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“Trabajamos a mano vuelta”

La colaboración mutua para preparación de tierras y recolección de cosechas es la forma en que los campesinos torolenses se ayudan, sin tener que pagar por los jornales. Es una zona donde la pobreza es emblemática.

Publicada 10 de diciembre 2004, El Diario de Hoy

La molienda ofrece plazas eventuales para ganar hasta $4 por cada jornada. Foto EDH

Morazán
Enrique Maldonado
Diario de Oriente

diariodeoriente@elsalvador.com


En la molienda de Isaías Aranda Gómez, tres hombres participan junto a él en el proceso de convertir el jugo de caña de azúcar en dulce de panela, batidos y miel de dedo. Es una jornada que les exige madrugar y, a veces, ver el ocaso mientras faenan.

Atraídos por el empalagoso olor que se desprende del perol donde hierve el jarabe hay cerca de diez pequeños que evidencian la falta del baño matutino.

Con el cabello despeinado, las niñas, y algunos varones con el pelo casi al rape, se desplazan alrededor del fogón con una paleta de madera en la mano.

Unos son hijos de los trabajadores. Todos están ahí por la misma razón: tener la oportunidad para sorber la espuma que se desprende al hervir el jugo de caña (cachaza) o de raspar el recipiente donde se le da punto al jarabe, antes de verterlo en los moldes de los atados.

Es el cantón Agua Zarca de Torola, en Morazán. Gómez es un beneficiario del Programa de Transferencia de Tierras (PTT), parte del acuerdo de paz entre el gobierno y la ex guerrilla.

La paga por jornal diario en el obraje “es variable, entre $3 y $4. Pero tenemos la costumbre de trabajar ‘a mano vuelta’. Nos apoyamos entre todos para sacar el trabajo”, explica Gómez. Ese sistema consiste en ayudarse unos a otros en la cosecha de granos básicos.

Van de plantación en plantación recogiendo la siembra, y así resuelven el problema de los sueldos a los peones. “Pocos son los que pagan (salario).

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Sobreviven más de lo que producen, pues no tienen otra fuente de ingresos”, explica Alejandro Zelaya, síndico municipal de Torola.

Sin energía

Es mediodía. La sensación de silencio en las calles del casco urbano del municipio es similar a la percibida cuando en las ciudades se registra un apagón y dejan de funcionar los electrodomésticos.

Nada raro si se parte del hecho que tres cuartas partes de los 5,000 habitantes no tienen electricidad en sus casas. La carencia es más notoria en los cantones y caseríos al sur del poblado.

A lo largo de la calle —si se le puede llamar así— que conduce a villa El Rosario hay ranchos de bajareque, sistema mixto o simplemente palos que remedan las paredes.

Como en la casa de Gómez, por esta zona “abundan” los niños. Se les ve asomar entre las plantas a medida que se avanza por el trazo de tierra, atraídos por el ruido del vehículo. Novedad en una zona donde las carencias son el pan de cada día.

En la capital

“A veces hay ayuda de alguien que se va a San Salvador. Regresa cada 15 días”, responde José Vásquez al consultarle cómo se sobrevive en el cantón El Progreso.

De lo contrario, están a expensas de la oportunidad en los cultivos para obtener $3 diarios, aunque deban caminar hasta diez kilómetros al sembradío.

Es el caso de Evaristo Hernández, Pompilio Gómez e Ignacio Ortiz. Sus rostros delatan el cansancio de la jornada más el desplazamiento a pie.

Se quejan de la falta de oportunidades, de que “ni siquiera el Fovial pasa”. Y rematan: “Por aquí no conoce el presidente Saca”.

El síndico municipal también hace referencia al Fondo de Conservación Vial: “Sólo ha venido una vez y trajo su personal. Ese dinero no se ve por aquí”.

Si en el tema laboral y creación de oportunidades el panorama es desalentador, en salud “estamos bien jodidos”, dice Zelaya.
Bajo estas circunstancias, no resulta extraño que Torola sea considerado uno de los municipios más pobres del país, según datos oficiales en poder de la coordinadora nacional del Área Social, Cecilia Gallardo. Ahí, la gente sobrevive con menos de un dólar al día.


 

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