San Miguel
Sonia Bernal
El Diario de Hoy
diariodeoriente@elsalvador.com
Siempre fui violentada, expresa Carolina.
La gota que derramó su paciencia fue cuando su compañero
de vida empezó a golpearla, pero antes vivió un calvario.
Nuestro noviazgo se vino abajo, al quedar embarazada de mi primer
hijo, aseguró, quien hace sólo seis años era
una estudiante universitaria.
La pareja enfrentó problemas económicos. Vivieron de arrimados
con unos parientes.
La joven embarazada asumió el papel de la empleada del servicio
doméstico y hasta aportar económicamente a la casa, gracias
a la ayuda que obtuvo de su familia.
Con el paso de los años, llegó un nuevo hijo y la situación
empeoró. Hubo más necesidades y el compañero comenzó
a ofenderla. Me decía que me miraba fea, que ya no era la
chica bonita que conoció en la universidad. Que perdí el
atractivo y además estaba amargada.
Pero lo peor estaba por venir. El sujeto se volvió adicto a las
drogas. En consecuencia, dejó de aportar dinero al hogar. Carolina
se resistía a creer lo que sucedía.
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La escasez de recursos en la casa llegó al punto de faltarle lo
mínimo para sobrevivir, entonces Carolina trabajó los fines
de semana.
La denuncia
No obstante, llegó el día en que el individuo la golpeó.
La sacó de su casa en la noche, sin dinero y con uno de sus hijos.
Carolina pidió auxilio al vecino, pero se lo negó. Son
problemas privados, le dijo.
La mujer solicitó entonces ayuda a otra vecina. Esta le prestó
un teléfono y pudo llamar al servicio de emergencias de la policía.
Los agentes acudieron, luego de un largo rato de espera.
Los policías acompañaron a la víctima a su casa.
Solicitaron al agresor que abriera la puerta y la dejara entrar, éste
no abrió y no se pudo hacer más. Carolina durmió
en la calle. Al día siguiente, el problema aumentó cuando
quiso recuperar al otro hijo. Los problemas continuaron en la noche y
la desesperada mujer acudió nuevamente al servicio de emergencias
911.
Por fin, Carolina descubrió, con gran sorpresa, que los agentes
eran amigos de su compañero de vida. El tenía parientes
en la corporación policial y lejos de ayudarla, la acusaron de
secuestrar a sus hijos y de otra serie de situaciones.
Después de escuchar los gritos de amenazas de los policías
y el agresor contra ella, sus hijos y la vecina, vio el caso perdido.
Los agentes me acusaban de no querer colaborar y que yo tenía
la culpa, y que por eso mi marido me golpeaba, por desobediente,
cuenta Carolina, quien optó por acudir al Instituto Salvadoreño
de la Mujer (ISDEMU).
Un sicólogo de turno atendió a Carolina. Ahí le explicaron
las condiciones que norma la ley y la auxiliaron para que fuera a sacar
sus cosas de la casa, más tarde la escoltaron donde su familia.
Le aconsejaron que debía entablar una demanda en los juzgados de
Familia por violencia intrafamiliar. Carolina lo hizo y enfrentó
un procedimiento legal tardado y engorroso, declaración de testigos,
citas incumplidas del agresor, las audiencias y las medidas de protección.
El juez obligaban al hombre a no acercarse a menos de 100 metros de la
casa de la víctima.
Persecución
La situación empeoró. El agresor se dedicó a perseguir
a las personas que habían auxiliado a Carolina, presumía
de tener amistades en los ámbitos intervinientes.
A tal grado, llegaron las amenazas que Carolina retiró la denuncia,
concilió con el agresor y retornó a la casa con él.
Me prometió tantas cosas, que se casaría conmigo,
que cambiaría, que dejaría las drogas... y le creí,
recuerda la mujer.
Del juzgado habían recibido asesoría sicológica para
que la familia pudiera salir adelante.
No trascurrieron ni dos meses, cuando Carolina volvió a sufrir
violencia física de su compañero. En esta ocasión,
el sujeto la amarró y un familiar que es policía, le llevó
un vehículo para que saqueara la casa. Pero este último
le advirtió que la soltara, porque si llegaba una patrulla policial
si tendrían problemas serios.
Se lo llevaron
Carolina, al verse libre, corrió donde sus vecinos y llamó
a la policía, la cual llegó antes de que el agresor terminara
de vaciar la casa y debido a las medidas de protección, se lo llevaron
detenido.
Desesperada. Así estaba Carolina, aunque recibió apoyo moral
de su familia, terapia sicológica del juzgado de Familia, pero
la encrucijada fue determinante: se marchó con sus hijos al pueblo
de su familia.
A los tres días, el agresor salió libre y volvió
a hostigarla y perseguirla para convencerla que retirara la nueva demanda.
Esta vez, Carolina no lo hizo. El caso llegó hasta a su final:
se determinó que sí hubo violencia intrafamiliar.
Por tanto, el juez estableció medidas de protección nuevamente
para las víctimas y como Sentencia, terapia sicológica para
el agresor.
¿Qué pasó? Carolina no padece violencia física,
pero por vivir en la misma ciudad que su agresor, éste la hostiga,
la persigue. Ella por evitar protagonizar escenas frente a sus hijos,
soporta la situación.
Su soñado noviazgo, se convirtió en la peor pesadilla de
su vida.
El dato
En el artículo 3, de la Ley contra la Violencia Intrafamiliar clasifica
la violencia en sicológica, física, sexual y patrimonial.
Esta consiste en la acción u omisión de quien afecte o impida
la atención adecuada de las necesidades de la familia o alguna
de las personas a que se refiera la presente ley; daña, pierde,
sustrae, destruye, retiene, distrae o se apropia de objetos, instrumentos
o bienes.
Un plan necesario
- Al comenzar una discusión acalorada, evite entrar a cuartos como
el baño, la cocina, donde puedan encontrarse armas
con facilidad.
- Enseñar a sus hijos los lugares dónde pedir ayuda, en
caso de violencia. Acuerde con una vecina algún tipo de señal
cuando necesite ayuda: dejar entreabierta la puerta o ventana, un trapo
en un lugar visible.
- Mantenga reunida en una bolsa, en caso de salir rápido de su
casa: ropa, partidas de nacimiento, DUI, escrituras de propiedades, notas
del colegio, pasaporte y dinero.