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| La molienda ofrece plazas eventuales para ganar
hasta $4 por cada jornada. Foto EDH |
Morazán
Enrique Maldonado
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
En la molienda de Isaías Aranda Gómez, tres hombres participan
junto a él en el proceso de convertir el jugo de caña de
azúcar en dulce de panela, batidos y miel de dedo. Es una jornada
que les exige madrugar y, a veces, ver el ocaso mientras faenan.
Atraídos por el empalagoso olor que se desprende del perol donde
hierve el jarabe hay cerca de diez pequeños que evidencian la falta
del baño matutino.
Con el cabello despeinado, las niñas, y algunos varones con el
pelo casi al rape, se desplazan alrededor del fogón con una paleta
de madera en la mano.
Unos son hijos de los trabajadores. Todos están ahí por
la misma razón: tener la oportunidad para sorber la espuma que
se desprende al hervir el jugo de caña (cachaza) o de raspar el
recipiente donde se le da punto al jarabe, antes de verterlo en los moldes
de los atados.
Es el cantón Agua Zarca de Torola, en Morazán. Gómez
es un beneficiario del Programa de Transferencia de Tierras (PTT), parte
del acuerdo de paz entre el gobierno y la ex guerrilla.
La paga por jornal diario en el obraje es variable, entre $3 y $4.
Pero tenemos la costumbre de trabajar a mano vuelta. Nos apoyamos
entre todos para sacar el trabajo, explica Gómez. Ese sistema
consiste en ayudarse unos a otros en la cosecha de granos básicos.
Van de plantación en plantación recogiendo la siembra, y
así resuelven el problema de los sueldos a los peones. Pocos
son los que pagan (salario).
Sobreviven más de lo que producen, pues no tienen otra fuente
de ingresos, explica Alejandro Zelaya, síndico municipal
de Torola.
Sin energía
Es mediodía. La sensación de silencio en las calles del
casco urbano del municipio es similar a la percibida cuando en las ciudades
se registra un apagón y dejan de funcionar los electrodomésticos.
Nada raro si se parte del hecho que tres cuartas partes de los 5,000 habitantes
no tienen electricidad en sus casas. La carencia es más notoria
en los cantones y caseríos al sur del poblado.
A lo largo de la calle si se le puede llamar así que
conduce a villa El Rosario hay ranchos de bajareque, sistema mixto o simplemente
palos que remedan las paredes.
Como en la casa de Gómez, por esta zona abundan los
niños. Se les ve asomar entre las plantas a medida que se avanza
por el trazo de tierra, atraídos por el ruido del vehículo.
Novedad en una zona donde las carencias son el pan de cada día.
En la capital
A veces hay ayuda de alguien que se va a San Salvador. Regresa cada
15 días, responde José Vásquez al consultarle
cómo se sobrevive en el cantón El Progreso.
De lo contrario, están a expensas de la oportunidad en los cultivos
para obtener $3 diarios, aunque deban caminar hasta diez kilómetros
al sembradío.
Es el caso de Evaristo Hernández, Pompilio Gómez e Ignacio
Ortiz. Sus rostros delatan el cansancio de la jornada más el desplazamiento
a pie.
Se quejan de la falta de oportunidades, de que ni siquiera el Fovial
pasa. Y rematan: Por aquí no conoce el presidente Saca.
El síndico municipal también hace referencia al Fondo de
Conservación Vial: Sólo ha venido una vez y trajo
su personal. Ese dinero no se ve por aquí.
Si en el tema laboral y creación de oportunidades el panorama es
desalentador, en salud estamos bien jodidos, dice Zelaya.
Bajo estas circunstancias, no resulta extraño que Torola sea considerado
uno de los municipios más pobres del país, según
datos oficiales en poder de la coordinadora nacional del Área Social,
Cecilia Gallardo. Ahí, la gente sobrevive con menos de un dólar
al día.