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Ralph Ehrba no sabía de la existencia de El Salvador hasta
que llegó, ahora se encuentra enamorado del sitio.
Foto Diario de Oriente
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La Unión
Sonia Bernal
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
Ralph Ehrba, ciudadano suizo,
se interesó en Centroamérica y por ello decidió un
día abordar un avión para llegar a Honduras.
De allí partió a El Salvador y visitó La Palma, en
Chalatenango, y otros municipios de la zona central, hasta que llegó
a Usulután.
Un día le hablaron de la laguna de Alegría e inmediatamente
inició la travesía. Creyó que el terreno sería
de fácil acceso así que como calzado utilizó unas
sandalias de baño y se dirigió a su destino, sin saber que
se enfrentaría a calles polvosas y llenas de piedra.
Sin embargo toda molestia se olvidó cuando observó el manantial.
El suizo guardó silencio, se tocó la barba y sacó
su cámara digital para guardar el instante. Después de tanto
sacrificio contemplaba su primera laguna azufrada.
Es hermoso, nunca había visto una como ésta. Este
es mi primer viaje a Latinoamericana, confesó el turista
que va rumbo a Guatemala.
Ehrba habla tres idiomas a la perfección: alemán, suizo
e inglés. Además de unas escasas palabras en español,
pero las suficientes para saludar.
La magia
No sabía nada de la leyenda que embarga el lugar, pero le pareció
graciosa. Después de hablar del paraje, dejó su mochila
a un lado y entró a la laguna. Quedándose en la orilla,
por las dudas quizá, para evitar conflictos con la sirena que habita
en las profundidades.
La laguna está rodeada de un bosque que deja pequeños espacios
vacíos, en donde sobresalen cedros, robles, araucarias, cipreses
y pinos. En medio de la vegetación habita un buen número
de animales, como gatos monteses, cotuzas, pezotes, ardillas y cusucos.
El parque natural también es el refugio de torogoces, tucanes,
chiltotas, búhos y urracas. No por nada la poetisa chilena Gabriela
Mistral, ganadora de un premio Nobel de Literatura, bautizó la
laguna como la Esmeralda de América.
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