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Nuevo Gualcho, 14 años después

En 1980, El Salvador estaba inmerso en la guerra. Miles de mujeres, ancianos y niños tuvieron que abandonar sus casas para no ser víctimas de los enfrentamientos armados. Su destino fue Honduras.

Publicada 5 de marzo 2004, El Diario de Hoy

Usulután
Sonia Bernal
Diario de Oriente

diariodeoriente@elsalvador.com

María Inés Realagueño, de 67 años, es una líder en la comunidad Nuevo Gualcho, a 8 kilómetros del municipio de Nueva Granada, al norte del departamento de Usulután. Ella junto a sus vecinos participa activamente en la preparación del aniversario de su regreso al país: el 5 de marzo cumplen 14 años de haber retornado.

San Esteban Catarina, en el departamento de San Vicente, vio nacer a esta mujer, quien con otros habitantes de ese lugar tuvo que dejar su tierra para vivir en el refugio de San Antonio de Intibucá, departamento de San Antonio, Honduras.

La noticia del regreso al país llegó un 28 de febrero de 1990. Fue un nuevo amanecer para más de 500 familias que podían retornar al país. Esto constituyó la más grande bendición para ellas.

El pasado de la guerra guarda lecciones de vida a las nuevas generaciones de los ex desplazados en su nueva comunidad. Foto Diario de Oriente

Doña Inés, como otros miembros de la comunidad, no olvida la fecha en que volvieron a vivir en suelo salvadoreño. Por la carretera Panamericana, la gente desde sus casas les daba la bienvenida. “En El Triunfo, había una gran cantidad de gente con pancartas que decían: 'bienvenidos a su país, hermanos salvadoreños'. Para nosotros eso fue lo más bello que nos podía suceder”, recuerda la líder, aunque no contaban con que llegarían a un lugar parecido a un desierto. Ahí no había casas, servicios básicos, ni siquiera carretera de acceso.

El bautizo

“Todos tuvimos que organizanos para poder salir adelante”, cuenta Realagueño.

Primero constituyeron una directiva y la comunidad fue nombrada como Nuevo Gualcho, ya que cerca de ahí se encuentra el cantón Gualcho, lugar famoso por las batallas que libró el prócer Francisco Morazán.

En medio de toda la algarabía de la comunidad, Inés Realagueño hace un recorrido por el tiempo y trató de relatar el calvario que les obligó a dejar su país. El año en que más se agudizó la guerra, familias completas tuvieron que emigrar a la zona fronteriza de Honduras. Esta gente se vio en la obligación de abandonar sus viviendas, porque la única posibilidad era huir.

Madres embarazadas, muchas con sus hijos en brazos y ancianos caminaron por la noche y por estaciones cruzaron el monte, por lugares desconocidos. Carga-ban sólo la ropa que lleva puesta, a merced del frío, la sed y el hambre, atrás quedaban sus pertenencias, sus casas y algunos familiares.

Al llegar al vecino país, las familias desplazadas desde El Salvador no sabía a dónde ir en aquel lugar extraño. Algunos se quedaron por pocos meses, aceptando la ayuda solidaria que les brindaban familias de la zona fronteriza; pero tampoco ahí era seguro, porque las patrullas militares hondureñas aparecían de repente en las comunidades para expulsar a los desplazados.

El aumento de los desplazados dio paso al nacimiento de un refugio llamado San Antonio Intibucá, en el departamento de San Antonio, fronterizo con El Salvador. En el sitio, se juntaron grupos familiares de distintos puntos del norte salvadoreño como Cabañas, San Vicente, San Miguel y Usulután.

Solidarios

Según Roger Arturo Rodríguez, quien estaba entre esas personas, las primeras familias arribaron en 1980, pero la mayoría llegó por 1983. Al final, eran 500. El primer reto a enfrentar era la alimentación. En este caso, la solidaridad entre ellos hacía que la comida alcanzara para todos.

