Joaquín Samayoa
La voluntad del soberano
Sábado 17 de enero de 2009
El soberano tiene ejércitos que pelean sus batallas, consejeros que le ayudan a tomar buenas decisiones o lo incitan a cometer errores, bufones que lo hacen reír, aduladores que buscan sus favores, enemigos que intentan destronarlo.

Esbelto o debilucho, magnánimo o mezquino, refinado o vulgar, el soberano se distingue por la potestad de actuar según su real voluntad, la cual prevalece siempre sobre cualquier otra voluntad.

No hablo de las monarquías de épocas pasadas ni de personajes de la narrativa literaria. En las sociedades democráticas modernas, el soberano es el pueblo. En nuestro país, el soberano ha sido convocado a expresar su voluntad en las urnas este fin de semana y nuevamente dentro de dos meses.

Su voluntad será la síntesis de lo que mira con su ojo izquierdo y lo que ve con el derecho; de lo que intenta hacer con su brazo derecho y lo que se propone alcanzar con el izquierdo. Para moverse según su voluntad, el soberano necesitará usar ambas piernas, a no ser que quiera ir renqueando y decida negarse la posibilidad de llegar lejos.

El pueblo somos usted y yo, sus amigos y enemigos, en compañía de una gran legión de extraños, todos con igual derecho a querer lo que queremos y a temer lo que tememos. El pueblo que expresará su voluntad en las urnas somos todos y cada uno.

El voto nos iguala en la diversidad; el mío vale tanto como el suyo. Al final tendremos todos que acatar la voluntad que prevalezca y respetar la que no logró prevalecer. Así lo ha dispuesto previamente el soberano.

La emisión del sufragio debe ser un momento de absoluta libertad. Usted puede continuar en el mismo carril en el que ha venido desplazándose, o puede decidir cambiarse.

Si hace esto último, sólo asegúrese de realizar la maniobra con precaución, eche un último vistazo al retrovisor para asegurarse de que otro vehículo no le de un buen madrazo; mire también hacia adelante, no sea que, a unos pocos metros, haya en el otro carril un obstáculo que le impedirá avanzar.

No compre argumentos engañosos. Si le da mucho crédito al argumento de la alternancia, tendría que votar contra ARENA en la presidencial, pero también contra Violeta, Oscar, Milagro, René y Will en las municipales. Esos argumentos son una trampa.

Mejor analice cada caso y vote según su soberana gana, sin amarrarse a ningún argumento que pueda coartar su libertad. Si a usted le parece que un candidato ha hecho o haría un buen trabajo, simplemente apóyelo. Tampoco se clave con los colores; si quiere cambiar de verde a rojo o seguir vistiendo azul, es su prerrogativa.

¿Y las encuestas? Olvídese de ellas. No son una camisa de fuerza. Es usted quien tiene la última palabra. No se confíe, porque podrían arrebatarle el triunfo que cree tener asegurado. Tampoco se ahueve si le han pronosticado derrota; tal vez a última hora salen a votar los que han dicho que no lo harán, tal vez algunos o muchos cambian de opinión en el momento de la verdad.

No compre la falacia del desperdicio de su voto si se lo otorga a un partido que tiene pocas probabilidades de ganar. El voto nunca se desperdicia.

Puede ayudarle a ganar a su candidato; puede contribuir a que el candidato ganador sepa que hay una minoría a la que debe respetar; puede ayudarle a su partido a posicionarse mejor para las próximas elecciones; puede ayudar a distribuir de manera más constructiva las cuotas de poder. Todos esos son objetivos políticos perfectamente válidos.

Finalmente, no deje que lo intimiden. El voto es secreto. Ni su jefe, ni su suegra ni sus correligionarios pueden saber por quién votó usted. A nadie tiene que rendirle cuentas ni por su voto ni por las razones que tuvo para votar de esa manera.

Y cuando se haga el conteo, tenga madurez para aceptar los resultados. Si resulta ganador, no sea arrogante; si resulta perdedor, no haga berrinche.

Ha habido mucho cacareo irresponsable sobre el fraude electoral, pero ninguno de esos gallos o gallinas tiene argumentos o evidencias sólidas, más allá de los tropiezos e imperfecciones de todo sistema electoral, para sustentar un alegato de fraude de una magnitud suficiente como para deslegitimar las elecciones.