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| Fidel Amaya ayuda en la milpa junto a su padre
y otro hermano. Aprende las letras básicas por las tardes,
no en la escuela sino en casa. Foto EDH/Oscar
Payés |
San Miguel
Enrique Maldonado
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
Octavio Amaya utiliza su cuma para remover las malezas que han brotado
alrededor de las plantas de maíz.
Coge las hierbas con la mano izquierda mientras con la otra las corta
con el filoso arco de su herramienta.
Y al hacerlo, no encorva demasiado su cuerpo, pese a tener una estatura
que ronda los 1.65 metros. Hay una razón de fondo: la pronunciada
pendiente.
Es la serranía sobre la cual está dibujado el trazo de la
carretera a El Cuco. Aquí se le conoce como El Pavón
y pertenece a Chirilagua, aclara este hombre de 58 años. Para ser
exactos, a 6 kilómetros de El Delirio.
Sobre esas laderas es donde están las dos manzanas que cultiva
y apenas se distingue desde la vía.
Si divisarlo es dificultoso, más lo es llegar hasta donde se encuentra
para conversar con él. No es difícil entablar la conversación
y pronto demuestra la típica amabilidad campirana. Sin dejar su
labor responde las interrogantes al tiempo que se queja de la anterior
siembra: No sirvió porque hay plaga de zorrillos.
¿Qué tal le va con la milpa, no se le lava (erosiona)
mucho el terreno cuando llueve le pregunto.
Esta tierrita es buena, sabiéndola trabajar.
Le hago tapadas para que no se vaya la tierra explica don Octavio.
Se incorpora un poco para mostrar los linderos de la propiedad, en cuya
parte superior aún se divisa la frontera entre la vegetación
primaria y el avance del deterioro a que ha sido sometida.
Atraídos por la conversación y la labor del compañero
fotógrafo, se acercan dos niños, casi en la pubertad. ¿Son
sus nietos? le pregunto.
No, son mis hijos, y todavía tengo otro menor que ellos dice
en un tono muy convincente.
Son Víctor y Fidel, de 12 y 11 años, respectivamente. Tras
explicar que la siembra no es propia sino de una hija suya que enviudó
recientemente, hace una pausa para ordenar a sus vástagos, con
voz suave pero autoritaria: Niños, pónganse a trabajar.
Los chanchitos
Entre padre e hijo hacen el proceso de deshierbe, antes de aplicar una
segunda abondada. El sol vespertino y un ligero chubasco han sorprendido
a los tres en una tarea que, por lo general, no pasa de las 11:00 a.m.
Vengo tarde, como a las 8:00 de la mañana, porque antes veo
unos chanchitos (cerdos), aclara el agricultor.
No transcurre mucho tiempo sin que dé otras indicaciones, al escuchar
el golpe de la cuma contra la maleza: Así no se hace, muchachito.
Mire cómo lo hago. Usted está chapodando. Fíjese
bien que yo llevo el corte.
El agua caída hace difícil el retorno hasta la calzada,
pero don Octavio continuará llegando de la forma en que lo ha venido
haciendo a lo largo de su vida, sin importar la pendiente.