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CRUCES DE MADERA se elevan frente a los ladrillos de adobe que separan las tumbas de decenas de desaparecidos, en el cementerio de Holtville, en Ciudad Imperial, California.
Foto Archivo/Paula Díaz
Domingo, 17 de Agosto de 2008
PRIMERA ENTREGA
El vía crucis del migrante
» Muchos migrantes se enfrentan a un sistema cruel en el que son víctimas de los coyotes, son abandonados y mueren en el desierto. Las familias batallan con un sistema obsoleto que hace difícil identificar los cuerpos.
DESDE LOS ÁNGELES, EE.UU./ PAULA DÍAZ CORRESPONSAL

John Doe es en inglés lo que Juan Pérez es en español, un alias que se utiliza para designar a una persona cuyo nombre es desconocido o indeterminado. En la parte trasera del cementerio de Terrace Park, de la ciudad de Holtville, en el condado Imperial, hay cientos de lápidas con ese nombre. En ellas reposan los cuerpos de inmigrantes indocumentados que han sido encontrados en el desierto del Centro, California, y que no han podido ser identificados.

Son casi 500 ladrillos que demarcan los nichos mortuorios, y son pocos los que tienen nombres. Los únicos que les visitan son los voluntarios de la organización humanitaria Ángeles de la Frontera, liderada por Enrique Morones, que desde hace años colocan cruces de madera y hacen oración por las almas de estos desconocidos que no tuvieron la suerte de llegar a su destino.

Entre otras cosas, esta organización se ocupa de colocar bidones de agua en el desierto, para que pueda ser consumida por los inmigrantes que sobreviven al viaje. Pero también se preocupan por aquellos que no consiguen sobrevivir.

“Muchas de estas personas pueden ser uno de los cientos de los reportados como desaparecidos. Sus familias esperan saber algo de ellos pero quizás no lo sepan nunca, si no logramos identificarnos”, dijo Morones, mientras recorre un sendero que separa dos lotes grandes de tierra removida donde están enterrados los cuerpos.

“Estamos buscando acuerdos con el gobierno de México y con organizaciones de Estados Unidos para conseguir fondos y poder exhumar los cuerpos y hacerles el examen de ADN; al mismo tiempo (queremos) crear una base de datos de las personas que son reportadas como desaparecidas para, de esta manera, buscar si hay coincidencias”, dice Morones.

“El noventa por ciento de los cuerpos que está aquí no tiene nombre, la mayoría dice ‘John Doe’ y son personas que no pudieron identificar, que no apareció ningún pariente, ni nadie vino por ellos”, agrega.

Según Morones, uno de los problemas para identificar los cuerpos de personas fallecidas en el desierto es que no llevan documentos de identidad. Los coyotes o polleros suelen obligar a las personas a que tiren su identificación para evitar su deportación si el servicio de Inmigración los arresta.

En el cementerio hay mexicanos y centroamericanos, afirma Morones, quien insiste en la necesidad de crear una base de datos de personas desparecidas que sea proporcionada por las autoridades de los países de origen.

“Es la única manera de tener una información confiable”, agrega el activista, quien relata cómo en un recorrido realizado por su organización supieron del caso de una familia de nueve personas a quienes encontraron muertos, separados casi por una milla uno del otro. “Ellos eran de Guanajuato”, dice con tristeza.

El problema de hallarlos

Desde el 1 de octubre de 2007 al 30 de junio de 2008, se han registrado 256 muertes en la frontera entre Estados Unidos y México. Según cifras de la Patrulla Fronteriza, su equipo de rescate ha encontrado 853 inmigrantes después que han sido secuestrados o abandonados por los coyotes o reportados como desaparecidos.

Las familias de los inmigrantes enfrentan un sinnúmero de problemas para encontrar información de sus seres queridos que desaparecen.

No existe un sistema de rastreo para ubicarlos, ya que las autoridades migratorias no tienen una base de datos de inmigrantes desaparecidos y los consulados centroamericanos, a diferencia de los consulados de México, no cuentan con recursos para la búsqueda de personas.