Usulután
Sonia Bernal
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
María Inés Realagueño, de 67 años, es una
líder en la comunidad Nuevo Gualcho, a 8 kilómetros del
municipio de Nueva Granada, al norte del departamento de Usulután.
Ella junto a sus vecinos participa activamente en la preparación
del aniversario de su regreso al país: el 5 de marzo cumplen 14
años de haber retornado.
San Esteban Catarina, en el departamento de San Vicente, vio nacer a esta
mujer, quien con otros habitantes de ese lugar tuvo que dejar su tierra
para vivir en el refugio de San Antonio de Intibucá, departamento
de San Antonio, Honduras.
La noticia del regreso al país llegó un 28 de febrero de
1990. Fue un nuevo amanecer para más de 500 familias que podían
retornar al país. Esto constituyó la más grande bendición
para ellas.
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| El pasado de la guerra guarda lecciones de vida
a las nuevas generaciones de los ex desplazados en su nueva comunidad.
Foto Diario de Oriente |
Doña Inés, como otros miembros de la comunidad, no olvida
la fecha en que volvieron a vivir en suelo salvadoreño. Por la
carretera Panamericana, la gente desde sus casas les daba la bienvenida.
En El Triunfo, había una gran cantidad de gente con pancartas
que decían: 'bienvenidos a su país, hermanos salvadoreños'.
Para nosotros eso fue lo más bello que nos podía suceder,
recuerda la líder, aunque no contaban con que llegarían
a un lugar parecido a un desierto. Ahí no había casas, servicios
básicos, ni siquiera carretera de acceso.
El bautizo
Todos tuvimos que organizanos para poder salir adelante, cuenta
Realagueño.
Primero constituyeron una directiva y la comunidad fue nombrada como Nuevo
Gualcho, ya que cerca de ahí se encuentra el cantón Gualcho,
lugar famoso por las batallas que libró el prócer Francisco
Morazán.
En medio de toda la algarabía de la comunidad, Inés Realagueño
hace un recorrido por el tiempo y trató de relatar el calvario
que les obligó a dejar su país. El año en que más
se agudizó la guerra, familias completas tuvieron que emigrar a
la zona fronteriza de Honduras. Esta gente se vio en la obligación
de abandonar sus viviendas, porque la única posibilidad era huir.
Madres embarazadas, muchas con sus hijos en brazos y ancianos caminaron
por la noche y por estaciones cruzaron el monte, por lugares desconocidos.
Carga-ban sólo la ropa que lleva puesta, a merced del frío,
la sed y el hambre, atrás quedaban sus pertenencias, sus casas
y algunos familiares.
Al llegar al vecino país, las familias desplazadas desde El Salvador
no sabía a dónde ir en aquel lugar extraño. Algunos
se quedaron por pocos meses, aceptando la ayuda solidaria que les brindaban
familias de la zona fronteriza; pero tampoco ahí era seguro, porque
las patrullas militares hondureñas aparecían de repente
en las comunidades para expulsar a los desplazados.
El aumento de los desplazados dio paso al nacimiento de un refugio llamado
San Antonio Intibucá, en el departamento de San Antonio, fronterizo
con El Salvador. En el sitio, se juntaron grupos familiares de distintos
puntos del norte salvadoreño como Cabañas, San Vicente,
San Miguel y Usulután.
Solidarios
Según Roger Arturo Rodríguez, quien estaba entre esas personas,
las primeras familias arribaron en 1980, pero la mayoría llegó
por 1983. Al final, eran 500. El primer reto a enfrentar era la alimentación.
En este caso, la solidaridad entre ellos hacía que la comida alcanzara
para todos.
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| En medio de las cebollas. la líder Mrría
Inés realagueño Foto Diario de
Oriente |
Sin embargo, a medida aumentó el número de refugiados,
los alimentos escasearon y se tuvo que tomar la decisión de racionarla.
María Irma Alvarado, de 32 años, era una niña cuando
vivió en el refugio hondureño. En los primeros años,
hombres y mujeres trabajaron para ayudarse. Unos sembraban hortalizas,
otros fabricaban zapatos o se dedicaban a la costurería, carpintería
y hojalatería, dice Alvarado.
También contaron con la asistencia de organismos internacionales
y la iglesia católica.
Para los niños se organizaron clases de catecismo, teatros en cuyas
temáticas abordaban los problemas que tenían sin perder
de vista la esperanza de volver a su país. Alvarado expresó
que también tenían actividades deportivas.
El refugio San Antonio Intibucá se convirtió en una escuela
donde aprendieron y conocieron la importancia de la organización,
fue lo único que nos hizo soportar las inclemencias del exilio,
confiesan los ex desplazados, porque en el nuevo hogar hondureño
sólo se salvaban del problema del conflicto salvadoreño.
La cárcel
Ahí no tenían libertad de transitar por territorio catracho,
porque estaban constantemente vigilados por los militares hondureños,
quienes les advirtieron que no podían salir hacia ningún
lado. Entonces, el refugio se convirtió en una especie de cárcel,
donde lo único que tenían garantizado era la vida.
Así transcurrieron 10 años y entonces la necesidad hizo
que la comunidad llegará a una madurez organizativa. Pero
las buenas noticias por fin llegaron en 1990, cuando nos avisaron que
regresábamos a El Salvador, comenta María Irma, trayendo
a cuenta que deshicieron sus champas de lámina y emprendieron el
viaje.
La caravana salió el 3 de marzo, fueron 200 camiones que
cargaron con nuestras ilusiones y sufrimientos.
Aún recuerdo que la gente que nos recibía, nos tenía
comida, refrescos y sobre todo nos sentimos nuevamente en nuestra tierra,
agregó Roger Rodríguez.
Y a pesar que el lugar a donde llegaron no tenía condiciones para
vivir, todos se alegraron. Era un lugar para ellos, porque previamente
se había tramitado a través del Banco de Tierras para que
se les dotara de lotes y pudieran construir sus viviendas.
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| El casco de la hacienda que albergó a
los recién llegados en los 90 todavía se mantiene en
pie. Foto Diario de Oriente |
Luego, mientras levantaban sus techos, las 500 familias tuvieron que
albergarse en el casco de la hacienda, cuyas habitaciones estaban deterioradas
y no eran suficientes, pero fue su primer hogar en el regreso. Esa casa
aún yace en el lugar, como un recuerdo histórico de sus
inicios.
Juventino Escobar es un directivo de Nuevo Gualcho que reconoce la ardua
labor que han tenido que realizar para tener un lugar con las condiciones
dignas para vivir.
Han pasado 14 años desde su regreso. Poco a poco, la comunidad
organizada definió las líneas de su desarrollo: actualmente
tienen calles, terrenos, escuela, iglesia, una cancha de fútbol,
una moderna guardería, servicio de agua potable, administrado por
ellos mismos, telefonía pública y domiciliar y servicio
de energía eléctrica.
Con radio
Las familias crecieron y ahora son mil habitantes. La escuela tiene de
parvularia hasta 8o. grado y posee una población de 400 estudiantes.
Los jóvenes deben cursar el bachillerato en el Instituto Nacional
de Nueva Granada.
Y al mismo tiempo que la comunidad creció, surgieron nuevas inquietudes
como la estación de radio que tuvo su cuna en ese lugar y los proyectos
de una asociación de desarrollo juvenil y otro de vivienda.
Nuevo Gualcho es la demostración de que una comunidad puede
hacer lo que necesita si confía en su gente y ésta se esfuerza,
afirma don Juventino y concluye: Esta comunidad es un aporte de
gente simple, comprometida con su futuro y que quiso salir adelante.