuentran una ideología que justifica los comportamientos antisociales, o algún grupo que los induce y los manipula en busca de ganancia política.

En los centros penales se impone la ley de los reos; afuera, la ley de la selva. El péndulo de la historia nos ha llevado de un extremo de represión salvaje a otro de excesiva permisividad. El uso legítimo del poder coercitivo del Estado es visto y denunciado casi automáticamente como una violación de los derechos humanos. Alérgicas a ese tipo de acusaciones, las autoridades tienden a protegerse y muchas veces optan por dejar hacer y dejar pasar.

La Fiscalía y la PNC esperan que la gente colabore denunciando a los hechores de extorsiones, robos, secuestros y asesinatos. No importa que a Cristian Poveda le hayan puesto el dedo desde dentro de la PNC. No importa que más de 20 agentes de la PNC están siendo investigados por vínculos con el narcotráfico. No importa que la gente se las vea a palitos lidiando con la burocracia cuando necesita reportar un robo de vehículo o teléfono celular. No importa que no haya la más mínima garantía de confidencialidad ni capacidad institucional para la protección de víctimas y testigos.

En el plano de las actuaciones personales, son muchos los ciudadanos que ni hacen ni dejan hacer. Abandonan a sus hijos o les permiten hacer lo que les venga en gana. Son ingeniosos y esmerados para la evasión de impuestos. En vez de exigirle al gobierno y cooperar con él, lo justifican o lo atacan sin más fundamento que el de las simpatías ideológicas y las lealtades partidarias, las cuales siempre se interponen en la consecución del máximo bien posible para la colectividad.

Para alivio de males, algunos de los que debieran ejercer un liderazgo moral pierden la perspectiva, pasan por alto los problemas más reales y más graves de nuestra sociedad y dedican, en cambio, sus mejores esfuerzos a pelear contra molinos de viento. La familia salvadoreña se angustia cada día esperando el retorno, aún con vida de los hijos al hogar. El matrimonio gay está bastante abajo en la lista de prioridades.

En este contexto, tiene mucho sentido el llamado a la unidad nacional que ha hecho en varias ocasiones el presidente de la república. No le falta razón al presidente cuando insiste en que el problema de la criminalidad es de tal naturaleza y magnitud que sólo podremos enfrentarlo con el esfuerzo concertado de toda la sociedad. Pero trátese de propiedades o de responsabilidades, lo que es de todos es de nadie. El presidente tiene por delante la difícil tarea de darle concreción a su llamado.

Cuando a los salvadoreños nos hablan de unidad nacional, igual podrían echarnos alguna otra frase en sánscrito o en hebreo. Simplemente no sabemos lo que significan esas dos palabras puestas una a la par de la otra. No tenemos referentes históricos. Por el contrario, nos pesa una larga historia de incomunicación, desacuerdos y enfrentamientos.

El presidente tendrá que afinar su visión y decirnos cómo piensa que puede encajar en ella cada una de las partes del conglomerado social; qué espera concretamente de los partidos políticos, de los centros de pensamiento, de las iglesias, de los empresarios, de los trabajadores, de los medios de comunicación social, de los ciudadanos.

Esa no es tarea solitaria, pero tampoco puede realizarse con lucidez frente a las impacientes cámaras de la televisión o bajo presiones inmediatistas de grupos de interés. El pensamiento no florece en medio de voces exaltadas; requiere sosiego, estudio, diálogo genuino entre personas que comparten un mismo propósito, saben lo que hay que saber de la realidad y tienen capacidad de discernimiento.

“Despacio, que voy de prisa”. El debate público para un pacto de nación será más fructífero si el presidente se toma el tiempo necesario para pensar en paz y tranquilidad la propuesta que someterá a discusión. Las negociaciones de paz no habrían podido llegar hasta Chapultepec si no se hubieran realizado en condiciones apropiadas.