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Laderas producen y a la vez empobrecen

La siembra en terrenos inclinados ayuda a la subsistencia de las familias en el campo, pero también acelera el deterioro de los suelos al erosionar la capa fértil.

Publicada 15 de octubre 2004, El Diario de Hoy

Fidel Amaya ayuda en la milpa junto a su padre y otro hermano. Aprende las letras básicas por las tardes, no en la escuela sino en casa. Foto EDH/Oscar Payés

San Miguel
Enrique Maldonado
Diario de Oriente

diariodeoriente@elsalvador.com


Octavio Amaya utiliza su cuma para remover las malezas que han brotado alrededor de las plantas de maíz.

Coge las hierbas con la mano izquierda mientras con la otra las corta con el filoso arco de su herramienta.

Y al hacerlo, no encorva demasiado su cuerpo, pese a tener una estatura que ronda los 1.65 metros. Hay una razón de fondo: la pronunciada pendiente.

Es la serranía sobre la cual está dibujado el trazo de la carretera a El Cuco. “Aquí se le conoce como El Pavón” y pertenece a Chirilagua, aclara este hombre de 58 años. Para ser exactos, a 6 kilómetros de El Delirio.

Sobre esas laderas es donde están las dos manzanas que cultiva y apenas se distingue desde la vía.

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Si divisarlo es dificultoso, más lo es llegar hasta donde se encuentra para conversar con él. No es difícil entablar la conversación y pronto demuestra la típica amabilidad campirana. Sin dejar su labor responde las interrogantes al tiempo que se queja de la anterior siembra: “No sirvió porque hay plaga de zorrillos”.

—¿Qué tal le va con la milpa, no se le lava (erosiona) mucho el terreno cuando llueve —le pregunto.
—Esta tierrita es buena, sabiéndola trabajar.

Le hago tapadas para que no se vaya la tierra —explica don Octavio. Se incorpora un poco para mostrar los linderos de la propiedad, en cuya parte superior aún se divisa la “frontera” entre la vegetación primaria y el avance del deterioro a que ha sido sometida.

Atraídos por la conversación y la labor del compañero fotógrafo, se acercan dos niños, casi en la pubertad. —¿Son sus nietos? —le pregunto.

—No, son mis hijos, y todavía tengo otro menor que ellos —dice en un tono muy convincente.

Son Víctor y Fidel, de 12 y 11 años, respectivamente. Tras explicar que la siembra no es propia sino de una hija suya que enviudó recientemente, hace una pausa para ordenar a sus vástagos, con voz suave pero autoritaria: “Niños, pónganse a trabajar”.

Los chanchitos


Entre padre e hijo hacen el proceso de deshierbe, antes de aplicar una segunda abondada. El sol vespertino y un ligero chubasco han sorprendido a los tres en una tarea que, por lo general, no pasa de las 11:00 a.m. “Vengo tarde, como a las 8:00 de la mañana, porque antes veo unos chanchitos (cerdos)”, aclara el agricultor.

No transcurre mucho tiempo sin que dé otras indicaciones, al escuchar el golpe de la cuma contra la maleza: “Así no se hace, muchachito. Mire cómo lo hago. Usted está chapodando. Fíjese bien que yo llevo el corte”.

El agua caída hace difícil el retorno hasta la calzada, pero don Octavio continuará llegando de la forma en que lo ha venido haciendo a lo largo de su vida, sin importar la pendiente.


 

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