Morazán
Sandra Moreno
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
Previo al arribo al puente Torola, un rótulo atrae mi vista: Morazán,
ruta de la Paz. Esta llegó en 1992, al firmarse los acuerdos
entre el gobierno de El Salvador y la guerrilla; sin embargo, los pilares
que fundamentarían el estado armónico nunca terminan de
darse en las comunidades morazánicas.
Curiosamente, en la estructura del puente están los símbolos
de los principales responsables de llevar el desarrollo: la pinta tricolor
del partido en el poder, Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), y de
la principal fuerza opositora, el Frente Farabundo Martí para la
Liberación Nacional (FMLN).
Bajo la sombra de un portal de una casa vieja de adobe, Elifonsa Romero,
de 64 años, espera el bus con su nieto Carlos Díaz, de 7
años, en la ciudad de Meanguera.
-¿Qué necesita para mejorar su vida? -le pregunto.
-¡Dinero! Estamos pobrecitos -replica sin dudar la anciana, del
cantón Soledad.
Tampoco cuenta con agua potable en su casa, pero la consigue en la vivienda
de un hijo que vive cerca de ella. ¿Y luz? Con qué
esperanza, no tengo modo, me dice sin perder la sonrisa. Si
tuviera, recibiría todos los meses el recibo y no tengo con qué
pagarlo. Mejor el candil.
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| Los visitantes de arambala son testigos de las
artesanías elaboradas por Juana Francisca López, de
14 años, y Santos Silvia García, de 13, del cantón
Talchiga. Foto diario de Oriente/ Felipe Ayala |
Para sus necesidades fisiológicas busca un buen matocho, aunque
comenta que a varios de sus vecinos les han hecho unas letrinas.
En cuanto a las necesidades de su comunidad, Romero pone en primer lugar
el empleo, porque las milpas no dan suficientes ingresos para vivir. Además
sufren de la escasez de agua, porque los inviernos copiosos son parte
del pasado.
A media cuadra del parque de Meanguera, Tránsito Argueta Torres,
de 87 años, descansa en su hamaca. Su hija María Romero
Argueta, de 66 años, ha venido desde Jocoaitique a cuidarla.
Aquí el pueblo lo que necesita es agua, sólo nos llega
una vez al día y por quince minutos, dicen las dos mujeres.
El sistema de abastecimiento es administrado por la alcaldía que
ante la creciente demanda no posee suficiente agua para todos.
De acuerdo con doña Tránsito y María, la falta de
proyectos de trabajo afecta a la comunidad, especialmente porque la zona
es pobre. Antes de la guerra era diferente, el maguey tenía
su valor en el mercado y el pobre se valía de él para salir
adelante, recuerdan con nostalgia.
¿Pero el conflicto armado terminó hace 14 años y
todavía no hay trabajo? Madre e hija guardan silencio, su respuesta
es: no.
Su recomendación: un proyecto de hacer algo que se venda para que
la juventud tenga trabajo y que tenga salida de venta. El dinero
hace falta para comprar, la comida está cara. Por ejemplo, la libra
de carne cuesta más de dieciocho colones. Está triste aquí,
confiesan las mujeres.
La salida laboral de las jóvenes es irse de sirvientas a San Francisco
Gotera, donde les pagan apenas $50 al mes.