Joaquín Samayoa


Los usurpadores de la identidad popular
Sábado 16 de mayo de 2008
El pueblo quiere esto, el pueblo exige lo otro, al pueblo ya no le dan atol con el dedo. El discurso se vuelve cada vez más monótono, cada vez más arrogante.

Los agitadores nunca hablan por ellos mismos ni por sus organizaciones.

Eso no tendría impacto, porque son una fracción muy pequeña de la sociedad. Hablan por el pueblo, por todo el pueblo. Eso les confiere, según ellos, una gran legitimidad; les da derecho no sólo a ser escuchados sino a exigir que se haga su voluntad.

Se sienten iluminados, se creen redentores, son los únicos que tienen una lúcida conciencia de lo que le conviene al pueblo; el resto de las personas tiene una conciencia alienada o son explotadores o son traidores.

En el pueblo solo caben los que piensan y sienten como ellos; los demás no son pueblo, son enemigos del pueblo.

Por eso rechazan tan vehementemente la democracia representativa, a la que se refieren con absoluto desprecio como democracia burguesa.

Esa forma de asignación de poder les parece absurda porque valora de la misma manera el voto de todos, permitiendo que se imponga la voluntad de la clase dominante, secundada por sus sirvientes y por todos los que se dejan engañar por la propaganda y son incapaces de velar por sus propios intereses.

Había que hacer el juego y exigir la alternancia porque, habiendo fracasado la lucha armada, la democracia burguesa era el único camino que quedaba abierto para llegar al poder.

Pero una vez en el poder, las cosas cambian, el objetivo se ha logrado, ya no hace falta la alternancia, ahora de lo que se trata es de consolidar la verdadera alternativa a la dominación oligárquica.

Lástima, por un momento creyeron que Mauricio estaba en la jugada; creyeron que su discurso moderado y respetuoso del Estado de derecho era sólo un recurso para atraer el voto de los pendejos de las clases medias educadas, pero ahora se dan cuenta de que lo que decía el candidato lo decía en serio; ahora se sienten traicionados.

Si no logran torcerle el brazo al presidente, no podrán repartirse todos los huesos del aparato de gobierno; no habrá luz verde para la invasión de cubanos y venezolanos en las redes de educación y salud; tampoco van a poder manosear las arcas del Estado, ni enfilar las baterías del aparato de seguridad contra los enemigos políticos.

Y entonces, ¿para qué ganamos, si no hemos obtenido nada de lo que realmente nos interesa? Lo que queremos no es un presidente que se entienda con los capitalistas para generar empleos, sino alguien que se enfrente valientemente a ellos, como lo hacía Mauricio cuando era periodista; alguien que les ponga más impuestos a los ricos y, si protestan, les quite sus empresas, como lo hace Chávez en Venezuela; alguien que se someta obedientemente al partido de vanguardia de la clase trabajadora. Eso es lo que el pueblo quiere. Eso es lo que el pueblo necesita.

Esa es la mentalidad de los dirigentes de unas cuantas ONG que hablan y exigen en nombre de todo el pueblo.

Esa es la mentalidad de las células del Partido Comunista que siguen muy activas, aunque operan formalmente separadas del FMLN, desde otras trincheras, para no perjudicar su imagen de apego a las reglas de juego de la democracia.

Son usurpadores de la identidad y de la voluntad popular. No aceptan que tan pueblo son ellos como todos los que tienen una visión diferente de las cosas.

Están dispuestos a sabotear al nuevo gobierno, como lo hicieron con el gobierno de la primera junta a finales de 1979, para invalidar cualquier camino al cambio social que no sea el de la lucha de clases, para anular cualquier poder que no sea el suyo; para desacreditar cualquier forma de participación ciudadana que no sea la estrictamente controlada u orquestada por el partido y para conveniencia del partido.

Al nuevo gobierno habrá que exigirle que asuma con lucidez y fuerza sus compromisos de campaña. Debe combatir sin excusas ni atenuantes la corrupción, la criminalidad, el régimen de privilegios y la exclusión social en todas sus manifestaciones.

También habrá que exigirle total apego a las leyes y respeto a las instituciones. Pero eso es muy diferente a querer imponerle, en nombre del pueblo, unas determinadas ideas, personas o métodos de trabajo.