Morazán
Sonia Bernal
El Diario de Hoy
diariodeoriente@elsalvador.com
No voy a la escuela, porque no me gusta. No sé leer ni
escribir, dijo Alvaro Granados, de 10 años.
Arrancarle esas palabras no fue fácil, pues desde que se percató
de nuestra presencia huyó de la cámara, siguiendo las instrucciones
de su progenitora.
Aunque se mostró bastante huraño, con la inocencia característica
de los niños, respondió muy escuetamente a las preguntas.
Su cuerpo aparenta tener siete años.
A diario se confunde entre el gentío que permanece en el botadero
del kilómetro 139 de la carretera a San Francisco Gotera, en el
cantón Valle Nuevo.
De sol a sol, acompaña a su madre Juana Granados a rebuscarse
por los alimentos para él y sus otros cuatro hermanos menores.
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| Familias enteras han convertido un basurero en
el centro de sus vidas. Ahí esperan encontrar algo útil
con valor en el mercado y así obtener un ingreso económico.
Foto EDH |
Los pequeños se quedan en la champa que les sirve de hogar. Alvaro
es el hombre de la casa y debe ir junto a su madre todos los
días al botadero.
El ardiente sol, el mal olor que se esparce por kilómetros y los
zopilotes son los compañeros inseparables de éste y otros
menores, quienes ayudan a sus padres en la búsqueda de algún
desecho que puedan vender, para obtener un poco de dinero.
Niños y adultos están pendientes de la llegada del camión
del tren de aseo de la cabecera morazánica.
Cuando sucede, corren detrás del vehículo, pues lo que para
otros es desperdicio, para ellos representa la ilusión de algo
que les facilitará seguir viviendo.
Casi inseparable de Alvaro, estaba Melvin Gerardo Granados, de 8 años,
quien manifestó ser su primo. Si nos da cinco dólares,
hablamos con usted y dejamos que nos tome fotos, fue el primer intercambio
de palabras con Melvin, que muy a la defensiva seguía los pasos
de quien escribe.
La despensa
Mientras hablaba, se cubría el rostro con un trapo. Llevaba consigo
bolsas con pan y en uno de sus bolsillos, una botella de refresco. Era
la despensa sacada del basurero.
La familia de Alvaro es originaria de Cacaopera en el mismo departamento.
Llegaron a Gotera huyendo del conflicto armado y se instalaron en unas
champas de lámina al final de los pasajes de la colonia Las Flores.
Desde hace más de 15 años, están en el lugar y hurgan
en la basura, para poder conseguir el sustento diario. Juana, como muchas
mujeres, mantiene 5 hijos. Su compañero de vida la abandonó.
Alvaro es el mayor de su prole y ninguno de ellos asiste a la escuela,
porque apenas y alcanzamos para comer, mucho menos tendremos para
cuadernos y educación, dijo en tono desalentado la mujer.
A pesar de vivir en semejantes condiciones, aseguró que por lo
menos Alvaro nunca se ha enfermado.
Esta madre aseguró que ellos, porque se trata de unos 50 pepenadores,
le han solicitado a la alcaldía un terreno para poder construir
su vivienda, pero aseguran que sólo han obtenido respuestas negativas.
Aquí vienen a hablar de muchos proyectos, que nos van ayudar;
pero en concreto no se ve nada, sentenció la pepenadora.
Y entre este ambiente, el futuro de Alvaro y Melvin sólo puede
vislumbrarse negro como el humo que emana del botadero.Entre zopilotes
y desechos
La condición de los pepenadores y estar al lado de tanta podredumbre,
les da otro panorama de la vida.
Lo que menos quieren ver en sus terrenos son cámaras
fotográficas
- El botadero de basura de San Francisco Gotera está en plena carretera
a la cabecera de Morazán.
-Aquí no queremos fotos, queremos comida, sacale
la pistola a la periodista, aquí tengo una machete
para vos, mejor traeme comida, fueron las frases de
bienvenida de los pepenadores.
- Con la cara cubierta, Los menores Melvin Gerardo y Alvaro se acercaron.
Sin embargo, ante los gritos de sus padres, se retiraron entre los zopilotes.
- Al ver los rostros de estas mujeres, hombres y niños, lo primero
que se viene a la mente es imaginar la triste vida que llevan en medio
de las aves de rapiña y de los desechos.
- Corren tras cada camión que llega a tirar la basura, con la esperanza
de encontrar algo para vender luego.
- Una mujer con cara de lástima para conmigo se sentó bajo
unos arbustos. Junto a ella, su hijo y su sobrino. Este pedía dinero
a cambio de las fotos.
- Por fortuna, accedieron a hablar de sus vidas.