Joaquín Samayoa
El nuevo Arzobispo
Martes, 17 de Febrero de 2009
Después de varias semanas de haber aceptado su nombramiento como Arzobispo de San Salvador, Mons. José Luis Escobar Alas tomó posesión de su cargo en solemne ceremonia realizada en la Catedral Metropolitana.

La llegada del nuevo arzobispo tiene una gran importancia no sólo para los fieles que están bajo su jurisdicción o para los católicos, sino para todos los salvadoreños, especialmente en los tiempos difíciles por los que atraviesa nuestro país.

Para información de quienes no están familiarizados con la Iglesia Católica he de comenzar explicando que la Iglesia organiza su trabajo pastoral y la administración de sus recursos dividiendo el territorio de cada país en varias diócesis. Por su importancia histórica o por su magnitud, algunas de estas unidades son elevadas al rango de arquidiócesis. El pastor de una arquidiócesis tiene el rango de arzobispo.

En El Salvador, sólo tenemos una arquidiócesis y ésta abarca los departamentos de San Salvador, La Libertad y Cuscatlán. Aunque el arzobispo no tiene mayor jerarquía que los obispos de las demás diócesis, es primus inter pares, se le reconoce un liderazgo prominente a escala nacional.

La voluntad de Dios, el carisma del arzobispo y un conjunto de circunstancias políticas y sociales pueden hacer que el pastor de la arquidiócesis de San Salvador se convierta, efectivamente, en el principal líder espiritual de todos los católicos y aun de personas que profesan otra o ninguna religión Algunos arzobispos llegan a alcanzar una dimensión internacional. Paradójicamente, es más probable que esto ocurra en los casos en que el pastor es genuinamente humilde y no busca la fama, sino que, por el contrario, se atreve a decir verdades que pueden ser molestas. Los últimos serán los primeros, dice el Evangelio de Jesús.

Monseñor Escobar Alas asume sus nuevas responsabilidades en momentos difíciles y confusos. Dentro de cuatro semanas exactamente los salvadoreños tomaremos una decisión muy importante. En ese corto período estaremos sometidos a una escalada de pasiones políticas que pondrán los valores cristianos bajo un inmenso promontorio de basura. Ya lo estamos viendo. Ningún aprecio por la verdad, ningún respeto hacia la dignidad de los adversarios, frenéticos intentos por torcer hacia uno u otro lado la conciencia y la voluntad de las personas, odiosa manipulación de las necesidades de los más pobres en favor de intereses partidarios.

El nuevo arzobispo tendrá que predicar la genuina esperanza en medio del ruido ensordecedor de las ilusiones y temores fabricados por los publicistas; tendrá que llevar consuelo a muchas personas golpeadas por realidades que no pueden controlar; tendrá que cultivar el amor y la tolerancia mientras otros se dan a la tarea de reavivar las cenizas del odio que prevaleció en épocas que creíamos superadas; tendrá que llamar a la solidaridad frente al egoísmo de muchos que se niegan a renunciar a sus ambiciones de poder y a compartir un poco más de su bonanza económica.

Tendrá que librarse del torbellino de las ideologías, resistiendo las presiones y las incomprensiones de los que buscarán encajonarlo en sus pequeñas mentes dentro de una gaveta llena de telarañas y marcada con viñeta “izquierda” o “derecha”. Ya se lo imagina, porque es hombre de Dios y además porque es hombre sensato, pero pronto sabrá que “estar en el mundo sin ser del mundo” resulta mucho más difícil de lo que imaginaba en las actuales circunstancias por las que atraviesa nuestro país. Mucho más difícil y, por eso mismo, mucho más necesario que nunca.

Bienvenido, Monseñor Escobar, a su nueva residencia. Bienvenido a cargar con esta cruz más pesada. Todos los salvadoreños necesitamos su presencia e inspiración. Y puede tener la seguridad de que muchos estamos en la mejor disposición de acompañarlo y ayudarle.