En medio de las cebollas. la líder Mrría Inés realagueño Foto Diario de Oriente

Sin embargo, a medida aumentó el número de refugiados, los alimentos escasearon y se tuvo que tomar la decisión de racionarla.

María Irma Alvarado, de 32 años, era una niña cuando vivió en el refugio hondureño. “En los primeros años, hombres y mujeres trabajaron para ayudarse. Unos sembraban hortalizas, otros fabricaban zapatos o se dedicaban a la costurería, carpintería y hojalatería”, dice Alvarado.

También contaron con la asistencia de organismos internacionales y la iglesia católica.

Para los niños se organizaron clases de catecismo, teatros en cuyas temáticas abordaban los problemas que tenían sin perder de vista la esperanza de volver a su país. Alvarado expresó que también tenían actividades deportivas.

El refugio San Antonio Intibucá se convirtió en una escuela donde aprendieron y conocieron la importancia de la organización, “fue lo único que nos hizo soportar las inclemencias del exilio”, confiesan los ex desplazados, porque en el nuevo hogar hondureño sólo se salvaban del problema del conflicto salvadoreño.
La “cárcel”
Ahí no tenían libertad de transitar por territorio catracho, porque estaban constantemente vigilados por los militares hondureños, quienes les advirtieron que no podían salir hacia ningún lado. Entonces, el refugio se convirtió en una especie de cárcel, donde lo único que tenían garantizado era la vida.

Así transcurrieron 10 años y entonces la necesidad hizo que la comunidad llegará a una madurez organizativa. “Pero las buenas noticias por fin llegaron en 1990, cuando nos avisaron que regresábamos a El Salvador”, comenta María Irma, trayendo a cuenta que deshicieron sus champas de lámina y emprendieron el viaje.

“La caravana salió el 3 de marzo, fueron 200 camiones que cargaron con nuestras ilusiones y sufrimientos”.
“Aún recuerdo que la gente que nos recibía, nos tenía comida, refrescos y sobre todo nos sentimos nuevamente en nuestra tierra”, agregó Roger Rodríguez.

Y a pesar que el lugar a donde llegaron no tenía condiciones para vivir, todos se alegraron. Era un lugar para ellos, porque previamente se había tramitado a través del Banco de Tierras para que se les dotara de lotes y pudieran construir sus viviendas.

El casco de la hacienda que albergó a los recién llegados en los 90 todavía se mantiene en pie. Foto Diario de Oriente

Luego, mientras levantaban sus techos, las 500 familias tuvieron que albergarse en el casco de la hacienda, cuyas habitaciones estaban deterioradas y no eran suficientes, pero fue su primer hogar en el regreso. Esa casa aún yace en el lugar, como un recuerdo histórico de sus inicios.

Juventino Escobar es un directivo de Nuevo Gualcho que reconoce la ardua labor que han tenido que realizar para tener un lugar con las condiciones dignas para vivir.

Han pasado 14 años desde su regreso. Poco a poco, la comunidad organizada definió las líneas de su desarrollo: actualmente tienen calles, terrenos, escuela, iglesia, una cancha de fútbol, una moderna guardería, servicio de agua potable, administrado por ellos mismos, telefonía pública y domiciliar y servicio de energía eléctrica.

Con radio

Las familias crecieron y ahora son mil habitantes. La escuela tiene de parvularia hasta 8o. grado y posee una población de 400 estudiantes. Los jóvenes deben cursar el bachillerato en el Instituto Nacional de Nueva Granada.

Y al mismo tiempo que la comunidad creció, surgieron nuevas inquietudes como la estación de radio que tuvo su cuna en ese lugar y los proyectos de una asociación de desarrollo juvenil y otro de vivienda.

“Nuevo Gualcho es la demostración de que una comunidad puede hacer lo que necesita si confía en su gente y ésta se esfuerza”, afirma don Juventino y concluye: “Esta comunidad es un aporte de gente simple, comprometida con su futuro y que quiso salir adelante”.

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